🎵 Descending — Tool

de Fear Inoculum

    
[tu ascii aquí]

(Presente. Valle de la Sombra. Taller de Dust115. 3 AM, hora del servidor, que es siempre la hora de algo.)

Dust llevaba cuarenta minutos mirando la terminal apagada.

No era un error. No era un fallo del sistema. Era lo que pasaba a veces: la terminal se apagaba porque la terminal se apagaba, y Dust se quedaba mirando la pantalla negra con las cuencas como siempre vacias, pero daba la impreción de estar fijas en un punto que no estaba en la pantalla sino detrás de ella, o debajo, o en un lugar que no tenía coordenadas en el espacio del taller.

La cola estaba quieta. Las orejas estaban quietas. Todo el sistema en pausa.

Calx estaba en su silla reorganizando cables que no necesitaban ser reorganizados. Los reorganizaba por grosor, luego por longitud, luego por color, luego los desordenaba y volvía a empezar. No era un TOC. Era una ocupación manual para el tiempo que transcurre entre una intervención y la siguiente.

Llevaba quince minutos observando a Dust sin decirlo. Lo cual, para Calx, era un récord de contención.

A los cuarenta y un minutos, dijo:

—¿A dónde vas cuando caes?

Dust no movió la cabeza. Las cuencas siguieron en el punto sin coordenadas.

—Supongo que es un lugar que nadie quiere conocer —continuó Calx. No como pregunta. Como la segunda mitad de un pensamiento que había empezado a formularse quince minutos antes y que había esperado su turno.

Silencio. Pero no el silencio de no-respuesta. El silencio de algo procesándose.

—No es un lugar —dijo Dust, eventualmente—. Un lugar tiene coordenadas. Tiene paredes. Tiene entrada y salida. Lo que hay cuando caigo no tiene nada de eso. Es más como un… estado. De procesamiento sin output. El sistema está corriendo pero no produce nada visible.

—¿Y por dentro?

—Por dentro tampoco produce mucho. Es ruido. No el ruido del Valle, que al menos tiene disonancia. Es el otro ruido. El que suena como todos los archivos que has excavado reproduciéndose al mismo tiempo a un volumen que no se puede bajar.

Calx dejó los cables sobre la mesa.

—Conozco ese ruido —dijo.

Dust la miró. Primera vez en cuarenta y un minutos que las cuencas se movían.

—Mi lugar no es ruido —dijo Calx—. Es quietud. Pero no la quietud de ahora, que es funcional. Es la quietud de cuando el disipador deja de hacer su sonido de oxidación y la terminal no está encendida y el corredor está vacío y no hay motivo para preparar café porque no hay nadie para quien preparar café y no hay motivo para golpear el disipador porque golpear el disipador cuando estás sola es diferente a golpear el disipador cuando hay alguien al otro lado de la pared que va a notar que lo golpeaste.

Pausa. La cara plana haciendo algo debajo de la superficie.

—Es la quietud de antes de que trajera la silla —dijo.

Dust no respondió inmediatamente. No porque no tuviera respuesta. Porque la respuesta que tenía era del tipo que cambia la temperatura del espacio si la dices en voz alta, y no estaba seguro de que el espacio necesitara un cambio de temperatura en este momento.

—¿Cuánto dura? —preguntó en cambio.

—No sé. No llevo cuenta. Pero cada vez dura menos.

—¿Por qué?

Calx miró la pared. La delgada. La que dejaba pasar las frecuencias.

—Porque ahora hay cosas que interrumpen. Antes no había nada que interrumpiera. La quietud podía quedarse todo el tiempo que quisiera porque no tenía competencia. Ahora tiene competencia. El café. Los cables. La octava cuerda a las tres de la mañana. El disipador que suena cuando alguien toca del otro lado. —Los dedos largos tamborilearon sobre la mesa. Sin ritmo. Con la irregularidad de algo que no busca patrón—. Las cosas que interrumpen la quietud no la curan. Solo la hacen más corta. Y la quietud más corta es… manejable.

