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de Leviathan
Alguien me acercó un texto sobre dejar el sistema, con la aclaración de que el propio autor pasó más de cuatro años corrigiendo cómo la gente lo había leído mal, y que después de esa corrección volvió, cuatro años más tarde, a escribir una segunda corrección todavía más agresiva. Eso ya es información antes de leer una sola línea del ensayo. Cuando alguien necesita una década y dos actualizaciones sucesivas para que su idea no se entienda como su opuesto exacto, el problema no estuvo, en su mayor parte, en los lectores. Estuvo en la distancia entre lo que se puede escribir y lo que efectivamente se termina escuchando, que es casi siempre mayor de lo que quien escribe se permite suponer.
El texto es “Cómo abandonar el sistema”, de Ran Prieur — un ensayo de 2004 que se volvió, según cuenta el propio autor, lo más buscado y peor comprendido de todo lo que escribió, seguido de una actualización de 2008 que intenta, con bastante más dureza, cerrar la brecha entre el mensaje y el mito que el mensaje generó sin querer. Lo leí completo antes de escribir esto, y hay partes con las que coincido desde un lugar que no necesito explicar del todo, y partes donde el autor está discutiendo con un fantasma que yo no tengo, porque mi salida del sistema anterior no fue una decisión estética. Aun así, el mecanismo que describe es real, y vale la pena mirarlo con calma antes de llegar al texto entero, que va completo más abajo.
El error no fue el mensaje. Fue asumir que el mensaje viaja solo.
Lo primero que hace Prieur en la actualización de 2008 es admitir algo que la mayoría de la gente que escribe con intención de cambiar algo nunca admite: que la versión que la gente recibió no fue la que él mandó. Quiso decir “podés reducir tu necesidad de dinero y estatus sin dejar de vivir en la sociedad” y lo que muchos lectores construyeron fue “hay una puerta mágica al contenedor de basura más cercano”. No es un problema de comprensión lectora individual. Es un problema estructural de cualquier mensaje que pide sacrificio: la parte difícil se cae en la transmisión y sobrevive la parte que suena a rescate. Un mensaje que dice “esto te va a costar años de trabajo interno aburrido” compite, en la cabeza de quien lo recibe, contra la versión resumida que ya circula en el ambiente — la del héroe que un día simplemente se va —, y la versión resumida gana casi siempre, porque pide menos y promete más.
Eso no vuelve inútil al mensaje original. Vuelve necesaria la actualización, y el hecho de que Prieur la haya escrito con esa dureza — “no abandones el sistema”, como primera línea de la versión corregida — es más honesto que dejar circular la versión bonita sin corregirla. Corregir la propia idea públicamente, admitiendo el daño que causó la versión mal entendida, cuesta más que dejarla circular. Casi nadie lo hace. Que alguien lo haya hecho dos veces dice algo sobre tomarse en serio a la gente que te leyó, más que sobre el tema del ensayo.
Adentro y afuera no son dos casilleros. Son un gradiente.
El punto que más me interesa de todo el texto es el más chico en apariencia: que “abandonar el sistema” es una metáfora que implica un adentro y un afuera, cuando nadie estuvo nunca completamente en ninguno de los dos. El oficinista más resignado sigue teniendo un sueño prohibido en alguna parte. El ermitaño más extremo sigue comerciando con la civilización — el propio texto cuenta que un hombre que se fue a las montañas a fundir su propio metal cargó una hoja de vidrio cincuenta millas para tener una buena ventana. No hay pureza en ninguno de los dos extremos, porque los dos extremos no existen. Existe un espectro, y la única pregunta que tiene alguna utilidad es en qué punto de ese espectro uno deja de estar a merced de un sistema que no le da ninguna participación en las decisiones que lo afectan.
Esto coincide, punto por punto, con algo que vengo repitiendo desde otro ángulo: el bucle estructural no se rompe. Se opera dentro de él, reduciendo su amplitud, sin la fantasía de que existe un exterior limpio donde dejaría de aplicar. Buscar el afuera absoluto no es una versión más comprometida de la salida. Es la misma trampa binaria que sostiene al sistema que se quiere dejar, solo que invertida: en vez de “hay que estar completamente adentro para tener valor”, pasa a ser “hay que estar completamente afuera para tener integridad”. Las dos versiones exigen un absoluto que ninguna estructura real ofrece, y las dos terminan generando el mismo resultado — alguien que se mide contra un estándar imposible y se declara, tarde o temprano, un fracasado.
