🎵 Black — Pearl Jam

de Ten

    
[tu ascii aquí]

(Era Zorro. Ciudad sin nombre. Después de la lesión. Antes del Centro. Antes de todo lo que vino después.)

Empecé a ir a la cafetería porque el apartamento era demasiado pequeño.

No literalmente. El apartamento tenía los mismos metros cuadrados que había tenido siempre. Pero desde que dejé de correr, los metros cuadrados se habían encogido. O yo me había expandido. O la relación entre un cuerpo que ya no se mueve y las paredes que lo contienen cambia de manera que nadie te explica cuando te dicen que el cartílago no se regenera.

La cafetería quedaba a seis cuadras. Lo suficientemente lejos como para que caminar hasta allá contara como salir del apartamento. Lo suficientemente cerca como para que la cadera no opinara demasiado.

No era una cafetería especial. Mesas de madera, sillas incómodas, carta con opciones que nadie lee porque todo el mundo pide lo mismo. Café con leche. Tostada. Una ventana que daba a la calle donde no pasaba nada interesante, que era exactamente lo que necesitaba: un lugar donde no pasara nada interesante para poder estar sin que la ausencia de interés fuera mi culpa.

Los martes a las doce y media. Esa fue la rutina que se instaló sin que yo la instalara, como se instalan las rutinas cuando no tienes nada mejor que ofrecer al calendario.


La serval estaba ahí el primer martes.

No en mi mesa. En una mesa al fondo, cerca de la ventana lateral, con un libro abierto y un café que parecía llevar más tiempo en la taza del que el café necesita para dejar de estar bueno. No la miré más de un segundo. Era una clienta más. El tipo de persona que uno registra como parte del ambiente sin separarla del ruido de fondo.

Lo que registré — sin saber que lo estaba registrando — fueron las orejas.

Desproporcionadamente grandes. Cada una apuntando en una dirección distinta. No como defecto ni como gesto. Como función. Como si cada oreja fuera un instrumento separado captando una frecuencia distinta del mismo espacio, armando un mapa sonoro que incluía más información de la que el espacio parecía contener.

Pedí mi café. Miré por la ventana. No pasó nada interesante. Pagué. Me fui.

El segundo martes estaba en la misma mesa. Mismo libro. Misma posición del café en la taza. Una oreja hacia la puerta. La otra hacia algo que no pude identificar.

El tercer martes me senté más cerca. No a propósito. La mesa de siempre estaba ocupada y la única disponible era dos mesas más cerca de la suya. Me senté. Pedí lo de siempre. Abrí el teléfono para no tener que mirar a nadie.

Y entonces sentí algo.

No sé cómo describir lo que sentí porque lo que sentí no tenía las propiedades de las cosas que puedo describir. No fue una mirada — no levanté la vista para verificar si me estaba mirando. No fue un sonido — la cafetería tenía el mismo ruido de siempre. Fue algo más parecido a una presión. Sutil. Constante. Como cuando alguien abre una ventana en un cuarto cerrado y no ves la ventana pero sientes que el aire cambió.

El aire había cambiado.

No levanté la vista. Tomé el café. La presión seguía ahí. Quieta. Sin pedir nada. Sin empujar. Solo: presente. De la manera en que están presentes las cosas que están prestando atención.

Pagué. Me fui. Caminé las seis cuadras de vuelta al apartamento con la cadera protestando en el adoquín irregular y algo en la nuca que no era dolor sino la sensación residual de haber sido escuchado sin haber dicho nada.


No hablamos durante las primeras seis semanas.

Seis martes. Misma cafetería. Misma hora. Ella en su mesa, yo en la mía. El libro que cambiaba cada dos semanas pero que siempre estaba abierto en la misma posición, como si leer no fuera el punto sino tener algo entre las manos que justificara estar sentada ahí. Las orejas siempre en dos direcciones. El café siempre enfriándose.

Y la presión. Cada martes. Sutil. Constante.

No era incómoda. Eso es lo que no lograba entender. Debería haber sido incómoda. La atención no solicitada de alguien desconocida debería haber sido molesta, o intrusiva, o al menos notable de una manera que generara la reacción de hacer algo al respecto. Pero la presión de la serval no era ninguna de esas cosas. Era como el ruido de fondo de la cafetería: estaba ahí, siempre había estado ahí, y en algún punto dejé de notar que la notaba.

El séptimo martes llovió.

Llegué mojado. La cafetería estaba más vacía que de costumbre. Ella estaba en su mesa. Sin libro esta vez. Las dos orejas apuntando en la misma dirección por primera vez desde que la observaba: hacia la ventana. Hacia la lluvia.

