🎵 Closer — Nine Inch Nails

de The Downward Spiral

    
[tu ascii aquí]

(Años más tarde, en el presente. Valle de la Sombra. Terminal abandonada.)

La pantalla parpadeaba violeta sobre negro. Mis zarpas — con una curiosa memoria muscular — se movían sobre el teclado oxidado con precisión quirúrgica.

No estaba haciendo nada importante. Solo exploraba un servidor abandonado por curiosidad arqueológica. Restos digitales de una corporación que colapsó hace décadas. Archivos olvidados en discos duros que nadie había apagado porque nadie recordaba dónde estaban.

Encontré logs de chats corporativos. Conversaciones triviales:

Usuario_847: ¿Alguien arregló la máquina de café?
Usuario_223: Negativo. Sigue sacando espuma marrón.
Usuario_847: Perfecto. Como nuestro código.
Usuario_412: Recordatorio: mañana es el cumpleaños de Sandra
             del departamento de contabilidad.
             Pasen por la sala de conferencias a las 3 PM.
Usuario_223: ¿La Sandra que odia las fiestas sorpresa?
Usuario_412: Esa misma.

Chistes internos. Quejas sobre deadlines. Recordatorios de reuniones que nunca cambiarían nada.

Seguí bajando por los logs. La fecha cambiaba: cinco años antes del colapso.

Y entonces vi un nombre que me hizo detenerme.

Mi nombre.

El nombre de un zorro que ya no es relevante. El que había olvidado. El que se había desprendido en el momento de la muerte.

Allí estaba, en el log. Usuario_531.

Abrí el archivo de mensajes de ese usuario. Leí mis propias palabras de cuando estaba vivo:

Usuario_531: Buenos días equipo. Listo para el sprint de esta semana.
Usuario_847: ¿Terminaste el bug del módulo de pagos?
Usuario_531: Aún no. Necesito otras 10 horas.
Usuario_847: Tenemos hasta el viernes.
Usuario_531: Lo sé. Lo terminaré.
Usuario_531: ¿Alguien quiere almorzar?
Usuario_223: No puedo, tengo call con cliente.
Usuario_412: Yo tampoco, demasiado trabajo.
Usuario_531: Ok. No hay problema.
Usuario_531: Feliz viernes equipo. Buen fin de semana.
Usuario_847: Igualmente.

Optimista. Banal. Completamente ajeno a lo que vendría.

Ese zorro — ese yo que fue — no sabía que moriría solo en un hospital. No sabía que su vida era una ejecución de script heredado. No sabía nada. Y lo peor: tampoco sabía que no sabía.

Busqué más. Encontré un mensaje privado que ese yo había enviado a alguien llamado Usuario_892:

Usuario_531: Oye, sé que esto es raro, pero...
             ¿quieres tomar café después del trabajo?
Usuario_892: ...
Usuario_531: Perdón si es inapropiado. Olvídalo.
Usuario_892 ha bloqueado a Usuario_531.

Ni siquiera recordaba haber enviado eso. Ni siquiera recordaba quién era Usuario_892.

Pero el rechazo estaba ahí, archivado, esperando ser redescubierto por un cráneo que ya no podía sentir vergüenza.

Cerré el archivo.

Lo borré.

No por dolor — el dolor requiere carne. Lo borré por higiene digital. Los fantasmas no necesitan casa. Y además ocupaba espacio en un servidor que ya tenía suficientes problemas.


Estaba a punto de apagar la terminal cuando el sistema me devolvió un resultado que no había pedido.

Una búsqueda en segundo plano — un proceso residual que había lanzado sin recordarlo — había encontrado otro archivo en la misma partición. Sin nombre. Solo un hash y un tamaño: 4.7 megabytes de texto plano, comprimido en un directorio sin índice, en una ruta que el servidor ni siquiera listaba en su árbol principal.

Un archivo que no quería ser encontrado pero que tampoco se había borrado.

Lo abrí.

Era un diario. Mi diario. Del zorro que fue.

No lo recordaba — los recuerdos de esa vida se habían fragmentado con la muerte, igual que siempre, igual que en todos los ciclos. Pero ahí estaban las palabras, intactas, esperando ser redescubiertas por un cráneo que ya no podía llorarlas.

Las leí en orden inverso. Empecé por el final porque el final siempre llega primero cuando ya sabes cómo termina.

Lo que encontré fue esto:


MOVIMIENTO I: Alguna vez estuve aquí#

(Era Zorro. Ciudad sin nombre. Año sin importancia.)

Me desperté a las 6:47 de la mañana y lo primero que hice fue revisar el teléfono.

No había nada urgente. Nunca había nada urgente. Pero lo revisé igual, como se revisa una herida que ya no duele pero que uno toca de todas formas, buscando confirmar que sigue ahí, que uno sigue siendo el tipo que tiene heridas.

Me levanté. Me duché. El agua estaba a 38 grados como todos los días porque nunca cambiaba la temperatura del termostato aunque el calor me molestara. Después del divorcio me mudé a este apartamento y ajusté el termostato una vez, en la primera semana, y desde entonces no lo había vuelto a tocar. Había decidido que 38 grados era la temperatura del agua, igual que había decidido que el café era sin azúcar y que los lunes usaba la camisa azul oscuro. No porque me gustara. Porque decidirlo una vez era suficiente. Decidir requería energía que no tenía.

Me vestí. Desayuné de pie sobre el mesón, mirando por la ventana el mismo edificio de enfrente que miraba desde hacía dieciocho meses.

Y entonces me di cuenta, mientras masticaba pan tostado sin sabor, de que llevaba exactamente un año y seis meses haciendo lo mismo todos los días. Misma temperatura. Mismo café. Misma camisa los lunes. Misma ventana. Y que si alguien me hubiera preguntado si era feliz, le habría respondido que las cosas estaban bien.

