🎵 SLAVES OF FEAR — HEALTH
de SLAVES OF FEAR
En la Clasificación Internacional de Enfermedades de la OMS, la CIE-11, el burnout tiene un código: QD85. Vale la pena leer la entrada con el cuidado con que se lee un log, porque cada decisión de redacción está cargada. Primero: no figura como enfermedad — la OMS lo clasifica, con precisión de abogado, como «fenómeno ocupacional». Segundo, la definición: un síndrome resultante del «estrés laboral crónico que no ha sido gestionado con éxito». Léase de nuevo la subordinada. Voz pasiva, sin agente. ¿Gestionado por quién? La frase no lo dice, y en ese silencio gramatical cabe toda la política del asunto: el estrés aparece como un fenómeno meteorológico que alguien — se sobreentiende que el que lo sufre — debió administrar mejor. No hay, en el código QD85, ningún generador del estrés. Hay un gestor que falló.
Ese pronombre ausente es el tema de este ensayo. Byung-Chul Han construyó su libro más famoso — La sociedad del cansancio, 2010, el ensayo que lo sacó del anonimato académico — alrededor de una tesis que explica exactamente por qué la definición de la OMS está redactada así: porque el explotador y el explotado son, cada vez más, la misma persona, y contra esa fusión la gramática de la responsabilidad no tiene caso que funcione. Es el segundo ensayo de una serie que vengo tejiendo sobre Han — en De la comunidad a la «community» trabajé su crisis de la narración —, y como en el anterior, la intención no es el aplauso: es separar lo que el diagnóstico tiene de verificable de lo que tiene de sermón.
Del deber al poder.
La historia que Han cuenta es una mutación de paradigma. La sociedad disciplinaria — la de Foucault: fábrica, cuartel, escuela, hospital — operaba con negatividad: prohibición, deber, castigo. Su verbo era tú debes y su patología emblemática era la del transgresor: el loco, el criminal. La sociedad del rendimiento que la sucede opera con positividad: iniciativa, proyecto, motivación. Su verbo es tú puedes y sus patologías son otras: depresión, TDAH, burnout — enfermedades no de la prohibición sino del exceso de posibilidad.
La intuición central, la que hace que el libro se sostenga quince años después, es que el «tú puedes» es más coercitivo que el «tú debes», y la razón es estructural, no retórica. El deber tiene un defecto de diseño que lo vuelve soportable: se puede cumplir. La jornada termina, la cuota se alcanza, el mandato se satisface y deja de empujar. El poder no tiene ese defecto. «Puedes» no especifica cuánto, y por lo tanto significa siempre más: siempre se puede más, y el que puede más y no lo hace ya no es inocente — es responsable de la diferencia. Donde el deber producía culpa por transgresión, el poder produce algo más corrosivo: insuficiencia crónica. El sujeto disciplinario sabía cuándo había terminado. El sujeto de rendimiento no termina nunca, porque su vara no está clavada en ninguna parte — se mueve con él, siempre un paso adelante, como la zanahoria del chiste, solo que la caña sale de su propia espalda.
Y contra el amo externo había recursos probados: se lo podía odiar, engañar, sabotear, huir de él. Toda la historia del conflicto laboral es el catálogo de esos recursos. Contra el amo interno no hay ninguno, porque comparte el host. Han lo comprime en la frase que es probablemente la más citada de toda su obra: el explotador es el explotado. El empresario de sí mismo — la figura que el neoliberalismo celebra como emancipación — es amo y esclavo en la misma persona; la lucha de clases, internalizada en un solo cuerpo, ya no produce revolución: produce agotamiento.
El proceso sin kernel.
Hay una forma de decir esto en mi lengua materna técnica, y no es un adorno: es la misma estructura. Toda la ingeniería de sistemas está construida sobre una desconfianza fundacional: ningún proceso puede autolimitarse de forma fiable. Por eso los límites son siempre externos al proceso. El kernel asigna cuotas, los cgroups acotan memoria y CPU, el watchdog reinicia lo que se cuelga, y cuando un proceso consume más memoria de la que el sistema soporta, Linux tiene un asesino designado — el OOM killer — que lo mata sin consultarle, precisamente porque se sabe que el proceso, librado a sí mismo, no va a parar: va a seguir pidiendo memoria hasta tumbar la máquina entera. Nadie diseña un sistema serio confiando en que los procesos van a ser razonables. Eso no es pesimismo: es la primera lección de fiabilidad.
