🎵 Funny — Scars on Broadway
de Scars on Broadway
[tu ascii aquí]
Empecé a correr porque no tenía nada mejor que hacer con el cuerpo.
No fue una decisión épica. No fue un amanecer donde algo cambió dentro de mí y dije: voy a correr. Fue un martes a las seis de la tarde donde el apartamento se sentía más pequeño que de costumbre y las paredes hacían ese truco que hacen las paredes cuando uno lleva demasiado tiempo mirándolas, que es acercarse sin moverse, y en vez de quedarme sentado salí por la puerta, caminé, y la caminata se convirtió en trote, y el trote se convirtió en algo que no tenía nombre todavía pero que hacía que las paredes del apartamento dejaran de importar.
El primer kilómetro fue horrible. El segundo fue peor. El tercero no lo terminé. Volví al apartamento con los pulmones ardiendo y las piernas como si alguien les hubiera reemplazado los músculos por cemento fresco, y me senté en el suelo de la cocina porque llegar hasta la silla era demasiado, y me quedé ahí diez minutos escuchando mi propia respiración.
Y por primera vez en meses, la única voz en mi cabeza era la del cuerpo diciendo: duele. No la del trabajo. No la del divorcio. No la del futuro que no se parecía a nada que hubiera planificado. Solo: duele. Aquí. Ahora. En este músculo específico. En este pulmón específico. Duele.
Era la cosa más honesta que había escuchado en mucho tiempo.
Un mes después corría cinco kilómetros sin parar.
No era rápido. No era elegante. Era un zorro de oficina con zapatillas baratas y una camiseta que no combinaba con nada trotando por la costanera a las seis de la mañana antes de que el mundo se despertara y empezara a pedir cosas. Pero corría. Y los cinco kilómetros se convirtieron en siete. Y los siete en diez. Y los diez en la distancia que mi cuerpo podía cubrir antes de que la cabeza volviera a encenderse.
Porque eso era lo que correr hacía. Apagaba la cabeza.
No de inmediato. Los primeros dos kilómetros eran los peores — la cabeza funcionando a toda velocidad, repasando los correos que no había contestado, las reuniones que no habían salido bien, la lista de cosas que debería estar haciendo en lugar de esto. Pero en algún punto entre el kilómetro tres y el cuatro, algo cambiaba. El ritmo de los pies sobre el asfalto entraba en una frecuencia que la cabeza no podía competir, y los pensamientos se adelgazaban, se estiraban, se convertían en algo translúcido que dejaba pasar la luz, y lo que quedaba era solo esto: el golpe del pie contra el suelo, la respiración, el aire entrando y saliendo, el corazón bombeando con la honestidad mecánica de las cosas que funcionan porque funcionan.
Correr era el único lugar donde no pensaba.
No donde no podía pensar — donde no necesitaba. El cuerpo se encargaba de todo. El cuerpo tomaba las decisiones: cuándo acelerar, cuándo frenar, cuándo respirar más profundo, cuándo ajustar la zancada porque el terreno cambiaba o porque el viento soplaba de frente. El cuerpo sabía. Y la cabeza — la cabeza que pasaba el resto del día decidiendo cosas que no quería decidir, evaluando opciones que no quería evaluar, ejecutando un script que no recordaba haber escrito — se callaba.
Era un silencio distinto al del apartamento. El silencio del apartamento era ausencia. El silencio de correr era plenitud. El cuerpo lleno de sí mismo, ocupando todo el espacio disponible, sin dejar lugar para lo demás.
Después descubrí que había una palabra para eso. Flujo. Estado de flujo. Leí sobre eso en algún artículo que alguien compartió en una red social que ya no recuerdo. Pero la palabra no importaba. Lo que importaba era la experiencia, y la experiencia era esta: había un lugar donde yo no era el zorro del divorcio, ni el zorro de la oficina, ni el zorro que cenaba pan solo mirando por la ventana. Era solo un cuerpo en movimiento. Sin historia. Sin futuro.
Era el único lugar donde era libre y no lo sabía, porque saberlo habría sido pensarlo y pensarlo habría roto el estado.
A los seis meses corrí mi primera media maratón.
No por ambición. Por inercia. Alguien en el trabajo mencionó que había una carrera el domingo y que sobraba un cupo, y dije que sí antes de pensar si quería, que era exactamente como correr funcionaba: el cuerpo decidía antes que la cabeza.
