🎵 Bleed — Meshuggah
de obZen
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La muerte llegó sin dramatismo. No fue heroica ni trágica. Fue prosaica, como la mayoría de las muertes.
Fue una enfermedad cuyo nombre no importa. Comenzó con fatiga que atribuí al estrés. Luego vinieron los dolores que ignoré porque “no tenía tiempo” para estar enfermo. Cuando finalmente fui al médico, las palabras que dijo no importan. Solo importa lo que significaban: demasiado tarde.
Pasé los últimos meses en un hospital donde la luz fluorescente era la misma que en mi oficina. Irónico. Mi vida entera había sido una habitación sin ventanas, y ahora moriría con una.
Lo que viene a continuación lo sé porque el cráneo recuerda lo que la carne olvida. Son memorias grabadas en el hueso, en la médula, en la arquitectura fundamental de lo que fui.
La muerte no es un instante. Es un proceso.
El páncreas fue el primero. No hubo anuncio — simplemente dejó de hacer lo que hacía, con la discreción de alguien que lleva demasiado tiempo en el mismo trabajo y un día no vuelve. El cuerpo tiene su propio lenguaje para el fracaso, uno que nunca enseñan en ningún lado. Esa noche lo escuché completo por primera vez.
Los riñones cedieron después. El cuerpo se ahogaba en lo que no podía procesar — igual que siempre, igual que toda mi vida. Cada parte comunicaba algo que yo, por primera vez, no podía ignorar ni archivar para mañana.
El hígado se rindió sin pelea. Sentí cómo mi piel se volvía amarilla desde adentro, como si me estuviera convirtiendo en ámbar. El sabor en la boca era a metal oxidado y a tiempo desperdiciado.
Los pulmones al final. Cada respiración costaba más que la anterior. Después costaba todo. Después no había suficiente de todo.
Y entonces: simplemente no.
Pero la consciencia persistía. Ese fue el verdadero horror.
El cerebro es lo último en morir. Apagó las áreas no esenciales primero: las memorias recientes se fueron. Olvidé el nombre de la enfermera. Luego el del hospital. Luego qué día era.
Pero las memorias profundas — las cicatrices — esas permanecían. Vi mi vida en reversa: cada fracaso, cada rendición, cada momento donde elegí la cobardía sobre la verdad. No fue una película nostálgica. Fue un inventario de lo que no hice.
Sentí el momento exacto donde mi nombre se desprendió.
No fue metáfora. Fue literal. La estructura que contenía mi identidad — ese conjunto de letras que me llamaban, que usaba para firmar documentos, que definía quién se suponía que era — se desintegró.
Como un sobre mojado que pierde la dirección.
Y con el nombre se fue todo lo demás: mi profesión, mis títulos, mis roles sociales. Padre. Hijo. Empleado. Amante. Amigo. Uno por uno, como capas de cebolla, se desprendían y caían en un vacío que no tenía fondo.
La descomposición física comenzó antes de que el corazón se detuviera.
Sentí — con una claridad nauseabunda — cómo las bacterias en mi intestino detectaban la muerte inminente y comenzaban a digerir desde adentro. La flora intestinal que había vivido en simbiosis conmigo durante décadas ahora me consumía.
La piel empezó a desprenderse de la carne. No toda a la vez, sino en parches, como papel tapiz viejo descascarándose de una pared húmeda. Podía sentir cada célula epidérmica perdiendo cohesión, disolviéndose en fluidos que ya no circulaban.
Los músculos se licuaron. La proteína que me había permitido moverme, abrazar, trabajar, tocar una guitarra — todo eso se convirtió en sopa. Sentí cómo mi cuerpo se volvía más pesado y más líquido simultáneamente.
Pero el cráneo permanecía.
Cuando toda la carne se había podrido, cuando los órganos eran solo memoria, cuando la sangre era barro negro — el cráneo seguía intacto. Los huesos no se descomponen tan rápido. Tardan años, décadas. Y la consciencia, por alguna maldición cósmica, estaba anclada al cráneo.
Sentí cómo mis cavidades oculares se llenaban de un líquido extraño. No era orgánico. Era algo entre ámbar fundido y silencio cristalizado. Una sustancia violeta que ardía sin calor, que tomaba forma mientras fluía.
El cerebro se convirtió en obsidiana consciente.
La materia gris se petrificó, pero reteniendo todas sus conexiones. Cada recuerdo grabado en mineral. Las memorias ya no eran señales que se apagan — eran vetas de cuarzo negro que no saben olvidar.
Intenté aferrarme a algo. Un recuerdo. Un nombre. Un rostro.
Una serval. Estábamos en una cafetería. Ella sonreía, las orejas giradas en ángulos distintos, escuchando algo que yo no podía oír. Cuando intenté recordar su nombre, las letras se deshicieron. Su voz se convirtió en estática.
No estaba.
Intenté recordar mi propio nombre. El que me dieron al nacer.
Ya se había ido antes de que lo buscara.
El momento final no fue el último latido del corazón.
Fue cuando la última célula que contenía la ilusión del “yo” se apagó.
Y en ese momento de oscuridad absoluta, cuando ya no quedaba nada que pudiera llamarse “vivo”, cuando el zorro sin nombre había sido completamente borrado del mundo…
Desperté.
Pero no en el sentido que conocía.
Abrí ojos que no tenían párpados. Vi con cuencas vacías. Respiré sin pulmones. Pensé sin neuronas.
Lo que quedaba del cráneo había emergido del barro de mi descomposición como una semilla emergiendo de fruta podrida. Blanco. Sucio. Temporal.
Un cuerpo desgastado, usado, podrido. Y yo estaba adentro, mirando hacia afuera a través de lo que quedaba similar a un zombie, pero que aun contenia algo…
No estaba en el hospital. Estaba en un lugar que no tiene nombre en idiomas vivos.
El Valle de la Sombra.
Donde los muertos conscientes esperan instrucciones que nunca llegan.
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Date: 2024-02-12T03:00:00-03:00
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