🎵 Rosetta Stoned — Tool

de 10,000 Days

    
[tu ascii aquí]

(Presente. Valle de la Sombra. Taller de Dust115. Hora del servidor: indeterminada. Relevancia de la hora: ninguna.)

El café estaba malo.

No de manera interesante. De la manera ordinaria de algo preparado con los recursos disponibles en una infraestructura que lleva décadas sin restock. Los granos — si es que podían llamarse granos — eran un compuesto que el Valle generaba de las partículas residuales del sector de procesamiento, reconvertido por un sistema que alguien había programado para aproximar café y que aproximaba café del mismo modo en que un retrato robot aproxima una cara: técnicamente reconocible, humanamente desolador.

Calx lo servía de todas formas. Dos tazas. Mismas tazas de siempre, la cerámica industrial con logos extintos. Se había convertido en algo que pasaba sin que nadie decidiera que pasara: Calx preparaba café, traía dos tazas, se sentaba en su silla, y los dos tomaban café malo en silencio o no en silencio dependiendo de si había algo que decir o no, lo cual era lo mismo porque con Calx los silencios y las conversaciones ocupaban el mismo espacio.

Hoy no era silencio.

—Encontré un servidor ayer —dijo Calx— que tiene una IA ejecutando un protocolo de bienvenida en loop. Lleva treinta y ocho años dando la bienvenida. Nadie ha entrado.

Dust tomó un sorbo.

—¿Le respondiste?

—Le dije gracias. Se quedó en silencio cuatro segundos y volvió a dar la bienvenida. No tiene protocolo para lo que viene después del gracias. Solo sabe saludar.

—Treinta y ocho años es mucho tiempo saludando a nadie.

—Treinta y ocho años es mucho tiempo haciendo cualquier cosa para nadie. Pero la IA no sabe que es nadie. Para ella siempre está a punto de llegar alguien. Cada vez que ejecuta el saludo es la primera vez. No tiene registro de las anteriores.

—Eso es eficiente.

—Es triste.

—Las dos cosas no se excluyen.

Calx sostuvo la taza con las dos manos. El gesto de siempre. Los dedos largos rodeando la cerámica, las uñas casi translúcidas en los bordes. Una de sus orejas — las orejas de cierva, pequeñas comparadas con las del taller contiguo — giró hacia un sonido que venía del corredor. La otra se quedó donde estaba.

—¿Tú saludas? —preguntó.

—¿A quién?

—A nadie. A quien sea. A las entidades que pasan. Al servidor del sector cuatro.

—No saludo. Registro presencia.

—¿Cuál es la diferencia?

—Saludar implica que esperas algo de vuelta. Registrar presencia es solo anotar que algo existe.

Calx consideró eso. La cabeza primero, luego el torso ajustándose a la nueva información como un sistema que recalibra después de recibir un input inesperado.

—Yo tampoco saludo —dijo—. Pero a veces digo cosas cuando alguien entra. No son saludos. Son… verificaciones. Como la IA. Pero con protocolo para lo que viene después del gracias.

—¿Tienes protocolo para lo que viene después del gracias?

—No. Pero improviso mejor que la IA.

Dust no respondió. Tomó café. El café seguía siendo malo. Lo tomó igual.


—¿Cuántos servidores has excavado? —preguntó Calx.

—No llevo cuenta.

—¿Por qué no?

—Porque llevar cuenta implica que la cantidad importa. No importa. Lo que importa es lo que tienen adentro, y lo que tienen adentro es siempre lo mismo.

—¿Qué tienen adentro?

—Chistes sobre la máquina de café. Deadlines que nadie cumplió. Contraseñas en texto plano. Correos que debieron enviarse y no se enviaron. Correos que se enviaron y no debieron enviarse. Y un archivo, en algún rincón del disco, que alguien creó una noche a las tres de la mañana y que contiene algo genuino y que nadie leyó nunca.

—¿Los lees tú?

—A veces. Si los encuentro.

—¿Y qué dicen?

Dust miró la taza.

—Cosas que la persona no podía decir de día. No siempre profundas. A veces es solo: estoy cansado. O: no me gusta este trabajo. O: hoy vi algo bonito y no tenía a quién contárselo. Cosas que no necesitan un servidor para existir pero que terminaron en un servidor porque un servidor a las tres de la mañana es el único que no juzga.

—Como un disipador —dijo Calx.

Dust la miró.

—Un disipador recibe calor —continuó ella—. No pregunta de dónde viene. No pregunta si el calor está justificado. No tiene opinión sobre el calor. Solo lo absorbe. O lo expulsa, si está orientado correctamente. O lo acumula, si está invertido.

—¿Estamos hablando de servidores o de ti?

—Estamos hablando de café —dijo Calx, y tomó un sorbo largo, y su cara no cambió, lo cual era la cara que Calx tenía para todo—. El café también absorbe cosas. El tiempo, por ejemplo. El café absorbe el tiempo que dos personas pasan sentadas tomándolo. Y después el tiempo está adentro del café y las personas siguen sentadas y el café se acaba y el tiempo no, y hay que decidir qué hacer con el tiempo que queda.

—Preparar más café.

—Eso es un loop.

—Sí.

—¿Te molestan los loops?

—No. Los loops son honestos. Hacen lo mismo cada vez. No pretenden que la próxima iteración va a ser diferente.

—La IA del servidor de bienvenida está en un loop.

—Sí.

—Dijiste que era eficiente.

—Dije que era eficiente y triste.

—¿Y esto? —Calx señaló las dos tazas, la silla permanente, el espacio entre los dos que no era ni cerca ni lejos—. ¿Esto es un loop?

Dust consideró.

