🎵 Rock My Emotions — Kitsune²

de Squaredance

El cierre de este ensayo terminó donde debía: en la persona detrás de la máscara. Pero dejó una puerta entreabierta que merece su propia habitación. Al hablar de la comunidad mencioné, casi al pasar, el infursec —esa escena donde el fandom furry y la seguridad informática se superponen— y prometí, con un enlace, que la historia estaba contada en otro lugar de este sitio. Lo está, pero solo a medias: aquel texto cuenta el caso policial, el colectivo que usó la etiqueta para el delito. Esta coda cuenta lo otro, que es más grande y más viejo: por qué hay tantos animales de colores administrando la infraestructura de la que depende tu vida digital, y por qué eso no es un accidente sino la consecuencia lógica de todo lo que este ensayo vino diciendo.

Un chiste que la prensa terminó tomando en serio#

Hay una frase que circula en la industria tecnológica desde hace años, mitad broma y mitad advertencia: the furries run the internet —los furros administran internet—. El chiste tiene variantes; la premisa de fondo es siempre la misma: que en los sótanos técnicos del mundo digital —redes, servidores, DevOps, seguridad— la densidad de gente con fursona es tan alta que la infraestructura global tiene, en la práctica, orejas y cola.

Como todo buen chiste, sobrevivió porque algo de verdad transporta. En 2022 dejó de ser folclore interno: el medio neozelandés The Spinoff publicó un artículo titulado, sin ironía, «Who runs the internet? Furries», donde profesionales del rubro describían el fenómeno desde adentro —«todavía no encontré ninguna gran empresa de TI que no tenga al menos a uno de los nuestros trabajando ahí, frecuentemente en puestos senior», resumía uno de los desarrolladores entrevistados—. Dos meses después, Business Insider dedicó un reportaje de investigación a los furros que —cito— «desarrollan vacunas y construyen tus aplicaciones favoritas», documentando comunidades furry estables y organizadas dentro de Microsoft, Google y Amazon. Y ese reportaje dejó, de paso, una imagen difícil de superar. Cuando HashiCorp —la empresa detrás de Terraform y Vault, herramientas que sostienen buena parte de la nube moderna— salió a bolsa en diciembre de 2021, celebró su IPO proyectando las fotos de sus empleados, una por una, en la pantalla del Nasdaq en Times Square. Entre los retratos pasó, a toda pantalla en el corazón de Nueva York, un leopardo de las nieves: el fursuit de Kieran, uno de sus ingenieros de software, que eligió posar como su fursona porque, explicó, representa su yo más verdadero. Nadie ha cuantificado la proporción con rigor —conviene decirlo antes de que la leyenda se coma al dato—, pero la observación cualitativa se repite con una consistencia que ya vimos en la parte IX: donde hay tecnología profunda, aparecen furros, y en números que a los de afuera les resultan desconcertantes.

La pregunta interesante no es si el chiste es exacto. Es por qué existe. Y la respuesta exige volver a 1986.

Nativos, no inmigrantes#

La mayoría de las subculturas llegaron a internet. El fandom furry, en un sentido bastante literal, se construyó dentro de ella. En la parte VII contamos el nacimiento del fandom en los fanzines y las convenciones de los ochenta; lo que no contamos es que su otra sala de partos fue la red primitiva, años antes de que existiera la web.

AñoHito técnico del fandom
1986T.H.E. Fox de Joe Ekaitis empieza a distribuirse por CompuServe y Q-Link: un cómic furry dibujado píxel a píxel en una Commodore 64, entre los primeros cómics en línea de la historia
1990Se crea alt.fan.furry en Usenet, el primer foro central del fandom
1990Nace FurryMUCK, mundo virtual de texto que sigue en funcionamiento hoy, más de tres décadas después
años 90La red FurNet distribuye foros furry sobre FidoNet (BBS) y surgen los canales IRC del fandom
1996Un artista furry propone un zorro como mascota de Linux; pierde contra un pingüino ([[xenia_linux