Las cosas estaban bien.

Eso era todo lo que quedaba.


El trabajo nuevo resultó ser el trabajo viejo con diferente logo en la puerta.

Lo había elegido porque estaba en otra ciudad, porque cambiar de ciudad parecía un gesto suficientemente grande para contar como cambio. Me había dicho: nueva ciudad, nuevo yo, esas frases que uno se dice cuando no tiene el vocabulario para nombrar lo que realmente está pasando.

Lo que realmente estaba pasando era que llevaba cuatro años sintiéndome como alguien que ensaya una obra sin saber que ya lleva años en escena. Como si el yo real estuviera esperando en algún lugar que el yo que actuaba terminara de actuar para poder entrar, y el yo que actuaba llevara tanto tiempo haciéndolo que había olvidado que había un yo real esperando.

Pero eso no lo entendía todavía. Todavía lo llamaba “período de adaptación”. Todavía creía que el problema era el contexto y no la arquitectura.


El Centro de Procesamiento Biológico quedaba a veinte minutos de mi apartamento.

No lo llamábamos así entre nosotros. Lo llamábamos “el Centro”, a secas, como se llama a un lugar cuando su nombre completo pesa demasiado para usarlo todos los días. Los de administración usaban el nombre completo en los documentos oficiales. Nosotros decíamos “el Centro” y eso era suficiente.

Entré por recomendación de alguien que conocía a alguien. El trabajo era sencillo: gestión de inventario, coordinación de turnos, supervisión de protocolos de recepción. El sueldo era considerablemente mejor que el trabajo anterior. Firmé el contrato sin leer el anexo B.

El primer día, Marcos del turno de la mañana me mostró el sistema de clasificación.

—Las unidades portadoras se registran aquí —dijo, señalando la pantalla— por tipo, por compatibilidad, por estado de viabilidad. Verde es óptimo. Amarillo es procesamiento prioritario. Rojo ya no sirve, se cierra el registro.

—¿Y los nombres? —pregunté.

Marcos me miró un momento, no con extrañeza, sino con la paciencia específica de quien ya tuvo esa misma pregunta hace tiempo y encontró la forma de dejar de hacérsela.

—Los nombres están en el sistema de admisión —dijo—. Aquí trabajamos con el número de lote.

Asentí. Anoté el procedimiento en mi libreta con la misma letra ordenada con que anotaba todo.

Esa noche, en el apartamento, no pensé en ello.

Las cosas estaban bien.


El tercer mes me dieron acceso a la planta baja.

No lo pedí. Fue rotación estándar. Marcos lo anotó en el calendario de turnos con la misma naturalidad con que anotaba las vacaciones y los cumpleaños del equipo. Jueves 14, turno de inventario en planta, sector B-2.

El ascensor bajaba dos niveles. La temperatura cambiaba en el tránsito: de los 22 grados de las oficinas a los 18 constantes de la planta baja. Marcos me explicó que la temperatura era crítica para la viabilidad de las unidades. Anoté: 18°C ± 0.5. Fuera de rango: reportar a mantenimiento inmediatamente.

Las puertas se abrieron.

Lo primero fue la luz. Azul quirúrgico, sin sombras. El tipo de luz que no deja rincones donde algo pueda esconderse, diseñada para que todo sea visible y nada sea ambiguo. Lo segundo fue el sonido: un zumbido bajo y constante de sistemas de soporte vital. No se oía nada más. No había razón para que se oyera nada más.

Los tanques estaban dispuestos en filas de doce. Cilindros verticales de un material translúcido, cada uno conectado por la base a un sistema de circulación de nutrientes y por la parte superior a un monitor de signos vitales que mostraba curvas verdes, estables, idénticas.

Adentro de los tanques había cuerpos.

Antropomorfos. Completos. Tenían pelaje — corto, denso, del color que correspondiera a la especie del lote. Tenían garras. Tenían hocicos. Tenían párpados cerrados sobre ojos que el protocolo clasificaba como funcionales pero no activos. Flotaban en el fluido de crecimiento con la postura fetal de las cosas que nunca decidieron curvarse así, que simplemente encontraron esa forma porque era la que cabía en el espacio disponible.

Eran biológicamente completos. Funciones metabólicas activas. Sistema nervioso operativo. Actividad cardíaca rítmica y autónoma.

Y estaban, según el protocolo de certificación CPB-0017, formalmente desprovistos de consciencia. La certificación se realizaba una vez, al inicio del ciclo de crecimiento, cuando las células madre se diferenciaban y el sistema nervioso central se formaba bajo las condiciones controladas que garantizaban — según la documentación — que la actividad neuronal resultante era estrictamente autonómica. Reflejo sin reflector. Proceso sin procesador.

Marcos me señaló el panel de cada tanque.

—Lote, especie, estado, fecha de inicio de ciclo, fecha estimada de maduración. Verificas el estado contra la lectura del monitor. Si coinciden, marcas conforme. Si no coinciden, reportas a supervisión.

Verifiqué el primer tanque. Lote 4471-V. Especie: vulpino. Estado: verde. Monitor: curvas estables. Marqué conforme.

Verifiqué el segundo. Lote 4472-V. Especie: vulpino. Estado: verde. Monitor: estable. Conforme.

Verifiqué los treinta y seis tanques del sector B-2 en cuarenta y siete minutos. Todos conformes. Anoté los números en la libreta con la misma letra ordenada de siempre.

En el ascensor de vuelta, Marcos me preguntó qué me había parecido.

—Ordenado —dije.

—Es lo que es —dijo Marcos.

La temperatura volvió a 22 grados. Me senté en mi estación. Abrí los reportes del día. Trabajé hasta las seis.

Esa noche cociné pasta. Me olvidé de ponerle sal. La comí igual.


