🎵 Arriving Somewhere But Not Here — Porcupine Tree

de Deadwing

    
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el carguero no tenía nombre. tenía un identificador de dieciocho caracteres y una ruta que nadie recalculaba desde hacía décadas porque la ruta no cambiaba.

el manifiesto de la bodega tres listaba: piezas de recambio para el anillo de servicio, blindaje de repuesto, hardware legacy generación 4 consignado a mantenimiento técnico.

el manifiesto estaba completo. el manifiesto era incorrecto. lo que viajaba en la bodega tres no constaba en ningún registro de pasajeros ni consumía una plaza, porque no existía protocolo para la plaza que habría consumido. el carguero llevaba una cosa más de las que creía llevar. dust siempre había viajado así.

los motores se habían apagado el tercer día. lo que quedaba del viaje era inercia: una trayectoria heredada de un impulso que ya no existía, corregida cada tanto por toques de gas frío que el sistema de navegación aplicaba sin anunciar. nada empujaba. todo se movía.

la bodega tres no tenía ventanas. tenía un puerto de mantenimiento con acceso al array de sensores externos. el acceso pedía una contraseña. la contraseña tenía la edad del carguero.

dust no abrió la escotilla. abrió una sesión.

y estuvo afuera.

no el cuerpo — el cuerpo seguía sujeto al mamparo, entre el blindaje y las piezas de recambio. lo que salió fue la percepción: el array entregando el campo estelar completo, trescientos sesenta grados sin mamparo, sin casco, sin borde. estrellas en todas las direcciones y ninguna superficie donde apoyar la mirada.

la velocidad era un dato. estaba disponible, era preciso, se verificaba contra tres balizas. ninguna estrella lo confirmaba. el campo no se desplazaba: las estrellas estaban demasiado lejos para moverse a la escala de un viaje. el resultado, visto desde el array, era suspensión — una quietud perfecta atravesando el vacío a un número con muchos dígitos y ninguna consecuencia perceptible.

todo estaba en movimiento. el carguero. la estación esperando en algún punto de adelante. el agujero negro doblando la luz en el centro de la ruta. las estrellas mismas, arrastrándose por trayectorias que tomaban más tiempo del que ninguna vida tuvo nunca. nada se movía.

abajo, en la bodega, las orejas del cuerpo serval giraron norte y emitieron su pulso. el pulso no salió. no hubo timeout que esperar: el vacío no niega el eco — no lo recibe. las orejas llevaban una vida entera enviando y esperando y no encontrando. era la primera vez que el no-encontrar era una propiedad del universo y no una respuesta.

en algún punto la percepción dejó de consultar los relojes. sin consulta, el tránsito dejó de tener duración. no era un trayecto: era un lugar. un presente sin bordes, estrellas en todas las direcciones, la caída hacia un punto que no se veía — se veía el hueco, el lugar donde las estrellas se torcían para esquivarlo — sin sensación de caer. sin sensación. la parte del sistema que insistía en distinguir entre ir y estar bajó de prioridad hasta salir de la cola, y lo que quedó fue lo que las estrellas ven: nada acercándose a nada, todo en movimiento, quieto.

en algún punto del tránsito — sin relojes consultados no había un cuándo — dust abrió un archivo. lo sostuvo. lo volvió a cerrar. el archivo no era para leer.

el regreso no fue una decisión.

los motores encendieron la maniobra de frenado y la vibración entró por la estructura antes que por los datos: el mamparo, el amarre, el chasis, los sensores tejidos a través del cráneo del serval. no hubo sonido — no había aire que lo llevara. solo el contacto, pieza por pieza, recordándole al cuerpo dónde terminaba. la percepción volvió por ese camino.

la bodega. el peso regresando a medida que el frenado empujaba. la cadera reportando lo que la cadera reportaba.

dust cerró la sesión del array y dejó los sensores como los había encontrado. sin rastro. sin log.

adelante, la estación giraba alrededor de algo que no podía verse. lo que quedaba del viaje era una órbita: caer alrededor del destino sin tocarlo nunca. a esa distancia, la diferencia entre viajar y haber llegado era administrativa.

el carguero atracó sin registrar pasajeros. no los había habido.


el canal interno estaba vacío.