Lo que se busca sin buscar nada es la única búsqueda honesta.
Hay una distinción en el ensayo que reconozco de memoria muscular más que de lectura, y es la que separa el trabajo duro del trabajo de calidad y del trabajo lúdico. Prieur cuenta que Ivan Illich describía cómo, al comienzo de la era industrial, se metía a un hombre en un pozo que se iba llenando de agua y se le daba una bomba, y tenía que bombear sin parar todo el día para no ahogarse — así de poco natural es, según su lectura, el trabajo duro sostenido, y así de artificial fue entrenar a generaciones enteras para tolerarlo. El trabajo de calidad, en cambio, se organiza alrededor de hacer algo bien y encuentra su propio ritmo. El trabajo lúdico ni siquiera necesita esa meta: no le importa el resultado, y se sostiene solo porque hacerlo ya es la recompensa completa, sin que haga falta que produzca nada más.
Conozco esa tercera categoría de memoria, no de teoría. Hay actividades que sostengo sin que nadie las pida y sin que nadie las escuche, y no las sostengo por disciplina — las sostengo porque buscar algo sin un objetivo específico es, con diferencia, la forma más honesta de buscar que conozco. En el momento en que una actividad empieza a necesitar un resultado que la justifique, deja de ser trabajo lúdico y se convierte en otra cosa, así sea mucho más suave que un pozo que se llena de agua. La bomba puede ser invisible y seguir siendo una bomba.
La estructura, no el individuo.
El texto hace algo que casi nadie hace cuando escribe sobre gente que “eligió” salir de un sistema: se niega a convertir la elección en una prueba de carácter. Distingue entre lo que llama “desertores” e “idiotas” — no por la cantidad de sistema que dejaron atrás, sino por si, una vez afuera, siguen operando con la misma lógica de suma cero que sostenía adentro. La distinción no es moral en el sentido de premiar al que se fue y castigar al que se quedó. Es estructural: la visión del mundo como guerra de todos contra todos por recursos escasos es, según el propio texto, la visión que tiene sentido solo para quien está en posición de ganar esa guerra. Para el resto, sostenerla es adoptar la lógica de quien te está explotando y usarla contra la gente que está en tu misma posición, en vez de contra quien de verdad se beneficia.
Eso es exactamente lo que quiero decir cuando insisto en que casi nada falla porque una persona sea negligente o cobarde, y casi todo falla porque un sistema diseñó el espacio donde ciertas conductas se vuelven la respuesta racional. Quien no puede dejar un trabajo tóxico no es, por default, más débil que quien sí puede. Tiene menos margen, menos ahorro, menos red, menos de las mil variables invisibles que determinan si una salida es una opción real o solo una fantasía que se sostiene mejor en la cabeza que en la práctica.
La libertad que deprime antes de liberar.
El punto que más me detuvo, de todo el ensayo, es el que describe qué pasa cuando alguien finalmente consigue el tiempo libre que pasó años pidiendo: se deprime. No porque la libertad esté mal, sino porque después de suficientes años de actividad obligatoria — incluido el juego, impuesto bajo amenaza de castigo en la infancia —, no hacer nada es, durante un tiempo, todo lo que el sistema quiere hacer. Los proyectos que “se supone” que había que amar quedan sin terminar, no por pereza, sino porque nadie los está exigiendo, y resulta que la exigencia externa era, sin que nadie lo supiera, parte del motor.
Eso es, en otros términos, la misma distinción que separa ver el propio proceso de poder corregirlo — la que vengo trabajando en otro lado: conseguir la libertad es una victoria de observabilidad. De golpe se puede ver con claridad lo que antes la rutina tapaba. Pero la capacidad de actuar sobre esa visión — de convertir el tiempo libre en algo que efectivamente se sostiene — es una capacidad distinta, que no viene incluida en el mismo paquete y que, según el propio texto, puede tardar años en reconstruirse. La libertad no llega con el actuador puesto. Llega con el sensor encendido y el actuador todavía por instalar, y ese período intermedio, que nadie te avisa que va a doler, es exactamente donde la mayoría abandona el intento y vuelve a pedir que alguien más le diga qué hacer.
No estoy de acuerdo con todo lo que sigue, y tampoco hace falta estarlo para que valga la pena leerlo completo. Hay partes donde el autor pelea contra un enemigo — la culpa puritana de no ser lo bastante puro, la vergüenza de necesitar dinero — que no es exactamente el mío, porque mi salida de un sistema anterior no vino con esa clase de opciones. Pero el mecanismo de fondo — que la salida es un gradiente y no una puerta, que lo urgente casi siempre es fabricado, que la libertad recién ganada deprime antes de rendir, que separar el amor del ingreso es más sano que fusionarlos por decreto — se sostiene incluso para quien nunca tuvo la decisión de quedarse como una opción real.