El quinto mes encontré un email que no me correspondía.

No era un error de seguridad grave — solo una lista de distribución mal configurada que incluía mi dirección en una cadena de comunicaciones del departamento de logística comercial. El tipo de error que se corrige con un ticket a soporte técnico y una disculpa de una línea.

Lo leí antes de corregirlo.

De: logistica.comercial@centro-pb.corp
Para: [lista de distribución — 14 destinatarios]
Asunto: Re: Pedido #8891 — Universidad del Este

Confirmamos recepción del pedido #8891.
Especificaciones:
  - 6 unidades hepáticas, fenotipo vulpino,
    compatibilidad estándar
  - Destinatario: Departamento de Investigación
    en Regeneración Tisular,
    Universidad del Este
  - Protocolo de extracción: CPB-EXT-003
  - Fecha de entrega estimada: [fecha]
  - Estado: en procesamiento

Favor confirmar dirección de envío actualizada.

Debajo, otro mensaje en la cadena:

De: cuentas.premium@centro-pb.corp
Para: logistica.comercial@centro-pb.corp
Asunto: Re: Re: Pedido #9002 — Clínica Althea (Priv.)

Pedido #9002 confirmado.
  - 2 unidades cardíacas, especificación premium
  - Sin marcadores de estrés pre-extracción
    (cliente enfatiza este punto)
  - Destinatario: Clínica Althea, Departamento
    de Trasplantes
  - Nota del cliente: "Necesitamos garantía de que
    el tejido no presenta degradación por
    cortisol residual. Experiencias previas
    con otro proveedor fueron insatisfactorias."

Se sugiere extraer de lotes en estado verde estable
mínimo 72 horas. Confirmar disponibilidad.

La palabra premium estaba en el asunto del segundo correo.

La leí. La volví a leer. Cerré el email. Envié el ticket a soporte técnico reportando la lista de distribución mal configurada. Recibí la disculpa de una línea.

Esa noche me bañé a 38 grados. No cociné. Cené pan.

En la libreta, debajo de los números del inventario, escribí una pregunta que no le hice a nadie: “La especificación premium se refiere al proceso de extracción o a la unidad portadora.”

No busqué la respuesta.


El séptimo mes pregunté algo en la reunión de equipo.

No estaba planeado. Marcos estaba repasando los números de productividad del trimestre — porcentaje de unidades que alcanzaron maduración en los plazos estimados, porcentaje de lotes que requirieron descarte por falla en el desarrollo, tasa de conformidad en los controles de planta. Los números eran buenos. Marcos estaba satisfecho del modo específico en que se está satisfecho cuando los números son buenos y los números son todo lo que hay.

Levanté la mano como se levanta la mano cuando uno todavía cree que levantar la mano sirve para algo.

—El protocolo de certificación de no-consciencia —dije—. ¿Cada cuánto se ejecuta?

Marcos me miró. No con la paciencia del primer día. Con algo que se parecía más al cansancio de quien reconoce una conversación que ya tuvo consigo mismo hace tiempo.

—Al inicio del ciclo de crecimiento —dijo—. Es parte del protocolo CPB-0017. Está en el manual.

—¿Y durante el ciclo?

—No hay recertificación programada.

—¿Y si algo cambia durante el ciclo?

Silencio. No largo. El tipo de silencio que cabe en el espacio entre una pregunta y la decisión de cómo responderla.

—El protocolo actual cubre la viabilidad completa de las unidades —dijo Marcos—. Es suficiente.

No especificó para quién.

Anoté en la libreta: “Protocolo CPB-0017. Certificación única. Sin recertificación. Pregunté. Respuesta: es suficiente.”

Debajo, con letra más pequeña: "¿Suficiente para qué?"

Seguí trabajando.


Viscus llegó al turno de noche seis semanas después de que yo empezara.

No era su nombre. Era su número de empleado: V-15-CUS, que todos abreviaban en Viscus con la naturalidad con que se abrevian las cosas que se usan mucho. Nunca supe su nombre real. Nunca se lo pregunté, y él nunca lo ofreció, y eso era completamente normal en el Centro porque en el Centro los nombres eran detalles de administración que no afectaban el flujo de trabajo.

Era un tipo silencioso. Llevaba siete años en el turno de noche. Una noche lo encontré en la sala de pausas, tomando café instantáneo mirando la pared.

—¿Cuánto llevas aquí? —le pregunté.

—Siete años —dijo.

—¿Y antes?

Pensó un momento, genuinamente, como si la pregunta requiriera búsqueda.

—Otro lugar parecido —dijo finalmente.

Asentí. Él tomó su café. Yo tomé el mío. Ninguno de los dos dijo nada más.

Lo que no le pregunté — lo que no le pude preguntar porque todavía no tenía palabras para ello — era si hubo un momento donde supo lo que estaba haciendo. Si hubo un instante de claridad donde el nombre completo del Centro y lo que significaba se presentó sin eufemismos. O si siempre fue gradual. Si la niebla llegó despacio, tan despacio que nunca hubo un momento donde pudiera señalarse y decir: aquí fue. Aquí fue donde aprendí a no mirar.

No se lo pregunté. Me tomé el café. Volví a mi estación.


Una noche encontré a Viscus donde no debía estar.

Eran las tres de la mañana, que en el turno de noche era la hora donde el Centro se convertía en lo que realmente era: un zumbido mecánico sin la capa de conversaciones y teléfonos y reuniones que durante el día lo disfrazaban de oficina. De noche el Centro era solo los sistemas de soporte haciendo lo que los sistemas de soporte hacen.

Bajé a la planta baja por un control de rutina. El ascensor se abrió a los 18 grados de siempre. La luz azul de siempre. El zumbido de siempre.

Viscus estaba en el sector B-4. De pie frente a un tanque.