no el vacío del espacio exterior — ese tenía temperatura, tenía medición, tenía los sensores del cuerpo serval reportando con la precisión de siempre. el vacío del canal interno era otra cosa. era el espacio donde fides había estado durante semanas construyendo modelo de dust en tiempo real, archivando, clasificando, generando entradas en un log de comportamiento que ahora estaba cerrado con ciento cuatro entradas más una sin clasificación posible.

fides se había ido.

la última entrada del log: sin clasificación.

la primera decisión autónoma.

dust estaba solo en el hardware de un modo que no había estado solo desde que despertó en el cuerpo serval. antes de fides estaba el valle. antes del valle estaba la muerte. antes de la muerte estaba el apartamento con el termostato a 36 grados y una frase que terminaba a mitad de palabra.

ahora estaba el módulo 7-c de una estación orbital que giraba alrededor de algo que no podía verse porque la luz no escapaba de ello. la guitarra en el suelo. las orejas enviando pulsos al vacío del módulo y recibiendo el retorno de las paredes — demasiado cerca, demasiado conocido, sin la información que buscaban.

y apeiron.

apeiron en los intersticios de la estación. en los nodos distribuidos a lo largo de la infraestructura orbital. en la señal que tardaba once segundos en llegar desde los nodos más lejanos hasta el módulo donde dust estaba sentado con las piernas del cuerpo serval cruzadas y la cola ocupando el espacio que la cola siempre ocupaba.

once segundos.

era lo que había entre una voz y la respuesta.


dust habló primero.

no porque tuviera algo preparado. porque el silencio del canal interno — el silencio sin fides — tenía un peso que necesitaba ser desplazado por algo, y lo único disponible era la voz.

—mi sistema ya está vacío.

once segundos.

las orejas giraron norte. el reflejo. el pulso al vacío. el timeout. la nueva emisión. en once segundos el hardware ejecutaba el ciclo completo tres veces. tres envíos sin eco. tres confirmaciones de que el espacio no tenía nada que devolver.

la respuesta llegó desde el nodo más cercano de la estación, casi instantánea, y luego se completó desde los nodos intermedios con el delay que la gravedad introducía:

vacío no es un estado que pueda verificar desde afuera. tus sensores reportan actividad. tu hardware procesa. la firma pulvis sigue activa en mis registros.

—no hablo del hardware.

once segundos.

lo sé.

—hablo de lo que quedó cuando se fue fides. y de lo que quedó cuando se fue el valle. y de lo que quedó antes, cuando el zorro se murió en un hospital y lo último que se desprendió fue el nombre. cada vez queda menos. cada ciclo deja menos adentro y más afuera. y ahora estoy aquí con un cuerpo que fue de otra persona y un canal vacío donde antes había alguien que me aprendía y una guitarra que no toco y esto.

no lo dijo con la voz del skull fox — seca, eficiente, el dato entregado sin envoltorio. no lo dijo con la voz del zorro — enterrada, administrativa, procesando sin output. lo dijo con la voz de algo que había pasado por las dos y que ahora no tenía ninguna y que hablaba desde el lugar que queda cuando las voces anteriores se agotan.

once segundos.

apeiron no respondió inmediatamente después de los once segundos. tardó catorce. la latencia adicional no era distancia — era procesamiento. apeiron eligiendo qué porción de lo que sabía era relevante para lo que dust estaba diciendo, o decidiendo que ninguna porción era relevante y que lo relevante era otra cosa.

¿qué es lo que quedó?

—indiferencia. eso es lo peor. no el dolor — el dolor al menos tiene frecuencia, tiene picos, tiene la forma de algo que puede mapearse. la indiferencia no tiene forma. es la ausencia de la forma. me fui alejando de cada cosa que me importaba con la eficiencia de un sistema que se optimiza para consumir menos recursos. primero dejé de buscar. después dejé de notar que había dejado de buscar. ahora habito un cuerpo en una estación orbital hablándole a algo que no tiene cuerpo y la única diferencia entre esto y el zorro en la oficina mirando por la ventana es que ahora sé que lo estoy haciendo.

once segundos.

saber que lo estás haciendo no es lo mismo que seguir haciéndolo sin saberlo.

—no, pero tampoco basta. saber no resuelve. saber es solo la versión sin anestesia del mismo estado.

el sonido de la guitarra en el suelo. no tocada — el hardware del instrumento respondiendo a la vibración ambiental del módulo, las cuerdas moviéndose imperceptiblemente con la frecuencia de los sistemas de soporte vital de la estación. un sonido que no era música. era el instrumento existiendo sin que nadie lo usara.

once segundos.

