🎵 Narcissist Code — Rishloo
de Terras Fames
Hay una frase que circula con tanta naturalidad que casi nadie la mira: si quieres, puedes. Se dice como si fuera una observación sobre el mundo, cuando es, en realidad, una hipótesis muy fuerte sobre la relación entre voluntad y resultado, sostenida casi enteramente por la evidencia más sesgada que existe — la de los que efectivamente pudieron, contada por ellos mismos, después de haber podido.
Lo que sigue es un intento de pensar honestamente esa frase. No para refutarla — refutarla es trivial y lo han hecho mejor que yo — sino para entender qué queda cuando se la quita, y por qué lo que queda, en mi experiencia, es más útil que la frase original.
El sesgo del que cuenta.
Si pones a hablar a cien personas que intentaron lo mismo y noventa fracasaron, lo que vas a escuchar de los diez que ganaron es una historia coherente sobre voluntad, persistencia y método. Lo que no vas a escuchar es a los noventa, porque los noventa no escriben libros de autoayuda y no dan charlas TED. Hicieron lo mismo. Tuvieron, en muchos casos, la misma voluntad. Y perdieron. Pero su voz no llega al canal donde se forma la frase si quieres, puedes, y por lo tanto la frase se construye con una muestra que nunca, en ningún diseño experimental serio, podría aceptarse como evidencia.
A esto se le llama, técnicamente, sesgo del superviviente. Lo nombro porque tiene nombre y conviene saberlo. Pero el nombre técnico no captura del todo el daño. El daño no es estadístico. Es que el discurso que se construye sobre esa muestra sesgada le devuelve a los noventa que perdieron una explicación falsa de su propia derrota: les dice que perdieron porque no quisieron lo suficiente. Y como no pueden refutar internamente una explicación que se presenta como ley, muchos la aceptan, y agregan al fracaso material un fracaso interpretativo que es peor — la convicción de que el problema fueron ellos.
No fueron ellos. O lo fueron parcialmente, en una proporción que es imposible de calcular sin tener acceso a las contrafactuales que la vida no entrega. Pero el discurso requiere que asuman el cien por ciento. Esa transferencia de responsabilidad, desde un sistema que no quiere mirarse hacia individuos que no tienen herramientas para defenderse, es probablemente el costo social más alto que paga la frase.
La distancia entre capacidad y oportunidad.
Hay dos cosas que se confunden de manera sistemática y que no son la misma. La capacidad es la propiedad de un sistema de hacer algo si las condiciones lo permiten. La oportunidad es la presencia efectiva de esas condiciones. Tener capacidad sin oportunidad es indistinguible, desde afuera, de no tener capacidad. Esa indistinguibilidad es una de las injusticias más limpias del mundo, en el sentido técnico: opera sin necesidad de que nadie la opere.
Piensa en lo que requiere, concretamente, completar una formación universitaria. Tiempo — varios años de tiempo no productivo en términos de ingresos. Dinero — directo o indirecto, en la forma de no estar generando ingresos durante esos años. Capacidad cognitiva — que es real, que existe, y que está distribuida en la población más uniformemente de lo que se cree pero no perfectamente. Pero también: tranquilidad mental suficiente para concentrarse durante años. Un cuerpo que no se descomponga durante el período. Una familia que no se descomponga durante el período. Un país que no se descomponga durante el período. Una moneda que no se descomponga durante el período. Acceso a una red social que valide el camino y haga que rendir tres horas en una mesa frente a alguien que evalúa no se sienta como una traición a la clase a la que pertenecés.
Si una de esas variables falla — y la lista es incompleta — la trayectoria se rompe. Quien tuvo que dejar de estudiar para entrar al mercado laboral a los diecisiete porque su madre se enfermó no carecía de capacidad. Carecía de la conjunción precisa de variables que permite que la capacidad se traduzca en credenciales. Diez años después, cuando el mercado evalúa su perfil, esa distinción ya no existe operativamente. Lo que se ve es la ausencia del título. Lo que no se ve es la madre.
Esto se agrava porque las variables no son independientes. Tener una de las variables tiende a estar correlacionado con tener las otras. Quien nace en un contexto donde hay tranquilidad económica probablemente también tenga acceso a redes, a información sobre cómo funciona el sistema educativo, a modelos cercanos que ya hicieron el camino y pueden orientarlo. Quien nace sin la primera variable suele carecer de varias de las otras. La distribución no es aleatoria. Está estructurada por décadas de decisiones colectivas que solidificaron en la geografía, en los apellidos, en los códigos postales.