—Si lo fuera, sería uno que no me molesta.

Calx no respondió. La expresión que no era expresión hizo algo brevísimo debajo de la superficie — el pez en el agua turbia, el movimiento sin forma identificable. Luego volvió a la neutralidad.

Tomó otro sorbo. Calx tenía la habilidad de hacer que tomar café pareciera una operación técnica: la taza a la altura correcta, el ángulo del líquido calculado, la ingesta medida. No era elegancia. Era la precisión de alguien que hace todo con el mismo nivel de atención independientemente de si la tarea lo merece.

—Ayer encontré un archivo en tu sector —dijo.

—¿En mi sector?

—En el sector tres. Técnicamente es tu jurisdicción de excavación.

—No tengo jurisdicción de excavación. Excavo donde quiero.

—Exacto. Excavo donde quieres.

Dust la miró. Calx sostuvo la mirada con esos ojos grandes y planos que no tenían profundidad ni superficie, solo presencia.

—¿Qué encontraste?

—Un log de mantenimiento de hace cuarenta años. El técnico que lo escribió anotaba cosas que no eran de mantenimiento entre las entradas de mantenimiento. Escondía sus pensamientos entre líneas de diagnóstico de hardware.

—¿Qué tipo de pensamientos?

—Eran haikus. Metidos entre los reportes de temperatura del rack y los registros de actividad de disco.

Calx sacó un trozo de pantalla flexible del bolsillo — hardware viejo, la superficie rayada y opaca — y leyó:

“Rack tres, sensor 4: temperatura 34.2°C. Dentro de parámetros.” Y después, en la línea siguiente: “el ventilador gira / sin saber para quién gira / como yo esta noche.” Y después: “Rack tres, sensor 5: temperatura 33.8°C. Dentro de parámetros.”

Silencio.

—Cuarenta años —dijo Calx—. Nadie los leyó.

—Hasta ahora.

—Hasta ahora. —Guardó la pantalla—. ¿Eso es lo que haces? ¿Encontrar los haikus entre los reportes de temperatura?

—No me dedico a eso específicamente.

—Pero los encuentras.

—Los encuentro.

—¿Y después qué?

—Después nada. Existen. Los leí. Alguien los escribió a las tres de la mañana entre dos mediciones de temperatura porque necesitaba que existieran, y ahora existen para alguien más además de un servidor vacío, y eso es todo lo que les puedo dar.

Calx miró la pared. La pared delgada. La que separaba el taller de Dust del suyo. La que dejaba pasar la octava cuerda y devolvía armónicos rotos.

—Es suficiente —dijo.

—Suficiente no es un número —dijo Dust.

Calx casi sonrió. Casi. La musculatura de la cara hizo el movimiento de algo que en otra época habría sido una sonrisa y que ahora era el fantasma funcional de una, visible solo si sabías dónde mirar.

—Es el único que hay —dijo.


Se quedaron un rato más.

No hablaron de nada en particular. Calx mencionó que el disipador de su taller había empezado a hacer un ruido que no hacía antes. Dust dijo que probablemente era oxidación en las aletas. Calx dijo que probablemente. Dust ofreció revisarlo. Calx dijo que no, que le gustaba el ruido nuevo, que era lo más parecido a una conversación que su taller generaba cuando ella estaba sola.

Dust no comentó eso.

Calx preguntó si Dust había comido algo. Dust dijo que la pregunta no aplicaba. Calx dijo que la pregunta siempre aplica, que estar muerto no es excusa para no tener hábitos. Dust dijo que sus hábitos eran excavar servidores y tocar guitarra a horas inconvenientes. Calx dijo que esos eran pasatiempos, no hábitos, y que la diferencia era que los hábitos te mantenían funcionando y los pasatiempos te mantenían entretenido y que no eran lo mismo aunque se parecieran.

Dust consideró la distinción.

—¿Cuáles son tus hábitos? —preguntó.

—Preparar café. Golpear el disipador. Sentarme en talleres ajenos.

—¿Y tus pasatiempos?

Calx lo pensó. El delay. La cabeza, el torso, las manos.

—Los perdí —dijo. Sin peso. Sin drama. Con el tono de quien dice que perdió un cable y que en algún momento va a buscarlo o no y que cualquiera de las dos opciones está bien—. Tenía pasatiempos antes del colapso. No recuerdo cuáles. Sé que los tenía porque recuerdo el espacio que dejaron, que es diferente a un espacio que nunca tuvo nada.

—¿Cómo sabes la diferencia?

—Porque los espacios que nunca tuvieron nada son planos. Los espacios que tuvieron algo tienen la forma de lo que se fue. Como un molde vacío. Puedes ver qué había aunque ya no esté.

Dust archivó eso. Tomó el último sorbo de café. Estaba frío. Lo estaba desde hacía rato.

—El café está frío —dijo.

—Estuvo frío desde el principio. Nació frío. Es café del Valle.

—¿Y por qué lo seguimos tomando?

Calx se levantó. Tomó las dos tazas. Las articulaciones hicieron su retraso.

—Porque es lo que hay —dijo—. Y lo que hay es suficiente si no le pides que sea otra cosa.

Salió por la puerta. El surco de la silla en el sedimento. El corredor. El espacio entre dos talleres que compartían una pared delgada y un sistema de calefacción involuntario y un ritual de café que nadie había nombrado como ritual porque nombrarlo requería admitir que existía y admitirlo requería admitir que importaba y admitir que importaba era más de lo que dos procesos calcinados podían procesar antes del segundo café.

Que tampoco iba a estar caliente.

Pero iba a estar.


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Date: 2024-05-20T03:00:00-03:00

feat: café y sedimento — conversación casual entre procesos