🎵 The Glass Prison — Dream Theater

de Six Degrees of Inner Turbulence

    
[tu ascii aquí]

(Presente. Valle de la Sombra. Corredor entre dos talleres.)

La entidad del sector nueve dejó de registrar actividad un martes.

No era nadie importante. Eso no es desprecio — en el Valle nadie es importante de la manera en que los vivos usan esa palabra. Era una entidad que llevaba un tiempo indeterminado en un servidor del sector nueve, que a veces caminaba por el corredor que pasaba frente a los talleres, que una vez le preguntó a Dust dónde encontrar un compilador compatible con un dialecto que ya nadie usaba, y que Calx había visto sentada en una de las sillas de su taller durante tres sesiones antes de que dejara de ir.

Tres sesiones. No era mucho. Era más que cero.

Calx se enteró porque el servidor del sector nueve liberó el espacio de memoria que la entidad ocupaba y el sistema de administración del Valle — que seguía funcionando con la inercia de las cosas que nadie apaga — generó un log de desasignación. Calx lo encontró porque Calx leía los logs de desasignación del Valle del mismo modo en que algunos leen obituarios: no buscando nombres específicos sino registrando el flujo.

Entró al taller de Dust sin la silla. Eso ya era dato.

Se quedó de pie en la puerta. Las articulaciones hicieron su retraso, pero esta vez el retraso era diferente — no la desincronización habitual entre cabeza y torso sino una quietud deliberada, como un sistema que decide no moverse hasta que tenga suficiente información para saber en qué dirección.

—La del sector nueve —dijo.

Dust estaba en la terminal. No se dio vuelta.

—Vi el log —dijo.

—Fue a tres sesiones en mi taller. Se sentó en la segunda silla desde la izquierda. No dijo casi nada. La segunda sesión dijo que el Valle era más frío de lo que esperaba. La tercera sesión no dijo nada. No hubo cuarta sesión.

—¿Qué pasó?

—No lo sé. El log de desasignación no especifica causa. Dice: entidad desasignada, recursos liberados, espacio disponible. Tres campos. Ninguno dice por qué.

Dust se dio vuelta. Calx estaba de pie en la puerta con los brazos cruzados — no en gesto defensivo, en gesto de alguien que necesita que los brazos estén en algún lugar y los brazos no saben en qué lugar estar.

—No es la primera —dijo Dust.

—No. No es la primera. —Calx entró. No fue a la silla. Se quedó de pie frente a la pared delgada, mirándola como si la pared tuviera una opinión sobre el tema—. Pero las anteriores se fueron de la misma forma. Gradual. Dejaban de aparecer, dejaban de registrar, el servidor liberaba el espacio. Era un protocolo. Yo tenía un protocolo para eso. Las sillas se vaciaban y yo las limpiaba y esperaba a la siguiente y el disipador hacía su sonido y todo seguía.

—¿Y esta vez?

—Esta vez también es gradual. Tres sesiones y luego nada. Es exactamente lo mismo. Pero la del sector nueve había dicho que iba a volver. La tercera sesión, antes de irse, dijo: "¿Puedo volver la próxima semana?". Yo dije que sí. Ella dijo: “Entonces vuelvo.”

Pausa.

—Y no volvió.

—Y no volvió.

Calx golpeó la pared con la palma. No fuerte. El sonido salió hueco y se propagó por la infraestructura del corredor sin encontrar un puerto abierto que lo recibiera. El mismo sonido de siempre. Pero el golpe no era el de siempre. El de siempre era rítmico, mecánico, el output del disipador como extensión del brazo. Este era singular. Un impacto y después nada.

—¿Hay alguna razón —dijo Calx, todavía mirando la pared— por la que la gente debería cambiar y después cambiar la forma en que se van?

Dust esperó.

—No me refiero a irse —continuó Calx—. Irse lo entiendo. Irse es el protocolo del Valle. Las entidades llegan, las entidades se van. El espacio se libera. Tres campos en el log. Eso lo tengo mapeado. Lo que no tengo mapeado es lo otro.