Detengámonos en FurryMUCK, porque es el ejemplo perfecto. Un MUCK es un mundo virtual hecho enteramente de texto: habitaciones, objetos y personajes descritos en prosa, habitados en tiempo real. Para entrar hacía falta manejar Telnet y sobrevivir a una conexión dial-up. Para construir —crear tu personaje, tu casa, tus objetos interactivos— había que programar en MUF, un dialecto de Forth embebido en el servidor. Y para administrar —los usuarios veteranos que la comunidad llamaba wizards, magos— había que compilar el código del servidor, respaldar bases de datos de objetos y gestionar los recursos de una máquina compartida. Es decir: en el fandom furry de los noventa, el equivalente de ser un vecino participativo era, técnicamente, ser un administrador de sistemas. Pertenecer era administrar. La subcultura funcionó, sin proponérselo, como una escuela de ingeniería informal donde el examen de ingreso era el deseo de estar con los tuyos.

Este ensayo mostró, parte por parte, que cada época le da al símbolo animal la forma de sus propias herramientas: el marfil, el mural, el blasón, la marca. La generación que tenía módems hizo lo mismo. Y como la herramienta era la computadora conectada, el fandom no solo usó la red: la corrió. De ahí en adelante, la comunidad construyó y operó su propia infraestructura —galerías de arte como Fur Affinity, archivos etiquetados con precisión de bibliotecario como e621, y más tarde sus propias instancias del fediverso— en lugar de alquilar el espacio de otros. Pocas subculturas pueden decir lo mismo.

La tesis del seudónimo#

Hay una segunda raíz, menos técnica y más dolorosa, y conecta directamente con el corazón de este ensayo.

Vimos en la parte IX que el fandom es abrumadoramente queer y ha sido sistemáticamente estigmatizado, y que una de sus estrategias documentadas de afrontamiento es el ocultamiento selectivo: revelar la identidad furry solo al círculo que la merece. Ahora miremos esa misma estrategia con ojos de profesional de la seguridad: eso es compartimentación de identidades. La fursona con su seudónimo funciona como una identidad operativa completa, desacoplada del nombre legal, con su propia reputación, su propia red social y su propia historia. En el fandom hay amistades de décadas entre personas que jamás se dijeron sus nombres legales, y no por frialdad: por diseño. Una tesis del MIT dedicada a las fursonas —la de Ben Silverman, sobre furros, comunidad e identidad en línea— describe con precisión académica lo que la comunidad sabía por instinto: que la identidad en línea puede construirse, estilizarse y protegerse como una obra.

Dicho de otro modo: una comunidad mayoritariamente queer, marginada y digital aprendió seguridad operacional como forma de supervivencia una o dos décadas antes de que la industria le pusiera nombre de disciplina y lo cobrara por hora. El chamán de la parte II usaba la máscara para poder decir lo que el hombre no podía; el fursuiter de la parte VII la usa para bailar en público. El furro de los noventa usó el seudónimo para poder existir en línea sin que el estigma le costara el empleo. Es la misma máscara que autoriza, con una función más: la de escudo. Y cuando esa gente entró al mercado laboral tecnológico, descubrió que la industria de la seguridad valoraba profesionalmente el músculo que ellos habían desarrollado por necesidad. No es que los furros se metieran a la seguridad informática: es que llevaban años practicándola sin diploma.

La comunidad, además, conoce el costo del fracaso mejor que nadie —lo conoce desde adentro y como víctima—. Fur Affinity, la galería central del fandom, sufrió en 2016 una filtración de su código fuente y de 1,2 millones de direcciones de correo con contraseñas (el incidente está catalogado en Have I Been Pwned), y en agosto de 2024 le secuestraron el dominio mediante un ataque DNS que redirigió a los usuarios hacia una tienda falsa y sitios de acoso. Para un colectivo donde el seudónimo protege empleos y a veces integridad física, una brecha de datos no es una molestia: es una amenaza existencial. Cada incidente reforzó la lección que la comunidad ya traía de fábrica: nadie va a cuidar tu identidad por ti.