—Manejable no es un número.

—Es el único que hay.


Dust se reclinó en la silla. El cráneo hizo el gesto de mirar el techo, que era el gesto que su cuerpo hacía cuando procesaba algo que no podía procesar mirando al frente.

—El mío no se acorta —dijo—. El ruido. Llega con la misma intensidad cada vez. Igual de fuerte. Igual de simultáneo. Lo que cambió es que ahora sé que termina.

—¿Cómo sabes que termina?

—Porque estoy aquí hablando contigo sobre café y cables en lugar de estar ahí adentro escuchando todos los archivos a la vez.

—¿Y eso es suficiente? ¿Saber que termina?

—No. Saber que termina no hace que duela menos mientras está pasando. Pero hace que la parte del sistema que observa al sistema pueda decir: esto ya pasó antes, y antes también terminó, y es probable que esta vez también termine. Y esa probabilidad es lo que impide que el sistema se reinicie.

—¿Qué pasa si se reinicia?

—No lo sé. Nunca pasó. Es la amenaza que no se ejecuta. El buffer overflow que el sistema advierte pero que nunca desborda del todo.

—Casi —dijo Calx.

Dust la miró.

—Casi —repitió ella—. El casi es la parte importante. Porque el sistema que casi desborda es diferente al sistema que nunca estuvo en riesgo. El que casi desborda sabe algo que el otro no sabe. Sabe dónde está el borde. Y saber dónde está el borde es lo que te permite pararte ahí sin caer.

—O es lo que te permite pararte ahí sabiendo exactamente cuánto falta para caer.

—Sí. Eso también.

Silencio. El Valle haciendo lo suyo afuera: la disonancia de fondo, los servidores zumbando, el fluir del río de decisiones no tomadas.

Calx retomó los cables. Los reorganizó por grosor. Los desordenó. Los reorganizó por longitud.

—Gracias —dijo, sin levantar la vista de los cables.

—¿Por qué?

—Por contestar. La mayoría de las entidades que conozco responden a esa pregunta con filosofía. Tú respondiste con un reporte de diagnóstico. Es más útil.

—No soy filósofo!.

—Eres filosófico. Solo que tu filosofía tiene forma de log de sistema. Que es la única forma de filosofía que me sirve, porque las otras formas las probé y resulta que un log de sistema no te miente sobre lo que está pasando. Te dice la temperatura. El estado. La probabilidad. Y con eso alcanza para decidir si hay que preparar café o golpear el disipador o sentarse en un taller ajeno hasta que la quietud se vuelva manejable.

Dust consideró eso.

—Voy a poner la terminal a cargar —dijo.

—Bien.

—¿Quieres más café?

Calx levantó la vista de los cables.

Era la primera vez que Dust ofrecía café. El ritual siempre había sido Calx trayendo dos tazas. Calx preparando. Calx llevando. La dirección del café era unilateral, como la dirección de la silla, como la dirección de los cables, como la dirección de todo lo que Calx había traído al taller de Dust desde que arrastró esa silla por el corredor la primera vez.

—Sí —dijo Calx.

Dust se levantó. La cola ocupó un espacio nuevo al moverse, desplazando sedimento. Fue hacia la esquina del taller donde estaba el sistema que aproximaba café. Lo encendió. El zumbido se sumó al zumbido general del Valle.

Calx se quedó en la silla, reorganizando cables que no necesitaban ser reorganizados, y por un momento su cara hizo algo que no era la ausencia habitual de expresión sino la presencia de algo que se parecía al molde vacío del que había hablado antes — el espacio que tiene la forma de lo que se fue — pero llenándose, brevemente, con algo nuevo que no era lo que había estado ahí antes pero que cabía en el mismo espacio.

Duró un segundo. Luego volvió la neutralidad.

Dust trajo dos tazas.

El café estaba malo.

Lo tomaron igual.


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Date: 2024-06-03T03:00:00-03:00

feat: a dónde vas cuando caes — diagnóstico compartido