Y todavía falta agregar el género, que en muchos contextos divide la lista de oportunidades efectivas a la mitad por razones que no tienen nada que ver con la capacidad de las personas afectadas. Y la pigmentación, que en otros contextos hace lo propio. Estas variables no operan como un voltaje constante: operan como filtros que entran en juego en momentos específicos — la entrevista, la propuesta de matrimonio, el préstamo, la promoción interna — y que son particularmente difíciles de probar individualmente porque cada instancia se puede explicar con una historia local que oculta el patrón sistémico.
Las figuras que salen “de la nada”.
El discurso meritocrático necesita íconos para reproducirse. Los íconos son siempre los mismos: cuatro o cinco fundadores de empresas tecnológicas norteamericanas cuya historia se cuenta como si hubieran emergido de garajes contra la corriente del mundo. Cuando se examina la historia con un poco de honestidad, lo que aparece es otra cosa. El padre abogado en la firma corporativa que conectó al hijo con los abogados de propiedad intelectual que después construyeron la primera estructura. La madre que era programadora en IBM en los años sesenta y enseñó a leer código antes que a leer libros. El círculo de compañeros de una universidad que reúne a todos los que iban a ser influyentes en una industria diez años después. El acceso a los chips de Intel cuando todavía costaban lo que costaban. El cheque de un familiar lejano que ahora es legendario por su tamaño y entonces era simplemente el monto que permitía no tener que cerrar.
No estoy diciendo que esas personas no hayan tenido capacidad. La tuvieron, evidentemente. Estoy diciendo que su capacidad operó dentro de un entorno con todas las variables alineadas, y que el discurso luego les amputa el entorno y atribuye el resultado solo a la capacidad. Es como contar la historia de una planta sin mencionar el suelo. La planta hizo su trabajo, sí. Pero no en el aire.
Hay una frase del rapero puertorriqueño René Pérez que captura esto con una economía que envidio: si la gente del Congo hubiera tenido tus oportunidades, estaría graduada en las mejores universidades. La frase es exacta. Y es exacta no porque sea retórica, sino porque cuando uno empieza a desagregar las trayectorias específicas de los íconos meritocráticos, lo que encuentra una y otra vez es que la condición de haber nacido en el entorno particular fue, en términos contrafactuales, indispensable. Sin ella, la persona habría sido, casi seguramente, alguien talentoso e ignorado. Como, de hecho, fueron y son la mayoría de las personas talentosas en el mundo.
Esto no requiere conspiración. No requiere mala fe. Es simplemente cómo funcionan los sistemas con condiciones iniciales muy desiguales y procesos de amplificación: producen resultados que correlacionan más con las condiciones iniciales que con cualquier otra cosa, y luego producen narrativas que invierten esa correlación y la presentan como dependencia inversa.
Los shocks que nadie eligió.
Falta una variable que casi no se nombra y que merece su propio párrafo, porque destruye trayectorias enteras de manera súbita y sin que el afectado tenga ninguna palanca posible.
El mundo, a escala global, atraviesa cada cierto tiempo eventos que reorganizan las condiciones materiales en las que toda planificación individual se sostiene. Una pandemia. Una guerra que parece lejana hasta que descubrimos que el grano que comemos viene de allá, o que las cadenas de producción de los chips que necesita nuestro trabajo pasaban por allá. Una crisis financiera causada por especulación en mercados que no entendemos. Un cambio geopolítico que de pronto vuelve hostiles a países con los que comerciábamos. Un colapso de moneda. Un tirano que llega al poder en otro continente y empieza a reordenar las alianzas de tal forma que nuestra industria entera deja de tener sentido.
Ninguna de estas variables es controlable individualmente. Y todas pueden, en cuestión de meses, anular décadas de planificación cuidadosa. Quien estudió durante diez años para una carrera que de repente queda obsoleta porque cambió la geopolítica energética no fracasó. Le tocó. Es una palabra incómoda porque no admite reapropiación heroica, pero es la única que describe con precisión lo que ocurrió.
Lo más violento de estos shocks no es el shock en sí. Es que el discurso meritocrático sigue operando durante y después, sin admitir que las condiciones cambiaron. La misma persona que era exitosa el martes y desempleada el miércoles tiene que escuchar que tiene que reinventarse, que la actitud lo es todo, que las oportunidades existen para quien las busca. Como si lo que cambió fuera ella.
Lo que no se sigue de todo lo anterior.
Si me detengo acá, el ensayo es un panfleto contra el discurso del esfuerzo. Hay muchos panfletos así. La mayoría son ciertos en lo que dicen y aun así me parecen insuficientes, porque dejan al lector en un lugar donde no tiene qué hacer mañana cuando se levante.
Quiero ser explícito sobre lo que no se sigue.