Veintiún kilómetros.
El kilómetro dieciocho fue donde pasó algo que no puedo describir con precisión porque describirlo con precisión requiere el tipo de vocabulario que solo tienen las personas que han estado ahí, y las personas que han estado ahí no suelen usar vocabulario para describirlo. Lo más cercano es esto: en el kilómetro dieciocho el cuerpo llegó al límite de lo que podía dar sin romperse, y en vez de romperse encontró algo detrás del límite que no estaba en ningún manual de entrenamiento. No era fuerza. No era resistencia. Era algo más elemental. Era el descubrimiento de que el cuerpo que yo creía conocer tenía un territorio que nunca había explorado, y que ese territorio solo era accesible si primero aceptabas que todo lo que creías que podías dar ya lo habías dado y seguías corriendo de todas formas.
Crucé la meta en un tiempo que no importa.
Me senté en el pasto de la llegada con las piernas temblando y el corazón latiendo en los oídos y algo en el pecho que no era dolor ni alegría ni orgullo sino las tres cosas juntas comprimidas en un espacio demasiado pequeño para las tres, y lloré.
No mucho. Lo suficiente para saber que estaba llorando. Lo suficiente para que un tipo que estaba sentado al lado me pasara una botella de agua sin decir nada, con la naturalidad de alguien que sabe que llorar después de veintiún kilómetros no necesita explicación.
Acepté el agua. No dije gracias. Él no esperaba que dijera gracias.
Esa noche dormí nueve horas seguidas. La primera vez en meses.
El año siguiente fue el mejor que tuve. No por lo que pasó en él — no pasó nada extraordinario. Fue bueno por lo que no pasó. No pasaron las noches en vela. No pasaron los domingos vacíos mirando la pared. No pasaron las mañanas donde levantarse de la cama requería una negociación de veinte minutos con una parte de mí que no quería levantarse nunca más.
Corría cuatro veces por semana. Martes, jueves, sábado, domingo. Los martes y jueves eran cortos: ocho kilómetros, ritmo cómodo, la ruta de la costanera que ya conocía tan bien que podía correrla con los ojos cerrados y a veces casi lo hacía, dejando que los pies encontraran el camino porque los pies lo sabían mejor que yo. Los sábados eran largos: quince, dieciocho, veinte kilómetros, explorando rutas nuevas, perdiéndome a propósito porque perderse era parte del punto. Los domingos eran de recuperación: trote lento, casi caminata, el cuerpo pidiendo descanso y yo dándoselo porque había aprendido a escuchar al cuerpo, que era lo más parecido a escuchar a otra persona que tenía en ese momento.
El cuerpo era la otra persona.
El cuerpo me decía cuándo estaba cansado y cuándo estaba listo. Me decía cuándo necesitaba más agua y cuándo necesitaba más sueño. Me decía cuándo estaba triste — porque la tristeza tenía una zancada específica, más corta, más pesada, con los hombros más adelante — y cuándo estaba bien, o algo cercano a bien, que era lo máximo que podía pedir.
Había aprendido a leerme a través del movimiento. No a través de la introspección, que requería sentarme y pensar y pensar me llevaba a los mismos circuitos de siempre. A través de las piernas. De los kilómetros. De la distancia que el cuerpo cubría antes de que la cabeza volviera a encenderse. Los días buenos, la cabeza se apagaba al kilómetro dos. Los días malos, al kilómetro seis. Los días muy malos, no se apagaba nunca, pero incluso entonces correr servía, porque al menos el dolor del cuerpo le hacía competencia al dolor de la cabeza y la competencia los reducía a los dos.
Era algo mío. Genuinamente mío. No heredado, no asignado, no parte de algo que alguien había escrito antes de que yo naciera. Era lo que pasaba cuando el cuerpo y la voluntad se ponían de acuerdo sin que nadie más opinara.
No sabía que eso se podía perder.
La rodilla derecha empezó a doler un martes de julio.
No un dolor nuevo. Los corredores tienen dolores. Los dolores van y vienen como el clima — uno los registra, ajusta, sigue. El cuerpo habla y uno escucha y negocia: un poco más de hielo, un poco menos de velocidad, una semana de descanso si hace falta. Eran conversaciones que el cuerpo y yo habíamos tenido decenas de veces. Siempre terminaban igual: el dolor cedía, la ruta continuaba.