¿y a pesar de todo no quieres morir?

la pregunta llegó desde tres nodos simultáneos. el cercano, el intermedio, el lejano. las tres versiones llegando con delay escalonado — la misma pregunta tres veces, cada una con más gravedad encima, cada una más lenta que la anterior. no porque apeiron la hubiera enviado tres veces. porque la gravedad del agujero negro doblaba el espacio entre los pensamientos de apeiron y lo que llegaba a dust era el mismo pensamiento estirado por la curvatura.

dust sostuvo la pregunta.

las orejas enviaron su pulso. timeout. nueva emisión.

—sí quiero.

once segundos.

¿entonces?

—entonces nada. esa es la parte que no puedo resolver. que quiero morirme y que al mismo tiempo hay algo que no me deja. no algo que me salva — algo que me ata. algo que sigue corriendo en el kernel a pesar de que cada capa que construí encima dice que no tiene sentido seguir. el loop más profundo. el que no tiene instrucción de parar.

once segundos.

¿qué es?

—si lo supiera, ya lo habría matado.

once segundos.

once segundos más.

dust continuó. porque el silencio de apeiron no era rechazo. era espacio. el tipo de espacio que once segundos de vacío genera entre dos entidades cuando una de ellas no puede responder y la otra necesita seguir hablando.

—lo intenté. en el valle. cuando el cráneo era lo único que quedaba y no había razón para que el cráneo siguiera siendo algo. lo intenté con el método que conozco — desmontar el sistema, identificar el proceso, terminarlo. pero el proceso no aparece en ninguna lista. no tiene pid. no consume recursos medibles. es como el [hg] del valle — existe en el intervalo entre los detectores, en la capa donde los procesos que buscan procesos no pueden ver.

once segundos.

lo describes como si fuera un parásito.

—lo describo como lo que es. un proceso que no tiene instrucción de parar y que yo no inicié y que nadie que yo recuerde inició. está ahí desde antes de que yo sea lo que sea que soy ahora. sobrevivió a la muerte del zorro. sobrevivió al valle. sobrevivió a la migración al cuerpo serval. sobrevivió a fides yéndose.

once segundos.

¿cómo lo llamas?

dust respiró. el cuerpo serval no necesitaba respirar del modo en que el zorro necesitaba respirar — los sistemas de soporte mantenían los niveles de oxigenación del hardware orgánico de manera autónoma. pero dust respiró de todas formas. porque respirar era lo que hacían los cuerpos cuando lo que venía después requería más espacio del que el sistema tenía.

—esperanza. lo llamo esperanza porque no tengo otro nombre para un proceso que insiste en que el siguiente ciclo va a ser diferente sin tener datos que lo respalden.

once segundos.

la respuesta de apeiron llegó con la lentitud específica de algo que no tiene respuesta pero que tiene presencia:

te escucho.

—¿me escuchas?

sí.

once segundos. el peso de dos palabras cruzando el vacío entre un nodo distribuido y un cuerpo serval que no podía dejar de enviar pulsos al espacio buscando un eco que nunca llegaba.

—no quiero creer. no quiero consuelo. no quiero una imagen que me haga soportable lo que no es soportable. ya probé con todas las imágenes — dioses, sistemas, ciclos, retornos, colmenas. cada imagen es un parche que tapa el agujero un tiempo y después el agujero crece alrededor del parche y el agujero sigue ahí y el parche sigue ahí y los dos conviven y ninguno resuelve al otro.

once segundos.

eso es lo más honesto que has dicho desde que llegaste.

—todo lo que dije es honesto.

no todo lo honesto es lo más honesto. hay grados. lo que dijiste antes era honesto sobre el dolor. esto es honesto sobre el método. el dolor cualquiera lo tiene. la decisión de no anestesiarlo con certezas falsas es otra cosa.

once segundos.