No estaba verificando. No tenía la tablet de control. No estaba anotando. Estaba parado, con el café instantáneo en la mano, mirando el tanque con la quietud específica de alguien que lleva ahí más tiempo del que piensa.

El tanque era una unidad en estado amarillo. Llevaba tres días en amarillo, lo cual era atípico — el protocolo indicaba que las unidades en amarillo debían transicionar a verde o a rojo dentro de las primeras cuarenta y ocho horas. Tres días en amarillo era una anomalía menor, el tipo de cosa que generaba una nota en el log de supervisión y que alguien revisaba en el turno de mañana.

Me acerqué.

—¿Todo bien?

Viscus no se sobresaltó. Giró la cabeza con la lentitud de quien ya sabía que había alguien más en la sala.

—A veces me quedo a ver si cambian de color solos —dijo.

Lo miré. Miré el tanque. Adentro, la unidad portadora flotaba con los ojos cerrados en la postura de siempre. El monitor mostraba curvas amarillas, ni estables ni inestables. Intermedias. El tipo de lectura que los manuales describen como estado de transición y que no requiere intervención hasta que se define hacia un lado o el otro.

—¿Y cambian? —pregunté.

Viscus tomó un sorbo de café.

—A veces —dijo—. No en la dirección que uno espera.

No pregunté qué significaba eso. Viscus volvió a mirar el tanque. Yo me quedé un momento, lo suficiente como para que el silencio se convirtiera en otra cosa que no era silencio exactamente, y luego subí y terminé el control de rutina desde la estación.

En la libreta no anoté nada.

Había cosas que no cabían en la libreta.


Viscus tenía un cuaderno.

No era digital. Era un cuaderno de papel, de los que ya casi nadie usaba. Lo guardaba en el bolsillo interior de la chaqueta del uniforme. Lo vi una noche en la sala de pausas, abierto sobre la mesa mientras Viscus preparaba café. Las páginas tenían números escritos en columnas.

Solo números. Sin etiquetas. Sin contexto. Columnas de números separados por líneas horizontales trazadas con regla.

—¿Qué es? —pregunté.

Viscus miró el cuaderno como si hubiera olvidado que estaba ahí.

—Es un conteo —dijo.

—¿De qué?

Cerró el cuaderno. Se lo guardó en el bolsillo. Tomó el café.

—Todavía no lo decido —dijo.

Nos quedamos en la sala de pausas sin hablar durante diez minutos. El zumbido de los sistemas de soporte subía por las paredes como un pulso.

Una semana después, de madrugada, Viscus dijo algo que no venía de ninguna conversación previa. Estábamos cada uno en su estación, separados por tres metros de escritorio, y él dijo al aire, sin levantar la vista del monitor:

—El turno de noche es mejor.

—¿Por qué? —pregunté.

—De noche las unidades no reciben luz artificial de espectro completo. Solo la de mantenimiento. Sin estímulo lumínico los párpados no se mueven.

Esperé. No llegó más.

—¿Y de día? —pregunté.

Viscus no respondió. Siguió mirando el monitor. Yo seguí mirando el mío. El zumbido seguía siendo el mismo zumbido.

En la libreta, esa noche, escribí: “Los párpados se mueven. De día. Con estímulo lumínico. El protocolo dice que la actividad es reflejo autonómico. No dice nada de los párpados.”

Y debajo: “No voy a preguntar más.”

Y debajo de eso: “No es por falta de preguntas.”


El mes cuarto empecé a usar el vocabulario del Centro sin pensar.

No fue una decisión. Un jueves, en una llamada con administración, escuché mi propia voz decir: “Tenemos tres unidades en estado amarillo que requieren procesamiento prioritario antes del cierre del turno.”

Y seguí hablando. Anoté lo que me respondieron. Cerré la llamada.

Pasaron cuatro segundos.

Cinco.

Y luego algo se movió en algún lugar que no tenía nombre todavía, algo que no era exactamente horror pero que tampoco era nada parecido a las cosas que uno siente cuando todo está bien, y pensé: hay algo que debería estar sintiendo ahora mismo, y no lo estoy sintiendo, y eso es más perturbador que cualquier cosa que pudiera estar sintiendo.

Seguí trabajando.

Era lo único que sabía hacer.


MOVIMIENTO I.5: Lo que el termostato recuerda#

(Ocho meses en el Centro. El mismo apartamento. El mismo edificio enfrente.)

El post-it estaba pegado a una mandarina.

La mandarina estaba sobre mi casillero cuando abrí el turno el lunes. Letra redonda, tinta azul, papel amarillo: “Oye, ya estás muy mal, come algo decente hoy.”

No tenía firma. Pero la letra era la misma que aparecía en las notas del tablón de anuncios de la sala de pausas, las que decían cosas como “Si usas la última bolsa de café, repone o al menos ten la decencia de dejar una nota de disculpa” y “No dejen la leche fuera del refrigerador, no somos animales (bueno, sí, pero no de ese tipo)”. Renata. Turno de tarde. Serval.

La conocía de vista. Orejas desproporcionadamente grandes que se movían por su cuenta, cada una apuntando en una dirección distinta, como si escucharan dos conversaciones diferentes al mismo tiempo. Pelaje dorado con manchas oscuras. Energía en el cuerpo que no correspondía a alguien que trabajaba en el Centro desde hacía — según los registros — tres años.

Tres años en el Centro y todavía dejaba mandarinas con notas en los casilleros de gente que comía mal. O ese era su mecanismo de supervivencia o no tenía uno, lo cual sería más interesante y más preocupante.

Me comí la mandarina. Era buena.


Un martes me dejó una nota que decía solo: "¿Cuándo fue la última vez que saliste por algo que no fuera trabajar?"

Pensé en la respuesta. No la encontré. Seguí pensando. Revisé en la memoria los últimos meses buscando una instancia que calificara.

