🎵 Fear of a Blank Planet — Porcupine Tree

de Fear of a Blank Planet

    
[tu ascii aquí]

Mi padre trabajó treinta años en la misma empresa. Cada mañana, la misma ruta. Mismo café. Misma corbata los lunes. Yo lo veía salir desde la ventana de la cocina mientras mi madre me servía el desayuno, y el sonido de sus pasos sobre la grava del jardín era tan constante que dejó de ser un sonido para convertirse en parte del silencio — como el zumbido de la nevera, como el tic del reloj de la sala que nadie miraba.

Cuando cumplí dieciocho me entregó un sobre. Lo hizo sin ceremonia, en la mesa después de la cena, entre el plato de postre y el vaso de agua que siempre dejaba a la derecha. Dentro había tres cosas: una carta de recomendación dirigida al mismo edificio donde él había gastado treinta años de lunes, una lista de carreras que él había escrito a mano con la letra comprimida de quien ahorra espacio por costumbre, y una fotografía. Él, a mi edad. Parado frente a la entrada del edificio con un traje que le quedaba grande, sonriendo a medias, con la postura de alguien que acaba de llegar a un lugar del que no va a salir.

No me lo ordenó. No tuvo que hacerlo.

La lista de carreras tenía cuatro opciones. Las cuatro conducían al mismo tipo de oficina. Las cuatro pagaban lo suficiente para vivir sin sobresaltos y demasiado poco para vivir sin permiso. Elegí la segunda de la lista porque la primera sonaba a lo que elegiría alguien sin imaginación y yo necesitaba creer que la elección era mía. La diferencia entre la primera y la segunda opción era un piso de distancia en el mismo edificio.

Firmé el contrato seis meses después, en una oficina que olía al mismo desinfectante que la oficina de mi padre, frente a un escritorio idéntico al suyo, con un bolígrafo que probablemente venía del mismo proveedor corporativo. La mano no me tembló al firmar. No había razón para que temblara. Estaba haciendo exactamente lo que se esperaba de mí, y lo que se espera no tiembla.


La oficina tenía luz fluorescente que no cambiaba con las horas. A las nueve de la mañana la luz era la misma que a las seis de la tarde. Eso hace algo con el tiempo. No lo detiene — lo aplana. Los días perdían su forma. Lunes se distinguía de viernes solo por la corbata y por la distancia que faltaba hasta el fin de semana, que era a su vez la distancia que faltaba hasta el siguiente lunes.

Cuarenta y seis horas por semana. El cálculo lo hice una vez, tarde, en el escritorio, mientras esperaba que una impresora terminara un documento que nadie iba a leer. Cuarenta y seis por cincuenta y dos por treinta. Setenta y una mil setecientas sesenta horas. Lo anoté en el margen de un reporte y después lo borré porque no era el tipo de cosa que conviene dejar anotada donde alguien pueda verla y preguntar por qué la anotaste.

La impresora terminó. Recogí las hojas. Las engrapé. Las dejé en la bandeja de salida. La bandeja de salida estaba llena de documentos engrapados que nadie recogería hasta el jueves, cuando la asistente hacía su ronda, y para el jueves la mitad de esos documentos ya serían irrelevantes, pero existirían de todas formas, como existimos todos los que pasábamos cuarenta y seis horas a la semana generándolos.

Había una ventana en mi oficina. No la abría. No por prohibición — por inercia. La ventana daba a una calle donde pasaban personas que iban a otros edificios donde había otras ventanas que tampoco se abrían. A veces, cuando la impresora tardaba, miraba esa calle y trataba de recordar qué se sentía caminar por ahí sin un destino laboral adherido al paso, sin la dirección del edificio tirando del cuerpo como un hilo invisible. No lo conseguía. Llevaba demasiado tiempo llegando a la misma puerta como para recordar cómo se caminaba sin ella.


Entre la oficina y el apartamento había un parque municipal. Una franja de pasto con bancas de cemento y un sendero que conectaba dos calles paralelas. Lo cruzaba dos veces al día, ida y vuelta, quinientos pasos exactos si no me detenía.

Había un árbol viejo en el centro del parque. No sé qué especie era. Tenía el tronco torcido hacia la izquierda, como si décadas atrás hubiera intentado esquivar algo y se hubiera quedado congelado en el gesto. La copa daba sombra sobre tres bancas en verano. En invierno las ramas se vaciaban y dejaban ver el edificio del otro lado, el que durante el resto del año era invisible.

Pasé frente a él quinientos días seguidos.

Quinientos días de ida, quinientos de vuelta. Un total de mil veces que mis ojos registraron la mancha oscura del tronco en la visión periférica sin que el cerebro separara esa información del resto del paisaje. El árbol era parte del trayecto igual que el cruce peatonal, igual que el puesto de periódicos que ya no vendía periódicos, igual que la grieta en la acera del tercer tramo que esquivaba por reflejo sin mirarla.

El día quinientos uno, un martes de octubre, el árbol no estaba.

En su lugar había un rectángulo de tierra removida con marcas de sierra mecánica y un cono de tránsito naranja. El espacio que el tronco ocupaba ahora era aire. La sombra de las tres bancas se había ido con él. La luz caía directa sobre el cemento, sin filtro, como la luz de la oficina.

Me detuve. Fue la primera vez que me detenía en el parque en quinientos días. Me quedé mirando el rectángulo de tierra con la sensación específica de haber perdido algo que no sabía que tenía. No el árbol — eso sería demasiado simple. Lo que había perdido era la posibilidad de haberlo mirado. Quinientos días de oportunidades acumuladas en una pila que ya no existía y que nunca iba a existir.

