🎵 The Sound of Muzak — Porcupine Tree

de In Absentia

    
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Miles de años han pasado desde el día de mi primer nacimiento, cuando aún no era polvo ni número, sino carne con nombre común.

Fui uno de los Umbra Caudati — Zorros del Bosque Profundo. En la ciudad se nos reconocía antes por lo que faltaba que por lo que había: mis pasos no sonaban, y la gente saltaba al encontrarme al lado sin haberme oído llegar. Aprendí a toser al entrar en las habitaciones para anunciarme. El pelaje gris ceniza, la cola esponjosa arrastrando las sombras, el cuerpo alto y esbelto que los marcos de las puertas de la ciudad no habían previsto. Las orejas, desproporcionadas para lo que la ciudad ofrecía: hechas para el más mínimo susurro del bosque, escuchaban a los vecinos a dos paredes de distancia sin que yo quisiera escucharlos, y el zumbido de los tubos de luz a una frecuencia que nadie más parecía registrar. Habíamos vivido en clanes subterráneos, conectados por túneles bajo el bosque; para mi generación los túneles eran ya una anécdota de sobremesa. Habíamos emigrado a las ciudades, donde lo subterráneo que quedaba era el estacionamiento.

Éramos comerciantes, guardianes de secretos. La cultura se fundaba en el peregrinaje: a cierta edad cada uno salía hacia algún lugar del que no se pudiera volver siendo el mismo — la regla no decía adónde; decía a qué. Los que regresaban no contaban el viaje. Traían una cicatriz, una moneda de un metal que nadie reconocía, una manera nueva de quedarse callados, y eso era el relato. Se nos conocía por cifrar lo que guardábamos: nuestros secretos podían estar a la vista de cualquiera y seguir siendo secretos, porque para leerlos hacía falta la llave, y la llave no se vendía ni se regalaba — se ganaba. Igual que el sitio en la mesa: no había cabecera, y al que sabía se le hacía lugar mientras el saber le durara. De pequeños jugábamos a desaparecer contra la pared del túnel; ganaba el que aguantaba quieto hasta que su propia madre pasara de largo sin verlo. De adultos ya no era un juego. Guardábamos secretos que otros no podían soportar conocer.

Pero todo eso es solo taxonomía. Una etiqueta antropológica que sobrevivió a lo que etiquetaba.

Viví como cualquier otro en una ciudad como cualquier otra. Trabajaba en oficinas donde la luz fluorescente borraba las horas del día, donde el tiempo se medía en entregas, plazos, reuniones que podían haber sido correos electrónicos. Tenía amigos cuyas caras recuerdo vagamente, como fotografías expuestas demasiado tiempo al sol. Tuve amores que fueron reales en su momento, aunque ahora no puedo distinguir si fueron genuinos o simplemente el cumplimiento de un guion social que todos memorizamos sin darnos cuenta.

Viví, que es diferente a estar vivo.

Pagué cuentas, celebré cumpleaños, asistí a funerales. Reí en reuniones sociales, lloré en cuartos oscuros. Lo que no sabía entonces — lo que no podía saber — es que cada acto cotidiano era una cadena más. No las cadenas que se ven. Las otras. Las que no hacen ruido al caminar con ellas.

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Date: 2024-01-08T03:00:00-03:00

una cicatriz y una moneda irreconocible. desaparecer contra la pared del túnel.