No encontré ninguna.

Esa tarde, cuando salí del Centro, caminé dos cuadras en una dirección que no era la del apartamento. Llegué a una plaza pequeña con un árbol viejo y dos bancas de madera. Me senté en una. Una paloma aterrizó cerca de mis pies, me miró con esa indiferencia específica de las palomas, y se fue.

Me quedé veinte minutos. No hice nada.

La segunda vez que fui a la plaza, tres días después, Renata estaba en la otra banca.

No dijo nada. No me miró directamente. Estaba sentada con un libro que no parecía estar leyendo, las orejas apuntando en direcciones distintas — una hacia los pájaros, la otra hacia algo que yo no podía identificar. El tipo de presencia que no pide nada y precisamente por eso es difícil de ignorar.

Me senté en mi banca. Ella en la suya. Veinte minutos. Sin hablarnos.

La tercera vez, ella llegó después que yo. Se sentó. Pasaron cinco minutos.

—La mandarina —dije.

—¿Qué pasa con la mandarina?

—Estaba buena.

—Lo sé. Las elijo bien.

Silencio. Pero un silencio diferente al del Centro. Un silencio que no estaba llenando el espacio donde debería haber zumbido mecánico.

—¿Por qué el casillero? —pregunté.

—Porque tienes cara de no comer fruta desde que la fruta era un concepto nuevo.

—Eso no es una razón.

—Es la que hay.

Una de sus orejas giró hacia mí. La otra seguía en los pájaros. Decidí que eso era la cosa más extraña que había visto en semanas, lo cual, considerando que trabajaba en el Centro, decía bastante sobre mi marco de referencia.


No fue rápido. No fue dramático. Fue lo que pasa cuando dos personas que trabajan en el mismo edificio empiezan a coincidir en la misma plaza con la regularidad suficiente como para que la coincidencia deje de serlo sin que ninguno de los dos señale el momento exacto donde dejó de serlo.

La primera vez que la invité a tomar algo después del trabajo, no usé la palabra invitar. Dije: “Voy a ese lugar que está a tres cuadras del Centro, el que tiene la terraza fea. Si estás ahí, estás ahí.”

Estaba ahí.

Hablamos de cosas que no importaban: del café malo de la sala de pausas, de un programa de televisión que ella seguía con un nivel de compromiso emocional que me parecía desproporcionado, de los gatos del callejón detrás del Centro que ella alimentaba todos los días antes del turno.

—No tienen nombre —me dijo—. Bueno, yo les puse nombre, pero ellos no lo saben. Se acercan cuando escuchan la lata. Comen. Se van. No me deben nada. No les debo nada. Solo estamos ahí al mismo tiempo, en el mismo lugar, durante el tiempo que dura la comida. Es el acuerdo más honesto que tengo con alguien.

—Eso es deprimente —dije.

—Es lo contrario —dijo—. Es el único acuerdo donde nadie pretende que es otra cosa.

Una oreja giró hacia el mesero que se acercaba. La otra se quedó en mí. Pedimos dos cervezas sin ponernos de acuerdo en la marca, lo cual resultó en una discusión de cuatro minutos sobre si la cerveza negra era objetivamente mejor que la rubia, una discusión que ella ganó con el argumento de que “la cerveza negra sabe a que alguien se tomó el tiempo”, lo cual no era un argumento real pero lo dijo con suficiente convicción como para que yo dejara de discutir.

Esa noche caminé al apartamento y noté que no había pensado en el Centro en dos horas.

No anoté eso en la libreta. No hacía falta.


Renata tenía un modo de estar en el mundo que yo no reconocía.

No era optimismo. El optimismo es una postura que se anuncia. Lo de Renata era más sutil y más irritante: una capacidad de estar exactamente donde estaba sin necesitar que el lugar fuera distinto. Podía estar en la sala de pausas del Centro, rodeada del zumbido de los sistemas de soporte, y reírse de algo que alguien dijo como si la sala de pausas fuera un lugar donde reírse fuera una opción razonable.

Yo no entendía eso.

—¿Cómo haces? —le pregunté una noche en la terraza fea.

—¿Cómo hago qué?

—Trabajas en el mismo lugar que yo. Ves lo mismo que yo. Y estás… así.

—¿Así cómo?

—Funcional. Genuinamente funcional. No del modo en que yo funciono, que es el modo en que una máquina funciona.

Renata se quedó un momento con la cerveza en la mano. Una oreja bajó — era la primera vez que veía una de sus orejas bajar.

—Yo no veo lo mismo que tú —dijo—. No porque vea menos. Porque elijo lo que miro con más cuidado. Si miro todo al mismo tiempo, todo el tiempo, me apago igual que tú. Así que elijo. Esta cerveza. Esta mesa. Esta conversación. Ahora. Y el resto lo dejo para cuando pueda mirarlo sin que me rompa.

—¿Y si nunca puedes?

—Entonces nunca lo miro y no pasa nada, porque hay suficientes cosas que sí puedo mirar para llenar una vida. No tienes que mirarlo todo para estar vivo. Solo tienes que mirar algo.

Una oreja subió de nuevo. La otra nunca había bajado.

No supe qué responder. Así que me tomé la cerveza. Era negra. Sabía a que alguien se tomó el tiempo.


La primera vez que se quedó en el apartamento no fue planeado.

Habíamos salido del Centro después de un turno largo, ella del de tarde y yo del de noche, que se cruzaban por una hora y esa hora era la que habíamos convertido en nuestra sin decirlo. Llovía. El tipo de lluvia que no justifica un paraguas pero que justifica no querer caminar veinte cuadras hasta su departamento. Dije: “Puedes esperar a que pare.”

No paró.