Infursec: la manada se profesionaliza#

Todo lo anterior cristalizó, hacia mediados de la década de 2010, en una escena con nombre propio: infursec, contracción de infosec y furry. La etiqueta circula desde alrededor de 2016; en la plataforma CTFtime —el ranking mundial de torneos de hacking— hay equipos furry registrados desde 2017, con nombres tan poco ambiguos como The InFurSec Den.

El hito institucional llegó en Las Vegas. En 2016, un grupo de furros se juntó por primera vez, de manera semiformal, en la fiesta de piscina de DEF CON, la conferencia de hacking más grande del mundo. Al año siguiente el encuentro ya era un «con dentro de la con»: una suite propia con charlas técnicas y actividades, bautizada DEF CON Furs. El éxito fue tal que el colectivo se integró a Hack Your Lives, una organización sin fines de lucro de California cuya misión parece escrita para este ensayo: promover la idea de que deberíamos ser libres de hackear nuestras propias vidas en un entorno seguro y contenedor. Hoy DEF CON Furs diseña y publica como hardware abierto sus propios badges electrónicos —placas con microcontroladores, radios y matrices de LED que los asistentes programan y modifican, la artesanía insignia de la cultura hacker—. Vale la pena notar la simetría: en la parte VIII vimos que la fursona es un yo diseñado a medida; el badge es su versión de silicio, una identidad portátil, programable y compartible que se luce en el pecho.

Racks de servidores iluminados en azul y verde sobre un escenario durante el Cyber Grand Challenge de DARPA en DEF CON 24
El escenario del Cyber Grand Challenge en DEF CON 24 (2016), el mismo año y la misma conferencia donde los furros tuvieron su primer encuentro en la fiesta de piscina.crédito: Tony Webster, CC BY 2.0 · Wikimedia Commons

Y la manada, además, hace escuela. El ejemplo más nítido es Soatok, un criptógrafo que firma con fursona de dhole —el perro salvaje asiático— uno de los blogs técnicos de criptografía más respetados y citados del ambiente, decorado deliberadamente con arte furry y queer (su explicación es deliciosa: el decorado espanta exactamente a los lectores que no soporta). En 2020 publicó Furward Momentum, una guía gratuita y extensa para que furros sin título ni experiencia entraran a trabajar en tecnología gastando lo más cerca posible de cero dólares; años después contaba que una docena de personas le habían confiado que esa guía les cambió la carrera. Es el efecto amortiguador de la parte IX —la manada que absorbe el golpe— operando en el plano profesional: la comunidad que te aceptó cuando nadie más lo hacía es también la que te enseña el oficio, te revisa el currículum y te presenta al que está contratando.

¿Y la sombra? Existe, y este sitio ya la contó con lupa: SiegedSec, el colectivo criminal que se autodenominaba gay furry hackers, tomó prestada la estética de esta comunidad para una carrera de delitos federales con seguridad operacional de aficionado. Baste aquí una observación: los análisis serios no encontraron ningún colectivo hacker furry criminal anterior a ellos. En cuarenta años de fandom digital, la excepción delictiva es exactamente eso —una excepción, tardía y breve—, mientras que la norma, silenciosa y sin titulares, es la legión de furros que defiende redes, parchea servidores y mantiene en pie la infraestructura de todos. La manada de este capítulo no rompe candados: los fabrica.

El zorro en la bandera#

Queda una imagen para cerrar el círculo, y es la más simbólica de todas. En 1996, un artista furry propuso como mascota de Linux a un zorro digital; perdió contra el pingüino y durmió veintitrés años en el olvido, hasta que la comunidad lo desenterró y lo devolvió a la vida como Xenia, todo un estandarte —con el detalle, nada menor, de que su regreso fue abrazado como símbolo por la comunidad trans, y de que su creador original bendijo la reinterpretación. Esa historia ya está contada entera en este sitio; lo que importa aquí es lo que significa: cuando la cultura del software libre —la más hacker de todas las culturas— quiso un símbolo alternativo para reconocerse, eligió, sin que nadie lo forzara, un animal antropomórfico dibujado por un furro. Los dos mundos no se cruzaron: reconocieron que siempre habían sido vecinos.