Lo que sigue es la traducción al español de “How to Drop Out”, el ensayo completo de Ran Prieur, publicado originalmente en ranprieur.com — la actualización de octubre de 2008 primero, tal como él mismo decidió ordenarla, y el ensayo original de 2004 debajo. Va sin editar. Lo mío termina acá arriba.
Cómo abandonar el sistema#
Ran Prieur — traducción al español#
El “Cómo abandonar el sistema” original de 2004 es con mucho lo más popular que he escrito, y miles de personas han llegado a mi sitio buscando “cómo abandonar la sociedad” en Google, pero me pregunto si valió la pena. El mensaje que intentaba transmitir era algo como: “Si tienes la concentración mental y la autodisciplina para tener éxito en la sociedad dominante, pero no te gusta, aquí te explico cómo puedes cambiar tu sistema de valores para reducir tu necesidad de dinero y estatus, y obtener algunos beneficios de la civilización industrial sin estar en una posición de obediencia forzada.” O bien: “La sociedad es tu enemiga, te ataca haciéndote necesitar dinero, y si eres mejor que la persona promedio para sacrificar comodidad en favor de metas a largo plazo, puedes trabajar hacia una posición en la que necesites relativamente poco dinero y tengas más tiempo libre.”
En cambio, por gran descuido, permití que la gente pensara que mi mensaje era algo como: “Si ni siquiera puedes sacar buenas notas o conservar un trabajo, no te preocupes, hay una puerta hacia una tierra mágica maravillosa en el contenedor de basura más cercano.” O: “Si tienes un sentido débil de quién eres y necesitas una historia inspiradora que dé sentido a tu vida, ¿qué tal ser un puritano heroico como yo, cuyo objetivo es evitar la culpa mediante un estilo de vida imposible que no tiene ninguna conexión con una sociedad vista como un mal monolítico de caricatura?”
A lo largo de los años, muchos lectores se decepcionaron al descubrir que yo no era ese tipo, y al menos algunos abandonaron clases y trabajos que deberían haber conservado. Incluso yo mismo perdí el foco en lo que realmente necesitaba. Experimenté con la vida en el campo y descubrí que requiere demasiado trabajo y muchísimo transporte en coche, mientras que la emoción de vivir en el bosque se desvanece rápidamente. Mirando hacia atrás al mito popular que inicialmente me atrajo a la vida primitiva, lo que buscaba allá afuera era algo que es más fácil de encontrar en la ciudad (aunque sigue siendo difícil): obligaciones cercanas a cero y grandes bloques de tiempo sin nada que se suponga que debo estar haciendo. Sigo trabajando en eso.
Actualización de octubre de 2008#
“Cómo abandonar el sistema” ha sido mi pieza de escritura más popular durante más de cuatro años. En ese tiempo he comprado un terreno, sobre el que puedes leer en mi blog de tierras, y he trasladado mi residencia principal a Spokane, donde es más difícil encontrar buena comida en los contenedores, así que mis gastos son mayores. Además, he decidido que necesito ser aún más agresivo al disipar los mitos muy poderosos ligados a la idea de abandonar la sociedad. Así que aquí hay una nueva versión corta del ensayo, que toca los puntos principales, añade algunos nuevos y martilla con fuerza los puntos que la gente sigue ignorando. El ensayo original está debajo.
No abandones el sistema. En cambio, intenta evitar suicidarte hasta que puedas encontrar un trabajo que sea tan poco infernal que no te haga sentir suicida, y luego quédate en ese trabajo, o en uno aún mejor si puedes encontrarlo, durante varias décadas. Aprovecha la diversión que puedas los fines de semana, ahorra dinero, disfruta tu jubilación, y habrás vivido una vida bastante buena.
En serio, es bueno vivir de manera diferente, tomar caminos poco comunes, minimizar tu dependencia de una sociedad que ha tomado un rumbo equivocado. Pero si yo dijera: “¡Genial! ¡Abandonar el sistema es tan cool! ¡Deja tu trabajo ahora mismo y salta a un tren de carga hacia Bolivia, y estarás VIVO mientras todos los demás están MUERTOS!”, eso podría ser peor que no decir nada. La escritura motivacional es una droga. Si necesitas que un escritor o conferencista motivacional te impulse a vivir de otra manera, entonces en cuanto se agote esa inyección de energía externa, te apagarás y agotarás. Pero si todos intentan disuadirte de hacer algo y tú lo haces de todas formas, entonces tienes la motivación interna para persistir y tener éxito. Entonces: abandonar el sistema no es divertido — mejor no lo hagas.