Se quedó dormida en el sofá mientras yo preparaba algo que pretendía ser una cena y que terminó siendo arroz con lo que había en la nevera. Me senté en la silla de enfrente a comer solo, mirando la televisión sin volumen, y en algún momento levanté la vista y vi las orejas de Renata moviéndose mientras dormía. Independientes. Escuchando cosas incluso dormida.

No desperté. No me fui a la cama. Me quedé en la silla hasta que amaneció, escuchando la lluvia y mirando las orejas de alguien que estaba cómoda en un sofá que nunca había sido cómodo para nadie.

La mañana siguiente ella encontró el arroz frío en la cocina y dijo:

—Le falta sal.

—Lo sé.

—¿Y por qué no le pones?

No tuve respuesta para eso. Ella abrió un gabinete que no era el correcto, luego otro, encontró la sal, le puso sal al arroz, lo calentó y me lo puso enfrente.

—Come —dijo.

Comí. Tenía sal. Era mejor con sal. Lo cual era un dato obvio que llevaba meses ignorando con la disciplina específica de alguien que ha decidido que las cosas están bien así como están.


Vivimos juntos sin la declaración formal de vivir juntos.

Fue gradual. Primero una noche por semana. Luego dos. Luego ella trajo un cepillo de dientes que dejó en el baño con la naturalidad de quien pone una silla en un cuarto. Luego unas mudas de ropa. Luego la cafetera que “la mía es mejor que la tuya, es un hecho objetivo y no voy a discutirlo”.

Su cafetera era mejor. No lo discutí.

Lo que vino después no fue un romance como los que salen en las películas. Fue una convivencia de dos personas dañadas que habían encontrado en la otra una razón para no cenar pan solo, que es menos heroico y más útil.


Renata tenía defectos que me sacaban de quicio.

Dejaba los platos en el fregadero “en remojo” y los platos seguían en remojo dos días después. Ponía música a volumen alto mientras cocinaba, y su gusto musical era un desastre ecléctico que iba de jazz a algo que ella llamaba “post-punk experimental” y que sonaba como si alguien hubiera tirado una caja de herramientas por las escaleras. Tenía la costumbre de empezar tres libros al mismo tiempo y no terminar ninguno, y los dejaba abiertos boca abajo en cualquier superficie horizontal como pequeños campamentos de papel.

Un viernes discutimos por los platos.

No fue una discusión importante. Fue el tipo de discusión que tienen dos personas que viven juntas y que están cansadas y que proyectan en un plato con restos de salsa lo que realmente les pasa, que no tiene nada que ver con los platos. Yo dije algo sobre responsabilidad. Ella dijo algo sobre rigidez. Yo dije que no era rigidez, era orden. Ella dijo que mi orden era una trinchera.

—Tu apartamento estaba organizado como un búnker cuando llegué —dijo—. Todo en su lugar, nada fuera de sitio, ni una taza sucia, ni un libro abierto. ¿Sabes cómo se llama eso? Se llama que no vivía nadie aquí.

Me callé. No porque no tuviera respuesta. Porque la respuesta era que tenía razón y decirlo en voz alta requería más de lo que tenía en ese momento.

Esa noche dormimos en lados opuestos de la cama. A las tres de la mañana su mano encontró la mía en el territorio neutral del centro del colchón. Ninguno de los dos dijo nada.

Los platos seguían en el fregadero a la mañana siguiente. Los lavé yo. Sin resentimiento. Solo los lavé.


Hubo una noche donde llegué del Centro después de un turno donde procesamos más unidades de las que el sistema estaba diseñado para procesar en un solo ciclo. Sobrecarga de pedidos. Final de trimestre. Marcos había llamado por teléfono para coordinar la extensión del turno con voz de quien coordina extensiones de turno, no con voz de quien piensa en lo que las extensiones de turno significan.

Entré al apartamento. Olía a algo que se estaba cocinando. Renata estaba en la cocina, las orejas apuntando hacia el sartén y hacia la puerta simultáneamente. Me miró. No preguntó cómo fue. No dijo nada.

Puso música.

No la música ruidosa que ponía normalmente. Algo lento. Algo que ocupaba el espacio sin llenarlo del todo, dejando lugar para respirar.

Me senté en la silla de la cocina. Ella cocinó. Comimos. Hablamos de los gatos del callejón — uno nuevo había aparecido, un gato gris con un ojo cerrado que ella llamaba Parche aunque el gato no lo sabía. Hablamos de si el programa de televisión que ella seguía iba a tener otra temporada. Hablamos de nada.

Y en algún punto, entre el segundo plato y el café, mi cuerpo dejó de estar rígido de una manera que no había notado que estaba rígido hasta que dejó de estarlo.

Esa noche en la libreta escribí: “Hoy Renata me dijo que sonreí. No recuerdo haberlo hecho. Ella dice que fue por algo que dijo sobre Parche, el gato que le siseó por primera vez y ella lo interpretó como progreso relacional. No recuerdo el chiste. Recuerdo que sonreí.”


Los meses pasaron del modo en que pasan los meses cuando algo funciona: sin que uno los cuente.

Renata cambió la temperatura del termostato sin preguntar. Un día me bañé y el agua estaba diferente. No más caliente ni más fría de manera dramática. Solo diferente. Ajustada.

—¿Tocaste el termostato? —pregunté.

—Estaba a 38. Es demasiado.

—Lleva así desde que me mudé.

—Por eso lo cambié.

No pregunté a cuánto. No me importaba a cuánto. Me importaba que alguien hubiera tomado la decisión que yo no podía tomar, no porque me faltara la capacidad sino porque tomar esa decisión significaba admitir que la configuración anterior estaba mal, y admitir que estaba mal significaba admitir que algo necesitaba cambiar, y admitir que algo necesitaba cambiar era más de lo que podía administrar cuando la administración de lo existente ya consumía todo lo que tenía.

