En la primera parte dejamos al Hombre León sobre la mesa de trabajo de su creador, hace cuarenta mil años. Ahora bajemos a las cuevas donde ese impulso se volvió costumbre.
El primer disfraz#
En las profundidades de la cueva de Trois-Frères, en el sur de Francia, hay una figura grabada y pintada sobre la roca que los arqueólogos llaman, sin demasiada imaginación, “el Hechicero”. Data de hace unos catorce mil años, en pleno Magdaleniense. Tiene cuerpo de hombre erguido, pero astas de ciervo que se ramifican sobre la cabeza, orejas redondas de búho, ojos enormes y frontales —los de un depredador, no los laterales de una presa—, algo parecido a una cola de caballo o de lobo colgando por detrás, y patas delanteras que terminan en algo que ya no es del todo una mano humana. Está pintado en el punto más alto y más profundo de la cueva, en una cámara a la que solo se llega arrastrándose por pasadizos angostos durante cientos de metros, en total oscuridad. Sea lo que sea que representaba, no era para cualquiera: había que atravesar algo para verlo.

No está solo. En Chauvet, unos dieciséis mil años más antigua todavía, hay un panel —conocido como el panel del fondo, cerca de la llamada “sala del fondo”— donde el cuerpo y las piernas de una mujer se funden con la cabeza, la giba y las patas delanteras de un bisonte, en una escena que los especialistas asocian a la fertilidad y a fuerzas más allá de lo humano. El repertorio del arte rupestre europeo —Chauvet, Lascaux, Altamira— está lleno de animales magníficamente observados, dibujados con un realismo casi fotográfico, y de vez en cuando, salpicadas entre ellos, aparecen estas criaturas mixtas, mitad persona, mitad bestia, que la disciplina llama con un nombre preciso: teriántropos, del griego therion (bestia) y anthropos (humano).
Lo notable es la antigüedad y la insistencia. Estas figuras no aparecen tarde, como un refinamiento posterior de culturas ya complejas, ni aparecen una sola vez para después desaparecer. Aparecen al principio mismo del arte figurativo humano, junto a las primeras representaciones de cualquier cosa, y se repiten a lo largo de decenas de miles de años y miles de kilómetros de distancia, sin que sepamos de ningún contacto entre los grupos que las pintaron. Antes de que existiera la escritura, antes de la agricultura, antes de las ciudades y los dioses con nombre, el ser humano ya se estaba dibujando a sí mismo con cabeza de animal, una y otra vez, como si fuera una necesidad y no un capricho. La pregunta inevitable es: ¿por qué?
La hipótesis del trance#
La respuesta más influyente de las últimas décadas la dio el arqueólogo sudafricano David Lewis-Williams, sobre todo en su libro La mente en la caverna (2002). Su tesis, apoyada en el estudio de sociedades chamánicas todavía vivas —en particular los san del sur de África, cuyo arte rupestre más reciente sí puede compararse con el testimonio directo de sus propios chamanes— y en la neurología de los estados alterados de conciencia, es que estas figuras no ilustran un mito que se contaba en voz alta, sino una experiencia que se vivía en el cuerpo.
El argumento, resumido, es este. El sistema nervioso humano, sometido a ciertas condiciones —oscuridad total, aislamiento sensorial, ayuno prolongado, ritmo percusivo, danza extenuante, a veces sustancias psicoactivas—, produce de manera predecible una secuencia de estados de conciencia. Lewis-Williams describe tres etapas, cada vez más profundas: primero aparecen formas geométricas simples (puntos, rejillas, espirales, que en efecto se encuentran pintadas junto a los animales en muchas cuevas); después la mente empieza a interpretar esas formas como objetos con sentido; y en la etapa más profunda, la más intensa, una de las sensaciones recurrentes —documentada en culturas de todos los continentes que jamás tuvieron contacto entre sí— es la de transformarse: que al cuerpo le crecen plumas o pelo, que las manos se vuelven garras, que uno es el animal. El chamán que desciende a la cueva —ese espacio que muchas cosmologías tratan como una membrana hacia otro mundo, un lugar donde la roca misma se vuelve delgada— no representa a un ciervo: durante el trance, se vuelve ciervo. Y al volver, deja en la pared, en el punto más inaccesible de la cueva, el registro de lo que fue.
Si Lewis-Williams tiene razón, entonces el teriántropo de la cueva no es una fantasía decorativa ni una simple ilustración de un cuento. Es la huella de una de las experiencias humanas más antiguas y poderosas: la disolución de la frontera entre la persona y la bestia, vivida como una forma de conocimiento, como un viaje del que se vuelve sabiendo algo que antes no se sabía. Conviene retener esa idea, porque va a regresar —con otro vocabulario, sin trance ni oscuridad, pero con la misma estructura de fondo— cuando lleguemos a las personas que hoy se ponen un traje y sienten que, mientras lo llevan, son otra cosa.
