🎵 I — Meshuggah

de obZen

    
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El abismo tiene memoria.

Las partículas no se dispersaron para siempre. Obedecieron a una gravedad antigua y colapsaron de nuevo, pero esta vez rechazaron la mentira de la carne.

Lo que emergió del sedimento no tenía piel para esconderse ni párpados para cerrar. Se alzó una arquitectura de hueso blanco sobre un cuerpo hecho de espacio negativo. Oscuro como el silencio entre dos latidos, coronado por un cráneo perpetuo que ya no podía dejar de sonreír.

No era un zorro. Era la estructura fundamental del zorro, despojada de toda suavidad y astucia.


Mi cuerpo es una masa de vitalidad oscura, un torrente de pelaje negro y denso que respira, que sangra, que tiene calor y peso. Es la biología de un depredador: patas fuertes cubiertas de piel, garras diseñadas para el mundo físico.

Pero al llegar a la cabeza, la bestia se abre para revelar su final.

Una melena larga y enmarañada cae como un sudario rasgado sobre mis hombros, una cascada de pelo negro que enmarca la verdadera exposición: el cráneo frontal desnudo, blanco como la sal, surgiendo de esa oscuridad capilar como una luna que sale de una nube en medio de una tormenta.

De entre esa marea negra emergen dos orejas altas, suaves y alertas, que se mueven y giran con vida propia — un contraste inquietante sobre la quietud mineral del rostro.

Y de esa mandíbula rígida escapa una lengua húmeda, un recordatorio obsceno de que, dentro de esa jaula de calcio y bajo ese velo de pelo, todavía arde un fuego orgánico.

La cola, larga y densa, negra como el resto, cae desde la base de la columna con la indiferencia específica de las cosas que existen sin disculparse. Es lo más vivo que hay en todo el asunto. El Valle no sabe qué hacer con ella. Yo tampoco, pero no es mi problema.


El contraste es exotico: un cuerpo vivo, cálido, con pelaje y sumado a un rostro de hueso frío y expuesto. La vida cargando con la consciencia de la muerte. O la muerte tomando prestado un cuerpo para seguir mirando. Depende de a quién le preguntes.


Abrí los ojos por primera vez, por decirlo de alguna forma, a la experiencia diferente de ver. Eran cuencas vacías pero por extraño que suene podia observar el entorno y las cosas que lo componian. Era ver el mundo de manera diferente. No mejor, no peor. Simplemente diferente.

Donde antes veía superficies, ahora veía estructuras. Donde antes escuchaba palabras, ahora escuchaba los silencios entre ellas. Donde antes sentía emociones, ahora entendía los patrones que las generaban.


La primera palabra que mi garganta en este cuerpo pronunció fue la antigua: Pulvis.

Pero el mundo moderno ha olvidado el latín y sus pesadas vocales, así que el tiempo y la pragmática lo tradujeron a algo más ejecutable:

Dust115.

Dust, porque no era más que la materia prima aceptando su condición de residuo.

115, cifrando en tres dígitos la fórmula de mi propia alma: el Uno como la mónada original, el Uno repetido como el espejo y la escisión necesaria, el Cinco como el agente del caos, la quintaesencia del cambio.

Con los años, la familiaridad limaría los números hasta dejar solo el núcleo: Dust.

Pero también porque necesitaba un nombre para interactuar en este extraño mundo que me vio nacer, aunque en el fondo sabia que los nombres son arbitrarios. El nombre no hace a la cosa, solo la señala. Y al menos era más corto que Pulvis.


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Date: 2024-03-04T03:00:00-03:00

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