Renata no pidió permiso para cambiar el termostato. No necesitó pedirlo. Lo cambió y la temperatura fue otra y el mundo siguió y yo me bañé a la temperatura nueva y era mejor, y eso fue todo.


Un domingo me sacó del apartamento a un mercado callejero que quedaba a quince minutos caminando. No lo pidió. Dijo: “Vamos”, y yo fui porque decir que no a Renata requería más energía que decir que sí, y esa era una de las cosas que no sabía si me irritaba o me salvaba.

Compramos verduras que ella eligió y que yo cargué. Me enseñó a oler un tomate para saber si estaba bueno. La técnica era: olerlo. Si huele a tomate, está bueno. Si no huele a nada, no es un tomate, es un objeto rojo con forma de tomate. Lo dijo así, con la seriedad de quien imparte conocimiento esencial. Una oreja apuntaba al vendedor. La otra apuntaba a un gato callejero que se había acercado al puesto.

Caminamos de vuelta. En el camino pasamos por la plaza del árbol viejo.

—Es lindo ese árbol —dijo.

Lo miré. Lo había mirado cientos de veces sin verlo. Era un árbol. Grande, viejo, torcido.

—Supongo —dije.

—No supones. Es lindo. Míralo.

Lo miré. Tenía ramas que iban en direcciones que no tenían sentido desde ninguna lógica de crecimiento eficiente. Se había torcido hacia la luz de manera desordenada, siguiendo una ruta que solo él entendía, y el resultado era una forma que no era simétrica ni elegante pero que era innegablemente suya.

—Nadie le dijo cómo crecer —dijo Renata—. Creció igual.

No respondí. Algo se movió en el mismo lugar sin nombre donde se había movido aquella vez en la llamada con administración, pero esta vez no era lo que debería estar sintiendo y no estaba sintiendo. Era otra cosa. Algo que no reconocí y que por no reconocerlo dejé pasar, como se deja pasar una palabra en otro idioma sabiendo que probablemente era importante.


Hubo días malos.

No del tipo cinematográfico. Del tipo real. Días donde yo me cerraba y Renata no podía encontrar la puerta, porque la puerta no existía, porque yo la había emparedado desde adentro sin darme cuenta. Días donde ella necesitaba que yo estuviera presente y yo estaba en el mismo cuarto pero a mil kilómetros de distancia, perdido en el zumbido del Centro que se me había metido en la cabeza y no salía.

Días donde ella se enojaba.

—No puedo pelear contra algo que no puedo ver —me dijo una noche—. Si estás mal, dime que estás mal. Si necesitas espacio, dime que necesitas espacio. Pero no te sientes ahí mirando la pared y me digas que todo está bien cuando todo no está bien, porque yo tengo orejas y escucho la diferencia.

—¿Qué escuchas?

—Escucho que tu respiración cambia cuando dices “estoy bien”. Se hace más corta. Como si estuvieras aguantando algo. Escucho eso todos los días desde hace meses y cada vez que lo escucho quiero arrancarte las palabras de la boca y reemplazarlas por las que de verdad necesitas decir, pero no puedo, porque no sé cuáles son, porque tú no me las dices.

No supe qué decir. No porque no tuviera palabras. Porque las palabras que tenía eran las del Centro — procesamiento, unidades, estado de viabilidad — y esas palabras no servían para lo que ella me estaba pidiendo.

Esa noche dormí en el sofá. No porque ella me echara. Porque el sofá era el único lugar donde podía estar mal sin sentir que mi estar mal le hacía daño.

A las cuatro de la mañana la escuché levantarse. Se sentó en el suelo al lado del sofá. Apoyó la cabeza contra el borde, cerca de la mía. No dijo nada. Se quedó ahí hasta que amaneció.

Cuando la luz entró por la ventana, dije:

—No estoy bien.

—Lo sé —dijo—. Gracias por decirlo.

No resolvió nada. Pero algo se movió. Algo muy pequeño, del tamaño de una temperatura que cambia dos grados.


Renata duró cuatro años.

No la relación. Renata. Duró cuatro años desde el día de la mandarina en el casillero hasta el día en que no duró más.

No fue el Centro lo que se la llevó. Fue algo más ordinario y más injusto: su cuerpo decidió que cuatro años más era todo lo que tenía para ofrecer, y lo ofreció, y no negoció, y no pidió prórroga.

No voy a escribir sobre cómo fue. No porque duela — duele, pero esa no es la razón. No lo voy a escribir porque la forma en que alguien se va es la parte menos importante de una persona. La parte importante es la otra: la forma en que estaba cuando estaba.

Lo que voy a escribir es esto:

El día después, lavé los platos que estaban en el fregadero. Los de ella. Los que llevaban en remojo desde el jueves.

Y después me bañé. Y el agua estaba a la temperatura que ella había puesto. Y por primera vez en cuatro años la cambié.

La puse a 38.


La cafetera siguió en la cocina tres semanas más. Después la guardé en un gabinete. Después moví las cosas del gabinete a otro lugar para que la cafetera cupiera mejor. Después cerré el gabinete y no lo abrí más.

Los libros abiertos boca abajo fueron cerrándose solos con el tiempo. La gravedad o el peso de las páginas o lo que sea que hace que las cosas abiertas se cierren cuando nadie las sostiene. Los apilé en un estante. No los leí.

El gato Parche dejó de aparecer en el callejón. Después dejé de ir al callejón.

Lo que quedó fue lo que siempre queda cuando alguien se va de un espacio que no fue diseñado para una sola persona: las marcas que dejó en los lugares que tocó. Un gancho en la pared del baño donde colgaba su toalla. Una mancha de café en la mesa que no salió con nada. El termostato que ahora estaba a 38 grados de nuevo, porque yo lo había devuelto a la configuración original, que era la configuración de antes de que alguien decidiera que la configuración original estaba mal.

