🎵 How to Disappear Completely — Radiohead

de Kid A

    
[tu ascii aquí]

Hubo una caja.

No estaba escondida. Estaba en el estante de arriba del armario del apartamento nuevo, el primero después del divorcio, el que alquilé rápido porque necesitaba una dirección nueva más que un lugar donde vivir. Tenía el tamaño de una caja de zapatos y no contenía zapatos. La había llenado yo mismo, un día que no recuerdo, con la eficiencia automática de alguien que empaca sin mirar lo que empaca porque mirar lo que empaca requiere decidir qué hacer con cada cosa y decidir era exactamente lo que no podía hacer esa semana.

Lo que metí fue lo que quedaba después de que las cosas grandes ya tenían lugar. No los muebles — esos se dividieron con la lógica triste de las divisiones, cada uno se llevó lo que había traído o lo que le correspondía en alguna aritmética que ahora no recuerdo. No la ropa. Lo que fue a la caja fue el resto. La categoría sin nombre. Las cosas que no eran de uno ni de otro porque eran de los dos y los dos ya no existía como categoría.

La caja pesaba menos de lo que una caja así debería pesar.


La abrí una vez.

Fue un domingo a la tarde, seis meses después de mudarme. No por aniversario ni por nostalgia ni por ninguna de las razones que la gente supone que uno tiene para abrir cajas así. La abrí porque estaba buscando el cargador de un aparato que ya no existía, me acordé de que los cargadores terminan a veces en cajas donde no deberían estar, y esa era la única que no había revisado.

Subí al banco. La bajé. La puse sobre la cama.

Adentro no había cargador.

Había un objeto. Uno solo. Pequeño. De los que pesan exactamente lo que pesan y nada más. Lo miré el tiempo suficiente para registrar que era lo que era. No lo saqué. No lo moví. No lo sostuve en la mano para comprobar si todavía sentía algo al sostenerlo.

Cerré la caja.

Volví a subir al banco. La puse de vuelta en el estante. Ajusté la posición para que quedara exactamente como estaba antes — misma distancia respecto al borde, mismo ángulo, misma leve capa de polvo sin molestar. Bajé del banco. Cerré la puerta del armario.

Nunca busqué el cargador en ningún otro lado. No porque dejara de necesitarlo — el aparato siguió sin funcionar semanas más. Dejé de necesitar el aparato. Es distinto.


La caja sigue en el estante.

No la miro cuando abro el armario. No la evito tampoco. Tiene el estatus específico de las cosas que uno decidió no decidir: no están presentes ni ausentes, no están guardadas ni tiradas, están en un tercer estado que es el que ocupan las cosas que uno no sabe todavía qué hacer con ellas y que por eso mismo sabe que no va a hacer nada con ellas nunca.

Hay una versión de mí que la abre de nuevo y toma el objeto y lo sostiene. Hay una versión de mí que toma la caja entera y la tira a la basura sin abrirla otra vez, porque tirarla cerrada es más limpio que tirarla abierta y uno sabe cosas sobre la limpieza cuando ya es tarde. Hay una versión de mí que nunca la abrió aquel domingo y sigue creyendo que adentro hay un cargador.

Ninguna de esas versiones soy yo.

Yo soy el que la abrió una vez, vio lo que vio, la cerró, la devolvió al estante, y desde entonces vive en el apartamento sabiendo que la caja está arriba y no haciendo nada con esa información.

Eso también es una forma de tener a alguien cerca. No la mejor. Pero la única que aprendí.


Hubo alguien antes.

La frase “hubo alguien antes” es lo más cerca que puedo llegar sin que algo ceda por un lugar que no sé reparar. No es que no pueda decir el nombre — el nombre existe, está en un documento firmado, lo digo cuando lo preguntan en un trámite. Es que el nombre ya no pertenece al sistema que lo recuerda. Está guardado en otra parte. En una caja, por ejemplo. En un estante.

Las cosas que uno no puede nombrar no dejan de existir. Se reubican. Encuentran recipientes más pequeños, más cerrados, más arriba. Eventualmente encuentran cajas de zapatos que no contienen zapatos en estantes de armarios de apartamentos alquilados rápido, y ahí se quedan, pesando menos de lo que deberían pesar, mientras la vida de afuera sigue haciendo lo que la vida de afuera hace, que es pasar.

La caja sigue arriba.

Yo sigo abajo.

Esa es la distribución que acordamos, la caja y yo, el domingo que la abrí y no saqué nada. La acordamos sin palabras, como se acuerdan las cosas importantes, con un silencio que no era pausa ni límite ni bóveda — era otra cosa. Una categoría anterior. El silencio primero. El que vino antes de que el apartamento fuera apartamento y los martes fueran martes y la cadera supiera que iba a doler.

El que todos los silencios siguientes iban a habitar sin saber que estaban entrando en una casa que ya estaba construida.


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Date: 2024-01-26T03:00:00-03:00

feat: la caja — el silencio primero