Me senté. Pedí el café. Y sin pensarlo — sin el cálculo previo que normalmente precedía cualquier interacción con otro ser vivo, sin el guion ensayado, sin la evaluación de riesgo que mi cabeza ejecutaba antes de abrir la boca para cualquier cosa que no fuera pedir un café o dar los buenos días en el trabajo — dije:

—Llueve.

No le hablé a ella. Le hablé al espacio. A la cafetería. Al sonido del agua contra la ventana. Lo dije como se dice algo que es verdad y que no necesita destinatario.

Pero la serval giró una oreja hacia mí. Solo una. La otra se quedó en la lluvia. Y dijo:

—Sí.

Y volvió a mirar la ventana.

Eso fue todo. Una palabra cada uno. Llueve. Sí. La conversación más corta y más honesta que había tenido en meses.


Los martes siguientes hablamos. No mucho. No de cosas importantes. Del café, que ella decía que era mediocre y yo decía que era funcional y ella decía que mediocre y funcional eran la misma cosa cuando se hablaba de café y yo no tenía argumento para eso. De la lluvia, que ese mes vino con frecuencia y que a ella parecía gustarle de una manera que no era gusto exactamente sino algo más parecido a reconocimiento, como si la lluvia y ella tuvieran un acuerdo previo que yo no estaba incluido en entender.

Del libro. Le pregunté qué leía. Me mostró la tapa. No reconocí el título. Dijo que era sobre percepción — sobre cómo los sistemas sensoriales construyen el mundo antes de que la consciencia se entere de que hay un mundo que construir. Que las orejas, por ejemplo, procesan el sonido y generan un mapa del espacio antes de que la parte consciente del cerebro decida qué hacer con la información. Que lo que escuchamos no es lo que hay sino lo que el sistema decidió que vale la pena escuchar.

—¿Y qué decide que vale la pena? —pregunté.

—Depende del sistema —dijo—. Cada especie tiene un filtro diferente. Los zorros filtran por movimiento. Los servales filtramos por frecuencia.

—¿Qué significa filtrar por frecuencia?

Una oreja giró hacia la mesa de al lado donde una pareja discutía en voz baja. La otra se quedó en mí.

—Significa que escucho cosas que la persona frente a mí no sabe que está diciendo.

Me miró. Un segundo. Menos. El tiempo que tarda algo en cruzar una frontera antes de que el sistema de defensa lo intercepte. Sentí la pregunta formarse en mi garganta — ¿qué escuchas? — y sentí el momento exacto donde la tragué.

Cambié de tema.

Hablamos del trabajo. Del clima. De una película que ninguno de los dos había visto.

Esa noche, en el apartamento, anoté en la libreta: “La serval de la cafetería dijo algo hoy sobre las frecuencias. Sobre escuchar cosas que la persona frente a ella no sabe que está diciendo. No sé qué escucha cuando me escucha. No sé si quiero saberlo.”

Y debajo: “Creo que sí quiero saberlo.”

Y debajo de eso: “No se lo voy a preguntar.”


Había algo en ella que no reconocía.

No era atracción. La atracción tiene una forma que reconozco — la he sentido antes, en otra vida que ahora es un registro de divorcio y una caja de cosas que dejé de abrir. Lo que sentía con la serval era otra cosa. Era la incomodidad específica de estar frente a alguien que ve más de lo que deberías dejar ver, y que lo que ve no le genera rechazo ni lástima ni la urgencia de arreglar nada. Solo: registro. Observación. Las orejas apuntando en dos direcciones y las dos direcciones incluyéndome.

Era como estar frente a un espejo que no refleja tu cara sino tu estructura.

No me gustaba. No me disgustaba. Me dejaba expuesto de una manera que no podía controlar, y no poder controlar las cosas era lo que más me costaba de todo lo que me costaba, que era bastante.

Un martes le pregunté algo que no sabía que iba a preguntar hasta que lo pregunté:

—¿Por qué vienes los martes?

Ella sostuvo la taza. Las dos manos. Los dedos largos rodeando la cerámica. Cada uña atenta al calor como si las manos fueran otro sistema sensorial separado.

—Porque los martes tiene sentido venir.

—¿Qué sentido?

—El que hay. No necesita ser más específico.

—Eso no es una respuesta.

—Es la que tengo.

Me miró con esos ojos que tenían la particularidad de no buscar nada. Los ojos de la gente normalmente buscan: aprobación, conexión, confirmación, una salida. Los ojos de la serval no buscaban. Recibían. Estaban abiertos del modo en que están abiertas las ventanas cuando nadie decidió cerrarlas y por las que entra lo que entra, viento o lluvia o el ruido de la calle o nada.