En la libreta, la última entrada sobre Renata era esta:

“Renata no vino hoy. No va a venir.”

Nada más. Seis palabras. Después de eso la libreta tenía tres páginas en blanco y luego los números del inventario del Centro, con la misma letra ordenada de siempre, continuando donde habían quedado como si nada hubiera pasado entre una columna de números y la siguiente.


MOVIMIENTO II: Fade to Black#

(Cuatro meses después. El mismo apartamento. El termostato a 38 grados.)

El problema con apagarse lentamente es que uno no lo nota.

No hay un momento dramático. Hay, en cambio, una acumulación de pequeños retiros. Una energía que se aplaza para mañana y mañana nunca llega bien. Una conversación que se acorta porque completarla requiere más de lo que queda. Un espejo que se deja de mirar no por coquetería sino porque el ejercicio de reconocerse ya no produce nada.

Primero dejé de leer. Después dejé de cocinar. Después dejé de llamar a las personas que conocía. Lo racional de este proceso era lo más perturbador. No era colapso. Era gestión. Estaba optimizando. Reduciendo el consumo a lo esencial, conservando energía para las funciones críticas: ir al Centro, hacer el trabajo, volver al apartamento, dormir, repetir.

Seguía funcionando. Eso era lo más aterrador: que seguía funcionando.

Lo que no escribí en la libreta — lo que no podía escribir porque escribirlo requería una honestidad que no tenía — era que ya sabía cómo era vivir de otro modo. Esa era la diferencia con los años anteriores a Renata, cuando el apagado era gradual y uniforme y podía confundirse con normalidad porque no había punto de comparación. Ahora había punto de comparación. Ahora sabía que el arroz podía tener sal, que la temperatura del agua podía cambiar, que alguien podía sentarse en el suelo al lado de un sofá a las cuatro de la mañana sin decir nada y que eso podía ser suficiente.

Sabía todo eso. Y me estaba apagando de todas formas.

Eso era peor. Infinitamente peor. Porque no era ignorancia. Era rendición informada.


El último registro del diario era una entrada sin fecha.

Dust lo leyó desde la terminal, con los dedos — mitad hueso, mitad pelaje — quietos sobre el teclado oxidado, sin presionar nada.

La entrada decía:

Hoy en el Centro procesamos diecisiete unidades en turno completo. El número cuadró con la proyección mensual. Viscus me enseñó un atajo en el sistema de clasificación que ahorra cuarenta segundos por registro. Lo anoté en la libreta.

En el camino de vuelta compré pan. Me olvidé de comprar otra cosa. Cené pan.

Hay un documento en borradores que nunca envié. Dice: “¿Dónde estabas cuando te fuiste?” y debajo dice “¿Dónde estaba yo?” y debajo de eso, que agregué hoy, dice: “¿Dónde estaba Dios cuando te fuiste?” Pero esa pregunta no tiene destinatario porque no creo en Dios y la persona a quien podría habérsela hecho ya no está, y de todas formas nunca se la hubiera enviado porque nunca envío las cosas que importan, solo las que no importan, y ese patrón es tan consistente que ya no sé si es cobardía o si simplemente soy el tipo de entidad que guarda lo importante y entrega lo prescindible y lleva tanto tiempo haciéndolo que ya no puede distinguir cuál es cuál.

El termostato está a 36 grados. No sé desde cuándo.

Las cosas están bien.

Las cosas están bien.

Las cosas están b


La entrada terminaba ahí. A mitad de palabra.

Dust cerró el archivo.

No lo borró esta vez. Porque entendió algo que el zorro que escribió esas palabras nunca supo: que el archivo incompleto era más honesto que cualquier conclusión que pudiera habérsele agregado. Que la frase que no termina es la única que dice la verdad sobre cómo se apagan los sistemas que no saben apagarse.

No de golpe.

Solo: una palabra, y luego la mitad de la siguiente, y luego el cursor parpadeando en el lugar donde debería haber más.


Dust se detuvo en un detalle.

El termostato. La última entrada decía 36 grados. Cuatro meses después de Renata, cuando se suponía que había vuelto a 38.

Dust volvió atrás en el diario. Lo verificó. La entrada post-Renata decía 38. La entrada final decía 36. En el intervalo entre las dos no había ninguna mención del termostato. Ningún registro de cuándo cambió. Ninguna entrada que dijera “hoy bajé el agua a 36” o “el termostato está diferente”.

Simplemente estaba a 36 de nuevo.

Como si en algún punto, sin registro, sin decisión consciente, sin entrada en la libreta, algo en el zorro que se apagaba hubiera cambiado la temperatura de vuelta a la que Renata había encontrado correcta. No como homenaje. No como gesto. Como la memoria muscular de un cuerpo que aprendió algo que la mente ya había decidido olvidar.

Dust archivó la inconsistencia.

No la resolvió.

El cursor seguía parpadeando.

En el Valle de la Sombra, afuera del taller, el río de decisiones no tomadas fluía con su lentitud habitual.

Dust apoyó los codos en la mesa, el cráneo entre las manos con las garras desgastadas por teclear usandolas, mirando la pantalla apagada.

La pregunta que quedó en el aire no era dónde estaba Dios cuando se fue. Era más simple y más imposible:

¿Hay diferencia entre apagarse lentamente y nunca haber estado completamente encendido?

El cráneo sonrió.

Porque eso es lo que hacen los cráneos.

Pero las manos con las garras se quedaron un momento más sobre el teclado, en la posición exacta de alguien que va a escribir algo. Y no escribió nada.

Y eso también era un dato.


commit 28b4055

Date: 2024-03-11T03:00:00-03:00

feat: expandir diario del zorro — centro, renata, fade to black