Este dolor no cedió.
Una semana. Dos. Bajé el kilometraje. Cambié las zapatillas. Apliqué hielo después de cada sesión con la disciplina de alguien que cree que la disciplina resuelve las cosas, porque la disciplina era lo que había funcionado hasta ahora y si la disciplina funcionaba para correr entonces debería funcionar para el dolor de correr.
No funcionó.
Tres semanas. El dolor migró. De la rodilla a la cadera. No un dolor agudo — un dolor profundo, sordo, el tipo de dolor que no grita sino que susurra con la insistencia de algo que sabe que no necesita gritar porque va a estar ahí mañana y pasado mañana y la semana que viene.
Un dolor paciente.
Fui al médico cuando ya no podía subir escaleras sin que la cadera hiciera un sonido que las caderas no deberían hacer. El médico — una nutria de mediana edad con anteojos y la expresión de alguien que dice malas noticias con suficiente frecuencia como para haber encontrado una cara específica para ello — miró la resonancia, miró la radiografía, miró la pantalla con esa inclinación de cabeza que los médicos hacen cuando confirman lo que ya sospechaban.
—Desgaste del cartílago articular —dijo—. La cabeza femoral tiene erosión. Es consistente con impacto repetitivo en superficies duras sin la biomecánica adecuada.
—¿Cuánto tiempo de recuperación?
—No es recuperación. Es manejo. El cartílago no se regenera. Lo que se erosionó no vuelve.
Esperé.
—Puede seguir corriendo distancias cortas con calzado adecuado y supervisión. Pero las medias maratones, las distancias largas… no es recomendable. El impacto acumula más daño del que el tejido puede absorber.
Me quedé sentado en la silla del consultorio un momento después de que terminó de hablar. No procesando. Solo sentado. La cadera dolía con la quietud que tienen las cosas que duelen cuando saben que ya no tienen que competir contra nada.
—¿Alguna pregunta? —dijo el médico.
Tenía una. No la que él esperaba.
La pregunta era: ¿cómo se llama el lugar al que voy a ir ahora que el único lugar donde no pensaba ya no existe?
No la hice. Me levanté. La cadera hizo su sonido. Firmé los papeles. Salí.
Intenté correr una vez más.
Tres semanas después del diagnóstico. Un jueves a las seis de la mañana. Me puse las zapatillas con la misma rutina de siempre: izquierda primero, luego derecha, doble nudo porque el derecho se desataba solo. Salí a la costanera. El aire tenía el frío de las mañanas de julio que hacen que la primera respiración duela un poco y ese dolor pequeño siempre me había gustado porque era el precio de entrada y el precio era justo.
Empecé a trotar.
Kilómetro uno. La cadera presente pero manejable. El cuerpo encontrando la cadencia de siempre, los pies contra el asfalto, el sonido que ya era parte de mi identidad tanto como el nombre que ya no recuerdo.
Kilómetro dos. El dolor subió. No de golpe — por capas. Como el volumen de una radio que alguien sube lentamente, tan despacio que uno no se da cuenta de que ya no puede escuchar otra cosa.
Kilómetro tres. El kilómetro donde la cabeza debería haberse apagado.
No se apagó.
No se apagó porque el dolor no lo permitió. El dolor era más fuerte que la cadencia, más fuerte que el ritmo de los pies, más fuerte que la frecuencia que hacía callar los pensamientos. El dolor ocupaba todo el espacio disponible y no dejaba lugar para el silencio.
Seguí corriendo.
Kilómetro cuatro. La zancada cambió. Ya no era la zancada mía — era la zancada de alguien que compensa, que redistribuye el peso para evitar el punto donde duele, y la zancada compensada no era flujo, era cálculo, era la cabeza tomando el control de lo que siempre había sido territorio del cuerpo.
El cuerpo ya no decidía. La cabeza decidía. Y la cabeza decidiendo cómo mover las piernas era exactamente lo que correr no debía ser.
Me detuve en el kilómetro cuatro punto tres.
Me quedé parado en la costanera con las manos en las rodillas y la respiración rota y la cadera pulsando con la frecuencia específica de algo que dice: te lo dije. Y la cabeza encendida. Completamente encendida. Todos los pensamientos de vuelta: el trabajo, el apartamento, las paredes que se acercan, el futuro que no se parece a nada.
Todo de vuelta en el kilómetro cuatro punto tres.