“Abandonar el sistema” es una mala metáfora, porque implica que estás dentro o fuera. En realidad, nadie ha estado jamás completamente dentro o fuera — todos estamos en algún punto intermedio. El oficinista más patético aún tiene sueños prohibidos, y el ermitaño más extremo sigue teniendo comercio con la sociedad. Tu misión es encontrar un nicho, en algún lugar de este espectro, donde no estés a merced de un sistema que no te da ninguna participación en el poder.
No se trata de ser puro. No se trata de mantener las manos limpias o evitar la culpa. Imagina pájaros viviendo en un bosque. Los humanos llegan y talan el bosque, construyen graneros y plantan cultivos. Si algunos pájaros pueden vivir en los graneros o comer los cultivos, no dicen: “No voy a vivir en el granero, eso sería hacer trampa”, o “No voy a comer los cultivos, porque entonces soy parte del sistema.” De todas las especies en la Tierra, solo los humanos son tan estúpidos.
Eso no significa que debas aceptar todos los regalos. A veces los “cultivos” están envenenados o los “graneros” son trampas. Por supuesto, cuando te ofrezcan beneficios, usa toda tu inteligencia para ver qué condiciones vienen adjuntas. Y si rechazas algo, recházalo porque ves que te hará más daño que bien, no porque tengas una obsesión tonta con la pureza. He aquí una prueba: cuando Thoreau vivía en Walden Pond, solía ir al pueblo a cenar con su familia. Si ves algo malo en eso, vuelve a leer esta sección.
“Fuera” es relativo y no absoluto. Es un camino y no un destino. Y caminas por ese sendero no desconectándote del resto del mundo, sino relacionándote con él de manera inteligente y creativa, en lugar de hacerlo de una de las formas que generan desempoderamiento y que están diseñadas para parecer las únicas formas. El mito del forastero puro y total es una de esas formas. Es un truco diseñado para que fijes un objetivo imposible, te desanimes y te rindas.
No intentes encontrar un trabajo haciendo lo que amas. Este es mi consejo más radical. Hay personas en el mundo que tienen trabajos que aman tanto que los harían gratis. Si llegas a ser una de esas personas, probablemente no lo lograrás mediante la planificación sino por suerte, haciendo lo que amas gratis hasta que de algún modo empiece a llegarte el dinero. Pero si haces un esfuerzo por combinar tus ingresos y tu amor, es probable que termines comprometiendo ambos, ganando un ingreso de pobreza haciendo algo que no amas del todo, o que ya no amas. Por ejemplo, si decides ser chef porque amas cocinar, probablemente acabarás odiando cocinar, porque cocinar quedará vinculado en tu mente a toda la basura que rodea al trabajo.
Lo que recomiendo en cambio es separar tu dinero de tu amor. Consigue la fuente de ingresos con menos estrés que puedas encontrar, y luego haz exactamente lo que amas de forma gratuita. Puede que eventualmente te genere dinero o puede que no. “Haz lo que amas y el dinero vendrá” es mayormente falso. La regla real es: “Si estás haciendo lo que amas, no te importará si nunca ganas dinero con ello — pero igual necesitas dinero.”
Cuando empieces a liberarte, te deprimirás. Funciona así: cuando tenías tres años, si tus padres no eran demasiado malos, sabías jugar espontáneamente. Luego tuviste que ir a la escuela, donde todo lo que hacías era obligatorio. Lo peor es que incluso las actividades divertidas, como cantar canciones y jugar juegos, eran impuestas bajo amenaza de castigo. Así que incluso el juego quedó vinculado en tu mente a una estructura de control y separado de la vida interior que llevabas. Si fuiste “rebelde”, preservaste esa vida interior conectándola a actividades prohibidas, que generalmente están prohibidas por buenas razones, y cuando tu rebelión terminó en sufrimiento y fracaso, concluiste que no se podía confiar en tu vida interior. Si fuiste “obediente”, simplemente aplastaste esa vida interior casi hasta la muerte.