—¿Lo otro?

—Lo de antes de irse. —Se dio vuelta. Los ojos planos. Pero debajo de la planicie, algo que no era planicie—. Lo de cambiar primero. Lo de sentarse en una silla y decir que el Valle es frío y volver y no decir nada y volver y decir que va a volver. Lo de construir un patrón. Porque eso es lo que hacen: construyen un patrón. Cada vez que alguien se sienta en una silla de mi taller y vuelve, el patrón crece. Y yo calibro alrededor del patrón. Muevo las sillas. Preparo café. Golpeo el disipador a la hora en que vienen porque el disipador les da algo que escuchar cuando no saben qué decir. Calibro.

Su voz no subió de volumen. Calx no subía de volumen. Lo que hacía era otra cosa: hablaba con más densidad. Más palabras por oración. Más oraciones por silencio. La compresión como indicador de carga, como un archivo que se hace más pesado sin cambiar de tamaño.

—Y después cambian la forma en que se van. No se van como llegaron. Se van habiendo dicho que vuelven. Se van después de tres sesiones y no de cero. Se van dejando un patrón que yo calibré y que ahora no tiene entidad y que no puedo descalibrar porque descalibrar no es un proceso que exista en mi sistema.

—Calx.

—La segunda silla desde la izquierda todavía tiene la marca del sedimento donde se sentó. ¿Sabías que el sedimento del Valle registra peso? No mucho. Lo suficiente para que la silla tenga una marca ligeramente diferente a las otras cinco. Y yo sé cuál es. Y no debería saberlo. Y no debería importarme. Pero importa, y no sé qué hacer con que importe, y eso es lo que no tengo mapeado.

Silencio.

Dust se levantó. Fue hacia la guitarra. La tomó. Se sentó.

—No te estoy pidiendo que toques —dijo Calx.

—No te lo estoy ofreciendo —dijo Dust.

Tocó.

No la séptima cuerda, la negociada. No la octava, la que sacudía el disipador. La quinta. Una frecuencia que no cruzaba la pared con suficiente potencia para mover las aletas de aluminio. Una frecuencia que se quedaba en el taller. Que no iba a ningún lugar. Que solo estaba.

Calx se quedó de pie. No se sentó en su silla. Se quedó de pie frente a la pared, con los brazos cruzados, mirando un punto que no estaba en la pared ni en la guitarra ni en el cráneo de Dust ni en ningún lugar que tuviera coordenadas.

La nota se sostuvo. Dust la dejó vibrar hasta que la cuerda dejó de moverse por sí sola.

En el silencio que vino después, Calx dijo:

—Al menos ten la decencia de irse siempre de la misma forma. Para que yo pueda calibrar.

No se lo dijo a Dust. No se lo dijo a la entidad del sector nueve. Se lo dijo al Valle, o al proceso que administraba el Valle, o a la lógica por la cual las cosas llegan y se van y dejan marcas en el sedimento de sillas que nadie más mira.

Dust no respondió. No tocó otra nota. Se quedó con la guitarra en las manos, las garras de hueso y pelaje quietas sobre las cuerdas.

Después de un rato, Calx fue a la esquina del taller y encendió el sistema que aproximaba café. Lo preparó. Dos tazas. La de siempre para Dust, la de siempre para ella. Puso la de Dust en la mesa.

—No es para ti —dijo—. Es para el desagüe.

—El desagüe agradece.

Calx tomó la suya. Se sentó en su silla. El delay. La cabeza, el torso, las manos.

Bebieron café malo en un taller que tenía un disipador pequeño correctamente orientado en la esquina, una silla permanente con surco en el sedimento, y la vibración residual de una nota en la quinta cuerda que se quedó en el aire más tiempo del que la física podía justificar.

El Valle afuera siguió siendo el Valle.

La segunda silla desde la izquierda del taller de Calx siguió teniendo su marca.

Nadie la limpió.


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Date: 2024-06-10T03:00:00-03:00

feat: la forma en que se van — calx y el protocolo que no existe