Caminé de regreso al apartamento. Tres kilómetros de caminata con la cadera quejándose en cada paso y la cabeza funcionando a toda velocidad y las zapatillas golpeando el asfalto con el sonido de algo que ya no va a ser lo que era.
Llegué. Me senté en el suelo de la cocina. Como la primera vez. Pero la primera vez estaba agotado y feliz y los pulmones ardían con la promesa de que mañana podría más. Esta vez estaba agotado y vacío y los pulmones ardían con nada.
No lloré. Llorar después de no poder correr no tenía la misma honestidad que llorar después de veintiún kilómetros. No había tipo al lado con una botella de agua. No había pasto de llegada. No había meta.
Me duché. 38 grados. Me vestí. Fui al trabajo.
Las zapatillas quedaron en la entrada del apartamento. Izquierda y derecha, con el doble nudo todavía atado. Estuvieron ahí tres meses. Después las moví al armario. Después al fondo del armario. No las tiré.
Nunca las tiré.
Hay cosas que no se tiran porque tirarlas sería admitir que se terminaron, y mientras estén en el fondo del armario todavía se puede sostener la ficción de que es temporal, de que la cadera va a mejorar, de que un día va a ser jueves y me voy a poner las zapatillas y voy a salir a la costanera y el kilómetro tres va a llegar y la cabeza se va a apagar y todo va a ser como antes.
La ficción duró más que las zapatillas. Las zapatillas se deterioraron en el armario con la dignidad específica de las cosas que se pudren sin testigos. La ficción sigue intacta.
Lo que nadie te dice sobre perder el cuerpo — perder el acceso a lo que el cuerpo podía hacer — es que no es un duelo limpio.
Un duelo limpio tiene funeral. Tiene fecha. Tiene el momento donde alguien dice: esto se acabó, y el dolor empieza desde ahí y con suerte, eventualmente, se va diluyendo.
Perder lo que el cuerpo podía hacer no tiene eso. Tiene, en cambio, una serie de momentos pequeños donde descubres que algo que podías hacer ya no puedes. No de golpe. De a poco. Hoy no puedes correr la media maratón. Mañana no puedes correr los diez kilómetros. La semana que viene los cinco te cuestan más de lo que deberían. El mes que viene subes las escaleras del departamento y la cadera dice que no.
Y cada uno de esos momentos es un funeral pequeño al que nadie fue invitado y del que nadie se va a enterar, porque decir “hoy no pude subir las escaleras sin dolor” no tiene la gravedad que el mundo exige para que un duelo sea reconocido como duelo. No hay flores para eso. No hay licencia laboral. No hay nadie que te diga que lo siente.
Así que lo que haces es adaptarte. Que es la palabra que usa la gente que nunca perdió nada para describir lo que hace la gente que perdió algo. Adaptarse. Como si fuera un proceso neutro. Como si fuera cuestión de encontrar una actividad alternativa, un sustituto, un reemplazo. Como si el agujero que dejó la cosa que ya no puedes hacer tuviera la forma exacta de otra cosa que sí puedes hacer y fuera solo cuestión de encontrarla y encajarla.
No tiene esa forma.
El agujero que dejó correr tenía la forma de correr. Nada más tenía esa forma. Nada más iba a tener esa forma. Lo que iba a pasar era que el agujero iba a seguir ahí con su forma específica y yo iba a seguir caminando alrededor de él, el resto de mi vida, y el mejor escenario posible no era llenar el agujero sino aprender la ruta para no caer adentro cada vez que pasaba cerca.
La guitarra llegó después. Mucho después. Y la guitarra era otra cosa — las manos en vez de las piernas, el sonido en vez del silencio, la expresión en vez de la disolución. La guitarra no apagaba la cabeza. La guitarra le daba a la cabeza algo que hacer que no fuera repetir los mismos circuitos. No era lo mismo. No era sustituto. Era lo que vino después en el espacio que quedó, y le estuve agradecido, pero no era lo mismo.
Nada iba a ser lo mismo.
En la libreta, la última entrada sobre correr decía:
“Hoy caminé la ruta de los martes. Caminando son 47 minutos. Corriendo eran 38. La diferencia son 9 minutos. La diferencia son 9 minutos y todo lo demás.”
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Date: 2024-01-29T03:00:00-03:00
feat: el único lugar donde no pensaba — el deporte y la lesión