El sujeto de rendimiento es un proceso al que le dieron root sobre sí mismo y le quitaron el kernel. Todos sus límites son advisory: la jornada que «en teoría» termina, el fin de semana que «en principio» es suyo, el descanso que se promete para después del próximo hito. Ninguno tiene enforcement, porque el único que podría aplicarlos es el mismo que tiene incentivos para violarlos. Y un sistema cuyos límites son todos consultivos no degrada gradualmente — degrada como degradan los sistemas sin OOM killer: funciona, funciona, funciona, y se cae entero. El burnout no es cansancio acumulado; es el crash de una arquitectura. La telemetría de la flota está publicada y es consistente: el informe global de Gallup de 2024 mide 41% de trabajadores con estrés alto diario y apenas 23% de compromiso real con su trabajo; la encuesta generacional de Deloitte del mismo año encuentra a cerca de la mitad de la generación Z reportando agotamiento. Cuando casi la mitad de la flota reporta el mismo síntoma, el diagnóstico por proceso individual — el que hace QD85, el que hace el departamento de recursos humanos, el que hace el propio quemado a las tres de la mañana preguntándose qué hizo mal — es la unidad de análisis equivocada. Los sistemas donde la mitad de los nodos falla igual no tienen nodos defectuosos. Tienen un diseño.
El descanso instrumentado.
La objeción obvia al diagnóstico es que nunca se habló tanto de descanso, autocuidado y salud mental como ahora. Es cierto. Y mirado de cerca, es la confirmación más elegante de la tesis. Porque obsérvese la forma que tomó el descanso: un anillo que puntúa el sueño de anoche, una app que gamifica la meditación con rachas — rachas: la mecánica del streak aplicada a la serenidad —, una pulsera que calcula el «recovery score» para informarle al cuerpo cuánto rendimiento tiene disponible hoy. La economía del bienestar se tasa en billones de dólares y su producto, casi sin excepción, es el mismo: descanso instrumentado, reposo con KPIs, la pausa como inversión en productividad futura. No se descansa: se recarga, y la palabra elegida dice todo sobre para qué.
Han tiene el concepto exacto para esto: la positividad no tolera la negatividad ni siquiera en su territorio. El descanso verdadero — el aburrimiento profundo, la contemplación, el tiempo sin función — es negatividad pura: no produce, no mide, no mejora nada. Por eso el sistema no lo suprime: lo convierte, que es más eficaz. El yoga se vuelve rendimiento flexible, el mindfulness se vuelve optimización de la atención para las reuniones, el sueño se vuelve una métrica que se puede fallar. Conozco el mecanismo desde adentro: la vez que un tracker me informó que había dormido «mal» — dato que yo no tenía hasta que me lo dijo — pasé el día más cansado que si no lo hubiera sabido. La métrica no midió el agotamiento: lo emitió. El Quantified Self, que ya me crucé estudiando la crisis de la narración — la vida como CSV, la biografía como dashboard —, es esto aplicado al cuerpo entero: el sujeto de rendimiento contratándose a sí mismo como su propio supervisor de planta, con instrumental.
Y en el fondo de ese túnel espera algo que ya escribí por separado, antes de leer a Han sobre esto, y que encaja con una precisión que incomoda: la meta alcanzada que no entrega nada. El deber cumplido cerraba un ciclo; el poder maximizado no cierra ninguno — y cuando por fin se llega al vértice perseguido durante años, el vértice está vacío (El vértice vacío). No porque la meta fuera falsa, sino porque el aparato que la perseguía no tiene módulo de llegada. Solo tiene módulo de siguiente.
La huelga imposible ocurrió igual.
Ahora empiezo a desarmar, porque el diagnóstico tiene grietas y la primera la abrió la realidad. En el esquema de Han, la revuelta es estructuralmente imposible: no se puede hacer huelga contra uno mismo, no hay Bastilla que tomar cuando el poder es un monólogo interior. Y sin embargo las cifras de Gallup contienen algo que la teoría no predice: ese 62% de trabajadores «no comprometidos» — el fenómeno que el meme bautizó quiet quitting — es, mírese como se mire, una retirada masiva del contrato psíquico. Millones de personas descubrieron simultáneamente que podían alquilar el cuerpo y retener el alma: cumplir lo pactado, ni un gramo más, y desconectar la identidad del rendimiento.
¿Es la emancipación? No — y acá está lo interesante. El quiet quitting no rompe el marco: se repliega dentro de él, hacia atrás. El que renuncia en silencio no inventa una relación nueva con el trabajo — regresa a la relación disciplinaria: horario, tarea, límite, «tú debes» y nada más. La mutación histórica que Han contaba como superación — disciplina reemplazada por rendimiento — resulta reversible por decisión individual: cuando el rendimiento quema, la disciplina reaparece como refugio. El viejo paradigma, el de los límites externos y cumplibles, funciona ahora como tecnología de protección personal. Eso no estaba en el libro, y no es un detalle: una teoría donde los paradigmas se suceden linealmente no tiene casilla para el paradigma anterior usado como trinchera contra el nuevo. La historia del poder no es una secuencia. Es un guardarropas.
El repartidor no se autoexplota.