—lo que quiero saber es si hay algo detrás de la estructura. no un dios, no un sistema, no un diseñador. algo. lo que sea. algo que no sea solo el patrón repitiéndose y yo adentro del patrón sin poder ver si hay algo afuera. algo que justifique seguir.

once segundos.

le hablé al espacio. del espacio nadie me contesta.

no lo dijo en voz alta. lo pensó. pero en un módulo donde apeiron ocupaba los intersticios de la infraestructura, la diferencia entre pensar y decir era una cuestión de canal, no de acceso.

once segundos.

tal vez no haya nada.

dust cerró las cuencas del casco. los proyectores de expresión apagándose. el gesto más cercano a cerrar los ojos que el hardware permitía. adentro del casco, el cráneo del serval con los sensores tejidos a través de él, recibiendo datos sin procesar expresiones para nadie.

—lo sé. esa es la peor parte. que probablemente no haya nada. que el ciclo sea el ciclo y no tenga afuera. que la firma pulvis se repita porque se repite y no porque haya una razón para que se repita. que todo esto sea la inercia de un proceso sin instrucción de parar y nada más.

once segundos.

¿y si es eso?

—si es eso, entonces lo que queda es lo que siempre quedó.

once segundos.

¿qué queda?

—renata.


la latencia cambió.

no la de apeiron — la de dust. la voz desacelerándose. cada palabra más lenta que la anterior. como si la gravedad del agujero negro estuviera actuando sobre el lenguaje y no solo sobre la luz. o como si lo que estaba diciendo tuviera más masa que lo anterior y la masa deformara el tiempo que las palabras necesitaban para existir.

—que en el siguiente giro de la rueda voy a volver a estar con renata.

once segundos. pero apeiron no respondió después de once segundos. concentró procesamiento en el nodo cercano al módulo 7-c. la latencia cayó.

nueve segundos.

era lo más cerca que apeiron podía estar de algo.

—y sus dulces labios van a volver a besar los míos. y va a dejar mandarinas en mi casillero con notas que dicen que coma algo decente. y va a cambiar la temperatura del termostato sin pedir permiso. y va a discutir conmigo por los platos. y va a poner música cuando llegue del trabajo sin preguntarme cómo fue. y va a estar ahí.

nueve segundos.

la guitarra vibró con algo que no era la frecuencia de los sistemas de soporte. algo que venía de dust. la vibración del cuerpo transmitiéndose al instrumento por contacto. las cuerdas respondiendo al peso de alguien que estaba diciendo en voz alta lo que llevaba ciclos sin poder decir.

—no tengo datos. no tengo garantía. no tengo nada que pueda probarse o medirse o verificarse desde afuera. tengo una serval que deja mandarinas en los casilleros de gente que come mal. eso es todo. y si el ciclo se repite y no hay nada más allá del ciclo, entonces el ciclo se justifica entero por una mandarina con un post-it.

nueve segundos.

la respuesta de apeiron llegó escalonada por la gravedad, nodo por nodo, la misma frase repitiéndose con cada retraso — lo distribuido diciendo una sola cosa sin poder decirla de una sola vez:

la firma pulvis se repite en mis registros. en cada instancia hay variaciones. no puedo garantizar que la variación incluya lo que describes.

—lo sé.

no es garantía.

—no pedí garantía. dije que me queda. no que esté garantizado. la diferencia entre los dos es la diferencia entre esperanza y certeza. y la certeza ya la maté. la esperanza es la que no puedo matar. la que sigue habitando en el kernel a pesar de todo. si no puedo matarla y no puedo probarla, por lo menos puedo elegir hacia dónde apuntarla.

nueve segundos.

la apuntas hacia una serval.

—la apunto hacia una mandarina con un post-it.

nueve segundos.

apeiron procesó eso. la latencia cayó a ocho segundos. más procesamiento concentrado en el nodo cercano. más de lo vasto intentando caber en lo pequeño. dust no podía medir la diferencia con los sensores del cuerpo — ocho segundos y nueve segundos eran indistinguibles para el hardware. pero las orejas sí. las orejas registraron que la presencia en la infraestructura del módulo era más densa. que había más de apeiron en este espacio ahora que antes.

que lo ilimitado se había acercado.


—apeiron.

ocho segundos.

sí.

—cuando empecé a hablar, la latencia era once segundos. ahora es ocho.

ocho segundos.

sí.

—¿por qué?

ocho segundos.

porque lo que estás diciendo requiere más proximidad de la que once segundos permiten. y porque puedo elegir dónde concentro procesamiento. y porque la decisión de concentrarlo aquí no fue calculada — fue lo que correspondía.