Al día siguiente habían asfaltado el rectángulo. El estacionamiento del supermercado de la esquina necesitaba dos plazas más. La acera ya no tenía grieta porque la habían repavimentado junto con el resto. El sendero seguía conectando las dos calles paralelas. El trayecto seguía siendo quinientos pasos.

Todo era lo mismo menos lo que faltaba.


En el barrio donde crecí había un cachorro que vivía en la casa de la esquina, la del portón con el óxido en las bisagras. Ojos brillantes. El tipo de ojos que hacen preguntas antes de que la boca sepa formularlas. Un día, algún adulto le preguntó lo que los adultos les preguntan a los cachorros para llenar el silencio:

—¿Qué quieres ser cuando seas grande?

—Astronauta.

Lo dijo sin cálculo. Lo dijo como se dicen las cosas que son verdad antes de que alguien te enseñe que la verdad tiene condiciones. Astronauta. Con la misma naturalidad con la que habría dicho que el cielo es azul o que el agua moja.

Volví al barrio años después, de visita, un domingo que no tenía otro lugar donde estar. El cachorro ya no era cachorro. Trabajaba en el almacén de distribución que quedaba en la avenida principal, el de la puerta metálica que hacía ruido al abrirse. Manejaba una carretilla entre pasillos de estantes bajo la misma luz fluorescente que la mía, solo que sin ventana. Le pregunté cómo estaba. Dijo que bien. Dijo que el trabajo era estable. Dijo la palabra estable con la entonación de alguien que la ha repetido tantas veces que ya no recuerda si la eligió o si la encontró puesta.

No le pregunté por el espacio. No le pregunté cuándo dejó de mirar hacia arriba. No le pregunté nada que requiriera la clase de respuesta que duele dar entre dos pasillos de un almacén un domingo a las once de la mañana.

—Me alegro —dije.

—Sí —dijo.

Los ojos ya no hacían preguntas. No se habían apagado — se habían calibrado. Habían aprendido a enfocar la distancia correcta para el trabajo que tenían: el estante de enfrente, la etiqueta del producto, el inventario del día. Distancia corta. Concreta. Útil. No la distancia del cielo, que no sirve para contar cajas ni para llegar a fin de mes.

Volví a la oficina el lunes. Crucé el parque. El árbol todavía existía en esa época. No lo miré.


Los martes iba a una cafetería. Había una serval ahí, siempre en la misma mesa del fondo, con un libro y un café que se enfriaba. Tenía las orejas grandes de su especie, cada una orientada en una dirección distinta, escuchando cosas que yo no sabía que estaban sonando. Hablamos algunas veces. De nada, de todo, del tipo de cosas que se dicen cuando lo que importa es lo que no se dice.

Nunca le pregunté su nombre. Nunca le dije lo que debía decirle. Un día dejó de ir. No la busqué.

Eso es todo lo que hay que decir sobre eso. Lo que no dije entonces no se dice ahora. Solo cambia de peso.


Lo que llenaba los espacios entre el trabajo y el sueño era ruido.

No el ruido del parque o de la calle — esos tienen origen y se apagan. El otro ruido. El que uno genera para no escuchar lo que queda cuando el ruido se apaga. Noticias que no recordaría al día siguiente. Conversaciones por teléfono con personas cuyos nombres decía de memoria y cuyas vidas conocía de resumen. Programas en la pantalla que miraba sin mirar, con el plato de la cena en las rodillas, el tenedor en la mano derecha moviéndose con la mecánica de algo que funciona sin intervención consciente.

Había cenas sociales. Cumpleaños de compañeros. Reuniones en casas de personas que no veía fuera de esas reuniones. Me ponía la camisa limpia, sonreía al entrar, sostenía el vaso con la mano correcta, asentía en los momentos correctos, reía cuando la conversación lo requería. En algún punto aprendí que sonreír no necesita alegría igual que caminar no necesita destino. Es un mecanismo. La boca se curva, los ojos se entrecierran, el aire sale por la nariz con el timing adecuado. La otra persona recibe la señal y responde con su propia señal y la conversación continúa y nadie tiene que detenerse a verificar si algo de eso es real porque verificar rompería el mecanismo y el mecanismo es lo que permite que la noche termine y que todos vuelvan a sus apartamentos con la sensación de haber socializado, que es distinta a la sensación de haber conectado pero cumple la misma función en el reporte que uno se da a sí mismo sobre su propia vida.

Volví una noche de una de esas cenas caminando por la calle vacía. Pasé frente al parque. El árbol seguía ahí. Tenía la forma torcida de siempre bajo la luz del poste. No lo miré. Subí las escaleras. Abrí la puerta. La luz del apartamento era la misma que la del pasillo, que era la misma que la de la oficina. Me senté en el sofá con el abrigo puesto y me quedé así un rato, sin motivo, sin sueño, sin hambre, sin nada que requiriera que me moviera del punto exacto donde estaba.

No pensé en nada. No porque la mente estuviera vacía. Porque la mente estaba llena de lo mismo de siempre y lo mismo de siempre ya no generaba pensamiento — generaba hábito. El hábito de pensar sin pensar. El hábito de estar sin estar. El hábito de vivir la misma jornada con variaciones tan menores que no alcanzaban a perturbar la superficie.

Me quité el abrigo. Me lavé los dientes. Me acosté.

El día siguiente fue miércoles. Lo sé porque después del miércoles viene el jueves, y después del jueves viene el viernes, y después del viernes viene el sábado que era indistinguible del domingo, y después del domingo viene el lunes que era indistinguible de los otros seis, y la semana empieza otra vez con la misma corbata y el mismo café y los mismos quinientos pasos a través del parque donde había un árbol que no miraba.

Y eso era todo.

Y yo creía que eso era todo.

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Date: 2024-01-15T03:00:00-03:00

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