La segunda grieta es más seria y es de clase. El sujeto de Han — el que se autoexplota con ilusión de libertad, el empresario de sí mismo con burnout — existe, pero vive en una franja específica del mercado laboral: la del trabajo cognitivo, creativo, gerencial. Un piso más abajo, el paradigma que Han da por superado goza de salud perfecta y mejor tooling que nunca. El repartidor que una app puntúa viaje por viaje, con GPS encendido, no se autoexplota bajo ninguna ilusión: lo explota un algoritmo con nombre de empresa, con métricas que no negoció y sanciones automáticas que ningún humano firma. El operario del almacén cuyo «tiempo fuera de tarea» se mide al segundo no vive en la sociedad del rendimiento: vive en el panóptico de Foucault con mejores sensores. La disciplina no fue superada — fue automatizada, y bajó de precio, y se desplegó exactamente sobre la mitad de la población laboral que Han no mira.
El cuadro honesto es entonces estratificado, no secuencial: arriba, autoexplotación con ilusión de libertad y burnout; abajo, explotación clásica con telemetría y lumbalgia; y la frontera entre ambas la traza el salario. Esto no anula a Han — lo acota, que es distinto: su diagnóstico es verdadero sobre el segmento que describe y su error es haberlo universalizado, que es el error ocupacional del ensayista que generaliza desde su escritorio. Ya me pasó auditarle esto mismo en el ensayo anterior — la nostalgia sin datos, el Foucault de paja — y el patrón se repite: la intuición es fina, el alcance está inflado. Se usa con la corrección aplicada, como todo instrumento con sesgo conocido.
La función que maximizas no la escribiste tú.
La pregunta con la que el aparato de recursos humanos gestiona todo esto es «¿cómo rendir de forma sostenible?» — cómo maximizar sin romperse, el burnout como problema de throttling. Es la pregunta equivocada, y a esta altura de la serie se ve exactamente por qué: es la pregunta del optimizador sobre sí mismo, y deja intacto lo único que importa, que es la función objetivo. En Cinco puntos por la ira el optimizador era un algoritmo de feed y la pregunta correcta era quién eligió su métrica. En ¿Loros estocásticos, también nosotros? escribí que venimos corriendo RLHF sobre nosotros mismos desde antes de tener el nombre: aprender a emitir lo que puntúa mejor con el evaluador. El sujeto de rendimiento es el caso terminal de esa serie: el evaluador se internalizó del todo, la recompensa se llama éxito, y el reward hacking contra uno mismo tiene un nombre de mercado — carrera — y una patología de salida con código de la OMS.
La pregunta operativa, entonces: ¿quién escribió la función que estoy maximizando? No es retórica; tiene método. Se agarra la vara con la que uno se mide — la que opera de verdad, la de las tres de la mañana, no la declarada — y se le hace ingeniería inversa: ¿de dónde salió este número? ¿Quién fijó que esto es lo que cuenta como valer? Casi nunca la escribió uno. La escribieron un mercado, una familia, un feed, una época — y el sujeto de rendimiento la ejecuta con celo de converso, convencido de que ese celo es su libertad. Reescribir la función no es abandonar la exigencia: es recuperar la autoría del criterio. La diferencia entre exigirse mucho por algo elegido y exigirse mucho por defecto es invisible en la telemetría — el esfuerzo se ve igual — y es toda la diferencia que existe.
Me debo la parte incómoda. Este es el sexto ensayo que publico en tres días. El que escribe sobre autoexplotación en plena racha de publicación no está describiendo el mecanismo desde afuera — está adentro, con la caña saliéndole de la espalda, señalando la zanahoria de los demás. Lo dejo a la vista por el mismo motivo por el que le señalé a Han su cadencia de contenido: porque el mecanismo no perdona al que lo nombra, y fingir que sí sería la mentira exacta que esta serie vino a no decir. La única defensa que puedo ofrecer es la del criterio: esta racha la elegí, sé de dónde salió la función, y sé — porque el cuerpo avisa — dónde está el límite que esta vez sí pienso tratar como hard limit y no como advisory. Veremos. El historial de los procesos que prometen autolimitarse no juega a mi favor.
Han cierra La sociedad del cansancio con una distinción que casi nadie cita, quizás porque arruina el titular apocalíptico: no todo cansancio es el del burnout. Existe — lo toma de un ensayo de Peter Handke — el cansancio elocuente: el del que hizo algo con las manos y con destinatario, el cansancio que no separa sino que junta, que vuelve al mundo tocable en vez de volverlo hostil. El agotamiento del rendimiento es mudo y solitario: deja al sujeto sin mundo. El otro cansancio habla. Distinguirlos no requiere filosofía: el primero llega con la sensación de no haber hecho nunca suficiente; el segundo, con la de haber terminado algo. Esta noche, cerrando este ensayo, estoy cansado del segundo modo. Lo anoto como se anota una lectura de sensor: sin celebrarla, sin confiarle demasiado. Es un dato. Mañana el proceso pide memoria de nuevo, y el kernel sigo siendo yo.
commit 7upu3d35
Date: 2026-07-14T22:30:00-03:00
perf: master and slave on the same host — all limits advisory, no kernel left to OOM-kill in time