Vale una aclaración honesta antes de seguir: esta hipótesis describe una experiencia particular —la de “volverse” el animal en un estado alterado de conciencia— que no es la única forma en que los humanos se han relacionado con lo animal-símbolo. Es distinta, por ejemplo, de simplemente adoptar un animal como emblema por lo que representa, sin necesidad de sentir ninguna disolución mística de la identidad. Ambas son formas legítimas y antiguas de la misma familia de gestos, y no hace falta sentir la una para reconocerse en la otra. El tótem, que viene a continuación, es la prueba de que también se puede tomar el animal sin necesidad de “volverse” nada.
El alma de todas las cosas#
Esa experiencia individual del chamán encaja en una visión del mundo mucho más amplia, la más extendida y probablemente la más antigua de la humanidad: el animismo. El término lo fijó el antropólogo Edward B. Tylor en Primitive Culture (1871) para nombrar la creencia de que no solo las personas tienen alma, sino también los animales, las plantas, los ríos, las montañas, el viento. En un mundo animista no hay una línea tajante entre “lo humano, que piensa y siente” y “la naturaleza, que es materia inerte”. Todo está vivo, todo tiene intención, todo puede mirarte de vuelta.
Para una mente así, que un humano y un animal compartan esencia no es una rareza: es lo esperable. La transformación de uno en otro no viola ninguna ley, porque la ley que separa las especies en compartimentos estancos todavía no se ha inventado. Esa frontera dura entre el hombre y la bestia es, en realidad, un producto bastante tardío y bastante occidental —heredero, en buena medida, de una tradición filosófica y religiosa que necesitó trazar una línea nítida entre el alma humana, hecha a imagen de lo divino, y el resto de la creación—. Durante la mayor parte de nuestra historia, la membrana fue porosa.
El tótem, o la sociedad mirándose en un animal#
Hay un paso más, del individuo al grupo. En muchísimas culturas tradicionales, un clan entero se define por su relación con un animal: entre los pueblos anishinaabe (ojibwe) de la región de los Grandes Lagos norteamericanos, por ejemplo, el sistema de doodem organiza a la sociedad entera en linajes del Águila, la Grulla, el Oso o el Castor, cada uno con roles y responsabilidades sociales distintas; en buena parte de Australia aborigen, los sistemas de secciones y las relaciones de parentesco se articulan alrededor de animales-tótem específicos de cada grupo local. Ese animal es el tótem —la palabra misma viene del ojibwe odoodem—: emblema, antepasado mítico, parentesco y tabú, todo a la vez (a menudo está prohibido cazarlo o comerlo, precisamente porque cazarlo sería como cazar a un pariente).
El sociólogo Émile Durkheim dedicó a esto su obra mayor, Las formas elementales de la vida religiosa (1912), y llegó a una conclusión que sigue siendo iluminadora: cuando el clan venera a su tótem, lo que en realidad venera —sin saberlo— es a sí mismo. El animal totémico es la sociedad hecha símbolo, una bandera viviente bajo la cual el grupo se reconoce, se distingue de los otros y refuerza su cohesión. No hace falta creer literalmente que se desciende de un cuervo para que el Cuervo funcione perfectamente como ancla de identidad colectiva.
¿Y por qué un animal, y no un objeto cualquiera? Aquí vuelve la idea que ya vimos con Lévi-Strauss: los animales son “buenos para pensar”. Cada especie ofrece un carácter nítido y compartido —el cuervo astuto, el oso poderoso, el águila vigilante— que sirve para decir quiénes somos nosotros. El tótem no se elige por bonito. Se elige porque significa. Y, a diferencia de la fursona que vamos a encontrar muchas partes más adelante, el tótem tradicional casi nunca se elige en absoluto en el sentido moderno: se hereda al nacer, viene con la familia, con el clan, con el lugar. Esa diferencia —entre el emblema heredado y el emblema elegido— es uno de los ejes que va a recorrer todo este ensayo.
Lo que las cuevas nos dejaron#
Sumemos lo que llevamos. Un cerebro que proyecta mente sobre el mundo. Una experiencia, vivida en el cuerpo por algunos, de poder convertirse en bestia. Una visión animista donde la frontera entre humano y animal es porosa. Y una herramienta social —el tótem— que usa al animal para construir la identidad de un grupo, sin necesidad de trance alguno. Ninguna de estas cosas es marginal o exótica: son, hasta donde podemos rastrear, el sistema operativo por defecto de la mente humana durante decenas de miles de años.
El historiador Yuval Noah Harari, en Sapiens (2011), elige precisamente al Hombre León para ilustrar el salto que nos hizo lo que somos: la capacidad de inventar y compartir ficciones, seres que no existen pero en los que muchos creen a la vez. Esa capacidad, dice, es la que nos permitió cooperar en grandes números —miles de desconocidos actuando coordinadamente en nombre de un dios, una nación o una empresa, todas ellas ficciones compartidas—. Y la primera de esas ficciones compartidas de la que tenemos prueba material no fue un dios con forma humana. Fue un humano con cabeza de animal.
En la próxima parte, esa ficción sale de la cueva, se viste de oro y se sienta en un trono: los dioses con cuerpo de persona y cabeza de bestia.
Parte II de El animal eterno. Anterior: El animal en la mente humana. Sigue: los dioses zoomorfos.