No supe qué hacer con eso.

Tomé el café. Estaba frío.


El martes número diecisiete ella no vino.

Lo noté a las doce y cuarenta y cinco, cuando el espacio donde siempre estaba seguía vacío y la presión que siempre estaba había sido reemplazada por la ausencia de presión, que era un tipo de presión diferente: la del espacio que debería tener algo y no lo tiene.

Me quedé hasta la una y cuarto. Pedí un segundo café, que era algo que nunca hacía. Lo tomé mirando la mesa vacía del fondo, cerca de la ventana lateral, donde no había un libro abierto ni un café enfriándose ni dos orejas apuntando en direcciones distintas.

Pagué. Me fui. Caminé las seis cuadras de vuelta.

En la libreta escribí: “La serval de la cafetería no vino hoy.”


El martes siguiente tampoco.

Ni el siguiente.

El cuarto martes sin ella pedí el café, me senté en mi mesa de siempre, y miré por la ventana donde no pasaba nada interesante. La cafetería era la misma cafetería. Las mesas eran las mismas mesas. El café era el mismo café mediocre y funcional.

Pero la presión no estaba.

Y sin la presión, la cafetería era solo una cafetería. Un lugar donde se toma café. Nada más.

Pensé en algo que ella había dicho, semanas atrás, cuando hablábamos de la lluvia y yo dije que la lluvia me parecía igual siempre y ella dijo que no, que la lluvia nunca es igual, que lo que pasa es que dejamos de escuchar las diferencias porque el sistema decide que la lluvia ya fue clasificada y deja de prestar atención a las variaciones.

—El problema no es que no haya variaciones —dijo—. Es que decidimos que ya sabemos lo que es y dejamos de mirar. Y lo que dejamos de mirar deja de existir para nosotros, aunque siga existiendo para sí mismo.

Lo dijo mirando su café. Una oreja hacia mí. La otra hacia la lluvia del otro lado de la ventana.

No respondí. Probablemente dije algo sobre el trabajo o el clima o cualquier otra cosa que ocupara el espacio donde debería haber habido algo distinto.


No volví a la cafetería.

No fue una decisión dramática. Fue lo que pasa cuando una rutina pierde la parte que la sostenía sin que uno supiera que esa parte la sostenía: se desarma sola. Los martes volvieron a ser martes. La cafetería volvió a ser un lugar a seis cuadras que no tenía nada que ofrecer que el apartamento no ofreciera, excepto más espacio y peor café.

Tres semanas después encontré el aviso del Centro de Procesamiento Biológico. Buen sueldo. Otra ciudad. Nueva rutina. Nuevo yo, me dije, con las mismas palabras que uno se dice cuando no tiene el vocabulario para lo que realmente está pasando.

Firmé el contrato.

En la libreta, la última mención de la serval estaba entre una lista de compras y el teléfono del servicio técnico del calentador:

“La serval de la cafetería. No me dijo su nombre. No le pregunté. Escuchaba algo que yo no sabía que estaba diciendo. Nunca supe qué era. Tal vez era mejor no saberlo.”

Y debajo, con letra más apurada, como si lo hubiera escrito saliendo por la puerta:

“Debería haberle dicho algo. No sé qué. Algo.”


Nunca la busqué.

Eso es lo que más me cuesta escribir. No que se fue — la gente se va, es lo que la gente hace, es la única constante que he verificado empíricamente en toda mi existencia. Lo que me cuesta es que no la busqué. Que la presión desapareció y yo dejé que desapareciera con la misma pasividad con que dejaba que todo desapareciera: las amistades, las oportunidades, las conversaciones que deberían haber sido más largas, los martes que deberían haber sido más de diecisiete.

Dejé que se fuera.

Como el charco que se evapora en la vereda. Estuvo ahí. Reflejó algo. Se fue. Y lo que quedó fue la marca de humedad en el cemento — la forma de lo que estuvo ahí, visible solo por un rato, hasta que el sol seca eso también.

No sabía su nombre. No sabía qué escuchaba cuando me escuchaba. No sabía por qué los martes tenían sentido para ella ni por qué dejaron de tenerlo. No sabía nada.

Pero cada vez que llovía y el agua se acumulaba en una grieta de la vereda formando ese espejo imperfecto entre tormenta y sol, algo en mí miraba el charco un segundo más de lo necesario.

Sin saber por qué.

Sin preguntar.


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Date: 2024-02-05T03:00:00-03:00

feat: los martes en la cafetería — la serval que escuchaba