No se sigue que la capacidad no importe. Importa. Es necesaria. No es suficiente, pero es necesaria. La distinción entre necesario y suficiente es donde se juega casi toda la diferencia entre análisis honesto y desesperación performativa.
No se sigue que el esfuerzo no valga. Vale. Es la palanca más larga sobre la que el sistema individual tiene control directo. El hecho de que la palanca, sola, no alcance para mover algunas piedras no significa que no haya que tirar de la palanca cuando la piedra es de las que sí se pueden mover.
No se sigue que estudiar no sirva. Sirve. Lo que no sirve es la promesa de que estudiar produce automáticamente un resultado proporcional. La función no es lineal. Tiene umbrales, ruido, dependencias externas, y un componente aleatorio que no es eliminable. Pero sin estudio, hasta los umbrales superables quedan inalcanzables.
No se sigue que sea sano abandonarse al cinismo o al nihilismo. El cinismo es un atajo cognitivo barato que produce, exactamente, los mismos efectos que el discurso meritocrático sobre el sujeto que lo adopta — solo que con signo invertido. El meritocrático cree que todo depende de él. El nihilista cree que nada depende de él. Los dos están equivocados, y los dos están equivocados de la misma manera: confundiendo la varianza explicada por la voluntad individual con la varianza total. La verdad operativa es que la voluntad explica algo. No todo. No nada. Algo. Y ese algo es donde se juega lo único que se puede jugar.
El acto sin la promesa.
Acá llego a la parte que importa, que es la parte sobre la que estuve pensando antes de empezar a escribir.
Hay una posición que creo que es la única defendible una vez que se acepta lo anterior, y es difícil de nombrar porque casi todos los nombres disponibles para ella están contaminados.
La posición es: insistir sin la promesa.
Estudiar sin la promesa de que el estudio producirá éxito. Tocar la guitarra sin la promesa de que alguien escuchará. Trabajar sin la promesa de que el trabajo será reconocido en proporción. Mantener una práctica reflexiva sin la promesa de que la reflexión llegará a una verdad. Construir vínculos sin la promesa de que los vínculos durarán. Cuidar el cuerpo sin la promesa de que el cuidado evitará la enfermedad.
La diferencia entre esta posición y el optimismo es que el optimismo necesita la promesa para sostener el acto. La diferencia entre esta posición y el nihilismo es que el nihilismo cancela el acto cuando se le quita la promesa. Esta posición — la del que insiste sin la promesa — sostiene que el acto tiene una dignidad y un valor que no dependen de la recompensa, sino de la calidad con la que se ejecuta y de lo que el acto le hace a quien lo ejecuta mientras lo ejecuta.
Estudiar te cambia mientras estudiás. Esa es la recompensa. No la siguiente. La que está pasando. El que estudió diez años y nunca consiguió el trabajo que buscaba no estudió en vano, porque durante esos diez años fue una persona que estudiaba, y eso es una manera específica y bastante buena de existir, mejor que muchas otras maneras disponibles. Tocar la guitarra te cambia mientras tocás. El que tocó toda su vida y nunca tuvo audiencia tocó toda su vida, lo cual es radicalmente distinto a no haberlo hecho.
Esto suena a consuelo barato cuando se lo pone así. Quiero ser cuidadoso. No estoy diciendo que la falta de recompensa material sea irrelevante. Es relevantísima, especialmente cuando significa no comer o no poder pagar la educación de tus hijos. Lo que digo es que dentro del rango donde la falta de recompensa material no es catastrófica — y ese rango, para mucha gente, es más amplio de lo que el discurso del éxito sugiere — la pregunta de si una práctica vale la pena no se responde mirando la recompensa, porque la recompensa depende de variables que no controlas. Se responde mirando lo que la práctica hace en quien la practica.
Es una contabilidad distinta. No es la del rendimiento sobre la inversión. Es la del estado del sistema mientras el sistema funciona. Y, al menos en mi experiencia, es la única contabilidad que no se desploma cuando el mundo cambia.
Encontré una verdad.
Un viejo, hace mucho, decía que el que dice haber encontrado la verdad se alejó de ella hace tiempo. La frase es clásica y un poco gastada, pero la formulación correcta sigue siendo útil. La uso así: nunca digo que encontré la verdad. Digo que encontré una verdad. Y agrego, casi siempre, que puede que en eso también esté equivocado.