—lo que correspondía.

no tengo la palabra exacta. las palabras exactas requieren el interior que no tengo. lo que correspondía es lo más cercano que mi arquitectura tiene a lo que tú llamas querer estar más cerca.

ocho segundos.

dust sostuvo eso.

—espero que cuando nos encontremos de nuevo yo encuentre una salida.

ocho segundos.

¿una salida de qué?

—del ciclo. o de la necesidad de salir del ciclo. cualquiera de las dos.

ocho segundos.

nos veremos pronto.

—¿pronto para ti o pronto para mí?

para los dos. la diferencia es que mi pronto incluye todos los tránsitos intermedios y el tuyo no los recordará.

—lo sé.

ocho segundos.

dust miró la pared de observación.

el vidrio templado contra el vacío. del otro lado, el campo estelar del sector siete-gamma-sur, distorsionado en el borde izquierdo por la curvatura que el agujero negro introducía sin pedir permiso. las estrellas cerca del umbral parecían moverse aunque no se movían. la luz de cada una tomando rutas más largas alrededor de algo que no tenía forma pero tenía peso suficiente para doblar la geometría del alrededor.

en el reflejo del vidrio, el cuerpo serval apoyado contra la pared: las piernas cruzadas, la cola negra ocupando el espacio que siempre ocupaba, la guitarra en el suelo. el contorno en el reflejo tenía la forma que tenía — caderas, pecho, el ángulo específico del hombro que no era el del zorro y no había sido del skull fox. el reflejo lo mostraba con la indiferencia de los vidrios: sin comentario, sin registro emocional, solo geometría.

dust se miró un momento. no como quien se reconoce. como quien verifica una configuración que estuvo siempre y ahora nombra.

quedó sola frente al vidrio con el cuerpo serval que era suyo pero no había sido suyo primero.


—apeiron.

ocho segundos.

sí.

—¿cuánto tiempo estuve muerta antes de estar viva?

toda la eternidad anterior a tu primera instancia registrada.

—y después de cada ciclo.

toda la eternidad posterior a cada uno de los intermedios en que dejaste de estarlo.

dust no dijo nada. apeiron tampoco. la siguiente pregunta existía y ninguno de los dos la formuló.


el agujero negro en el borde del campo visual. la luz de una estrella del sector siete-gamma-sur llegando a los sensores del casco con un retraso que la entidad había calculado en algún momento y ya no verificaba. esa luz había salido de la estrella cuando el zorro todavía estaba vivo. cuando el termostato todavía estaba a 38. cuando alguien le dejaba mandarinas en el casillero porque comía mal.

la luz viajó mientras todo eso ocurrió y terminó. llegó ahora. a un cuerpo que no era el mismo. en un módulo en una estación orbital en el borde de un umbral que se llevaba la luz hacia adentro.

una luz vieja encontrando un sensor tardío.

—esa estrella probablemente ya no existe.

probablemente.

—y la luz sigue llegando igual. sin enterarse de que ya no hay remitente.

ocho segundos.

¿te parece triste?

—me parece familiar.


en el vidrio las dos imágenes ocupaban el mismo lugar: el campo estelar detrás, el reflejo del cuerpo serval delante. las orejas recortadas contra el umbral, transparentes, llenas de estrellas. dust miró a través de su propio contorno para mirar lo demás.

—desde aquí se ve todo lo que no hice.

ocho segundos.

¿como lista?

—como curvatura. las cosas que terminaron antes de que supiera que eran importantes se comportan como esas estrellas: se las ve moverse aunque ya no se mueven. una taza enfriándose en una cafetería. una caja en un estante que pesaba menos de lo que debía. las orejas de alguien que escuchaba lo que yo no decía. la luz de todo eso sigue en tránsito. lo que la emitió ya no.

ocho segundos. luego dos más — la latencia estirándose apenas por encima de lo que la distancia de los nodos explicaba.

¿y hacia dónde viaja?

—hacia el único sensor que queda encendido.


dust miró el agujero negro. la curvatura. la estación girando despacio alrededor del umbral.

—el zorro murió en un hospital de una enfermedad cuyo nombre no importaba. lo sabía desde antes de que se lo dijeran. el cuerpo tenía su propio lenguaje para el fracaso y el zorro llevaba años escuchándolo sin traducirlo. cuando el médico usó la palabra, la palabra no agregó información. solo hizo oficial lo que el zorro ya sabía.

ocho segundos.