Y visto desde el final de este ensayo, era difícil que fuera de otra manera. Una especie que lleva cuarenta mil años usando al animal como máscara, tótem y espejo no iba a dejar de hacerlo justo al mudarse al espacio digital —el único territorio donde la máscara puede ser, a la vez, identidad, obra de arte y contraseña—. El Löwenmensch de la primera parte se talló en marfil con herramientas de piedra. Sus descendientes se compilan.

Mi entrada a esta intersección fue, literalmente, el chiste con el que abre esta coda. Ya estudiaba ciberseguridad cuando empezaron a cruzárseme los memes de la carrera: el de «cómo crees que se ve un experto en ciberseguridad» —un oficinista genérico— seguido de «cómo se ve en realidad» —un furro—; el de los cuatro tipos de informático, con un furro entre ellos. Hace gracia hasta que uno se pregunta si la broma tiene algo de verdad o es pura exageración, y se pone a investigar. Resultó que la tiene: gente de muy alto nivel técnico dentro del fandom, grupos enteros de temática furry y TI. Y conociendo cómo nació el fandom —lo que acabamos de contar—, tiene todo el sentido del mundo. Con la comunidad hacker pasa lo mismo: desde afuera uno espera algo más genérico, o el estereotipo del superdotado cuyo idioma nativo es casi el ensamblador, y desde adentro descubre que las grandes mentes rara vez se concentran en una sola cosa. Reparten su tiempo en cosas que, vistas de afuera, parecen no tener sentido; cuando conoces su historia, las piezas encajan — aunque no de la forma intuitiva que les gustaría a los que miran desde la vereda de enfrente.

Lo que yo buscaba acá no era una identidad profesional: era una identidad dentro del nicho del hacking, todavía en formación. La informática y la seguridad son para mí prácticamente un hobby —me gusta Linux, me gusta aprender, me gustan las cosas de doble uso—, y creo que aprender ciberseguridad por deporte es la única forma honesta de aprenderla; al menos es como se formó la élite que admiro del sector, cuyos pasos intento seguir aunque me quede bastante por aprender. Por eso este sitio es como es. Tenía dos: el portafolio de ciber por un lado y el de mi fursona por el otro, y cuando me cansé de mantener ambos me quedé con el del animal — una decisión planeada, no un accidente. Los colores del blog son los de mi fursona porque buscaba una estética más hacker, más rústica, lo más lejos posible del corporativismo rancio de LinkedIn, que me parece falso y poco auténtico — contrario, en el fondo, tanto a la cultura hacker como a la furry. Y la máscara cumple aquí su función de siempre: en LinkedIn, la empresa donde trabajo es top. Aquí puedo decir que el SOC se vende como MDR y por dentro está tan desorganizado en algunos aspectos que se nota que es un MSSP con buenas herramientas; que me siento más alguien que envía notificaciones de «cuidado, una IP intentó conectarse desde Rusia» que un profesional de la seguridad haciendo lo que debería; que ver cómo los atacantes reales se saltan las medidas del teatro de la ciberseguridad me produce una mezcla de asombro y risa. Eso se dice desde atrás de la máscara, o no se dice.

¿Se volvió este blog un artefacto infursec? Creo que sí, de forma medio inconsciente — y me gustaría que lo fuera. APT115 firmado por un protogen, los ensayos furry y los análisis de malware bajo el mismo alias: «dust» es una palabra tan común y tan amplia en inglés que me da cierta anonimidad, y de todos modos suelo rotar de alias. Sé que aquí no entra casi nadie; esto lo hago más por mí. Pero si algún día alguien pregunta si tengo un portafolio, aquí está — y si en el camino se topa con lo furry, mala suerte: espero que pese más lo técnico que lo estético. ¿Y la manada? Un poco de ambas cosas: aprendí de muchos, y respondo cuando me preguntan. Es parte de la cultura que sigo. No hay mucho más — ni hace falta.


Coda de El animal eterno. Anterior: Por qué necesitamos a los furros. El ensayo terminaba ahí; esto es la propina para los de la manada técnica.