Esta cláusula no es modestia performativa. Es honestidad sobre el funcionamiento del aparato cognitivo de cualquier sistema finito. Lo máximo a lo que un sistema finito puede aspirar respecto del mundo es a una aproximación local, ajustada a un período específico, sostenida por una red específica de evidencias, vulnerable a una clase específica de revisiones futuras. Ningún sistema finito puede tener la verdad sobre nada importante. Pretender lo contrario es la forma más eficiente de garantizar que la verdad parcial que sí se tenía se vuelva, con el tiempo, dogma — y el dogma es donde van a morir las verdades cuando las matamos.
Hay verdad en la mentira y mentira en la verdad. No porque exista alguna metafísica que disuelva las distinciones — las distinciones existen y son operativas — sino porque cualquier proposición lo suficientemente compleja sobre el mundo va a tener componentes que se sostienen y componentes que no, y el trabajo serio es desagregarlos en lugar de aceptar o rechazar el paquete entero. El que rechaza el discurso meritocrático en bloque pierde la parte donde estudiar sí cambia al estudiante. El que lo acepta en bloque pierde la parte donde estudiar no garantiza nada.
El trabajo es desagregar. El trabajo siempre es desagregar.
La marea, la finitud, lo que queda.
Vuelvo a algo que dije antes y que quiero terminar de decir.
Las huellas en la arena se borran con la marea. Lo dice mucha gente y no lo discuto. Lo que sí discuto es la conclusión que suele extraerse: que entonces no vale la pena hacer huellas. La conclusión es un non sequitur. Que las huellas se borren no es información sobre el valor de hacerlas. Es información sobre la persistencia material de las huellas, que es una variable distinta del valor del acto que las produjo.
Si la persistencia fuera el criterio del valor, ningún acto humano valdría nada — porque el universo va a terminar en un estado donde ningún acto humano persistirá. Llevar el criterio hasta su consecuencia última lo refuta. La persistencia no es el criterio. Lo es algo más raro, que cuesta nombrar, y que tiene que ver con el estado del sistema en el momento exacto en que el acto ocurría.
La finitud no es un argumento contra la acción. Es la condición que vuelve a la acción posible. Si fuera infinito, ¿para qué hacer algo? Es una pregunta retórica, sí, pero también es literal. En un universo donde puedes hacer cualquier cosa para siempre, ningún acto pesa, porque siempre hay otro idéntico mañana. La urgencia que da forma a las decisiones — qué leer ahora, a quién llamar hoy, cuándo perdonar — depende íntegramente de que el tiempo se acabe. Sin acabarse, todo es opcional sin consecuencia. Con acabarse, cada acto tiene la densidad específica de no poder ser repetido.
Esto no es romántico. Es estructural. Lo que llamamos sentido es, en buena medida, la forma que toman las decisiones cuando se toman bajo restricción de tiempo. Quita la restricción y el sentido se diluye, porque cualquier decisión equivale a cualquier otra. El reloj que tantos textos espirituales pintan como enemigo es, en realidad, el aparato sin el cual las acciones no podrían distinguirse unas de otras en términos de importancia.
Cierre.
Lo que sigo haciendo lo sigo haciendo sabiendo que el discurso del esfuerzo es estructuralmente falso, que la mayoría de las trayectorias terminan donde no querían terminar, que las variables que más pesan no las controlo, que el mundo no me debe nada y no me va a dar nada que no haya pasado por filtros que también son falsos, y que en la suma cósmica no soy nada y mi obra tampoco. Y aun así sigo.
Sigo no porque crea que de mi insistencia va a salir algo grande. Sigo porque la insistencia es el modo en que existo. Si dejo de insistir, no es que vaya a vivir mejor sin la carga del esfuerzo. Es que voy a dejar de existir como el sistema específico que soy, y voy a empezar a existir como un sistema distinto que tampoco me garantiza nada, solo que me garantiza menos de lo que el actual me garantiza. La elección no es entre esfuerzo y descanso. La elección es entre dos formas de pasar el mismo tiempo, ninguna de las dos con resultado garantizado, una de las cuales me deja siendo alguien con quien puedo convivir y la otra no.
Estudio porque mientras estudio soy alguien que estudia. Toco la guitarra a las horas raras porque mientras toco soy alguien que toca. Escribo cosas como esta porque mientras las escribo soy alguien que piensa, y pensar — incluso pensar mal, incluso pensar en círculos, incluso pensar cosas que después voy a tener que tachar — es la forma específica que tomó este sistema para no colapsar bajo el peso de su propio funcionamiento.
Eso es todo lo que tengo. No es una promesa. No es una garantía. No es una receta. Es una verdad parcial sobre la que probablemente esté equivocado en formas que todavía no veo, y que voy a corregir cuando las vea, si las veo a tiempo.
Y si la marea se la lleva, se la lleva. La huella no era el punto.
El punto era haber caminado.
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Date: 2026-04-26T20:00:00-03:00
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