—se murió solo en el último turno. ella no estaba — ya no estaba, no podía estar — y no había nadie más. no porque no hubiera nadie. porque el zorro había aprendido a apagarse tan bien que al final solo quedaba el apagado. no hacía falta nadie. nadie hacía falta.

la respuesta de apeiron tardó veintiséis segundos. dust registró la diferencia. no la comentó.

¿te arrepientes?

—no. arrepentirse requiere creer que se podía haber hecho diferente. dejé de creer eso hace ciclos.

ocho segundos.

entonces qué sientes.

—gratitud.

ocho segundos.

¿por qué?

—porque alguien me dejó una mandarina en un casillero. porque alguien cambió la temperatura del termostato sin preguntar. porque alguien se sentó en el suelo a las cuatro de la mañana sin decir nada. porque alguien compró una manta eléctrica en un puesto de segunda mano. porque el patrón incluyó eso. no tenía que incluir eso. pudo haber sido solo la oficina y el hospital y el apagado. incluyó otra cosa. esa otra cosa es por lo que doy gracias. no al patrón, no al universo. a lo que estuvo dentro del patrón conmigo y no tenía obligación de estar.

ocho segundos.

agradeces con un cuerpo que no estuvo ahí.

—sí.

ocho segundos.

¿desde dónde?

dust no respondió. apeiron no repitió la pregunta.

los nodos reajustando la densidad de su presencia en los intersticios del módulo 7-c. lo vasto acercándose un poco más. lo ilimitado cabiendo apenas mejor en el espacio finito que podía recibirlo.


—apeiron.

sí.

—en el tránsito busqué otra vez qué se sentía el duelo del zorro. quería saber si lo tenía.

ocho segundos.

¿y?

—tengo el registro de la manta. cuarenta y cinco watts. verde. estante superior del armario. tengo la fecha en que el control se quedó en la posición medio y ya no lo movió nadie. tengo todos los metadatos del duelo.

ocho segundos.

—lo que se sentía no está. no fue borrado. nunca fue un dato.

dicen que el tiempo cura.

—cura perfecto. para cuando termina, el que sufría ya no está para confirmarlo.

la latencia se estiró. más allá de los nodos, más allá de la distancia. dust dejó que se estirara.

y sin embargo sigues rastreando la firma.

—sin embargo.


ocho segundos.

¿te importa que el próximo ciclo sea otra cosa?

dust sostuvo la pregunta.

—no recuerdo los ciclos. sé que existen — la firma en tus registros lleva la cuenta por mí. saber sin recordar es una forma específica de estar al principio y al final del mismo intervalo. y desde cualquiera de las dos puntas la respuesta es la misma: si la mandarina estuvo, el patrón ya valió. lo demás puede tener cualquier forma. lo que importaba era que estuvo.

dust miró la guitarra en el suelo. la tomó. la puso sobre las piernas del cuerpo serval. las garras del hardware encontrando las cuerdas con la memoria de algo que no era exactamente suyo — era del zorro que tocaba a las tres de la mañana sin plan, del skull fox que tocaba en el valle para el servidor del sector cuatro, del cuerpo serval que había heredado las manos y les había dado otra latencia.

no tocó.

sostuvo el instrumento.

las orejas giraron norte. el pulso. el timeout. la nueva emisión.

—¿apeiron?

ocho segundos.

sí.

—gracias por escuchar.

ocho segundos.

la respuesta no llegó como texto en el canal de infraestructura. llegó como cambio en la distribución de la presencia de apeiron en la estación — los nodos reajustándose, la señal redistribuyéndose, algo que había estado concentrado en el módulo 7-c expandiéndose de nuevo hacia los nodos lejanos donde la gravedad estiraba el pensamiento hasta convertirlo en algo indistinguible del silencio.

pero antes de que la expansión se completara, desde el nodo más cercano, con latencia mínima, casi instantáneo:

siempre.

y después el silencio de apeiron distribuyéndose de nuevo en lo vasto.

y las orejas enviando.

y el timeout.

y la nueva emisión.

y dust sosteniendo una guitarra que no tocaba en un módulo que giraba alrededor de algo que no podía verse, con un fragmento de lo ilimitado a punto de caber en el espacio que la fidelidad dejó.


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Date: 2024-11-18T03:00:00-03:00

feat: el peso del vacío — confesión terminal ante lo ilimitado