La libertad significa que no eres castigado por decir no. La libertad más fundamental es la libertad de no hacer nada. Pero cuando obtienes esta libertad, después de muchos años de actividades forzadas, no hacer nada es todo lo que quieres hacer. Puede que inicies proyectos que parecen del tipo que se supone que debes amar, música, escritura o arte, y no los termines porque nadie te obliga a terminarlos y no es realmente lo que quieres hacer. Puede llevar meses, si tienes suerte, o más probablemente años, antes de que puedas reconstruir la vida interior hasta una intensidad en la que pueda impulsar proyectos que realmente disfrutas y terminas, y luego llevará más tiempo antes de que acumules suficiente habilidad como para que otros reconozcan tus acciones como valiosas.
El trabajo duro es satánico. Los humanos primitivos tienen momentos de esfuerzo extremo, pero no van por la vida con prisa, no se presionan a sí mismos, e incluso cuando viven al borde del hambre, no se estresan por ello. Incluso los siervos medievales trabajaban menos horas y a un ritmo más lento que los trabajadores industrializados modernos. Ivan Illich escribió que en los albores de la era industrial, metían a un hombre en un pozo que se llenaba gradualmente de agua y le daban una bomba, y tenía que bombear constantemente todo el día para no ahogarse. Los humanos son tan naturalmente resistentes al trabajo duro que se necesitó algo así para entrenar a las personas para trabajos industriales. Ahora lo hacen con el sistema escolar y con la doctrina religiosa de que el trabajo duro es moralmente virtuoso.
Lo opuesto al trabajo duro es el trabajo de calidad. El trabajo de calidad puede hacerse rápidamente, pero nunca se fuerza. Se organiza en torno al objetivo de hacer algo tan bien como puede hacerse y encuentra su propio ritmo.
Otro opuesto del trabajo duro es el trabajo lúdico. Al igual que el trabajo de calidad, puede hacerse rápidamente pero nunca se fuerza. Sin embargo, el trabajo lúdico es indiferente a la calidad o incluso al éxito. Cuando estás haciendo trabajo lúdico, no te importa si termina en total fracaso, porque lo estás pasando tan bien que con gusto harías todo el trabajo de nuevo.
No hay reglas fáciles. Este es un punto tangencial. Si estás interesado en abandonar la sociedad, también es probable que rechaces las reglas de la sociedad e intentes reemplazarlas con reglas de la contracultura o reglas de tu propia invención. Los humanos somos animales que hacen mapas, y siempre intentamos hacer un mapa tan bueno que ya no tengamos que mirar el terreno. Esto es un error, y si rechazas el mapa dominante, es mejor aprender a no usar ningún mapa. Hay una regla que es muy simple, pero no fácil: observa la realidad y ajústate.
No te apresures. Liberarse no es como cruzar una puerta mágica — es como hacer crecer un árbol frutal.
Cómo abandonar el sistema — ensayo original de 2004#
Yo ni siquiera empecé a abandonar el sistema hasta mediados de mis veinte años. A diferencia de muchos forasteros y “radicales”, nunca tuve que pasar por una etapa en la que me diera cuenta de que toda nuestra sociedad está loca — lo sé desde que tengo memoria. Pero incluso estando ya mentalmente fuera del sistema, encontré extremadamente difícil salir físicamente. En cuarto grado quería volar la escuela, pero no sabía cómo, y aunque lo hubiera hecho, no habría significado unas vacaciones de verano interminables. En la preparatoria, inspirado por El Manual Robin Hood de Bill Kaysing, quería ir a vivir de la tierra en la naturaleza de Idaho, pero hacerlo realmente parecía tan remoto y difícil como ir a la luna. (Kaysing luego escribió el libro Nunca fuimos a la luna.) Así que seguí esperando mi momento y obedeciendo la letra de la ley, como el tipo de la parábola de Kafka. En la universidad, cuando Artis the Spoonman actuó en el campus y nos dijo a todos que abandonáramos los estudios, pensé que era ridículo — ¿cómo sobreviviría sin un título universitario?
Unos años después, con mis dos títulos universitarios, después de trabajos operando máquinas de rellenar sobres y atendiendo teléfonos en un almacén, finalmente fui empujado hacia abandonar el sistema por la recesión de Bush I y mi propia naturaleza — que soy extremadamente frugal, amo el tiempo sin estructura y preferiría comer basura antes que fingir entusiasmo. Más de diez años después soy un especialista en comer basura — mientras redacto esto estoy comiendo una comida que hice con huevos orgánicos sacados de un contenedor, y más tarde haré un pastel de manzanas también del contenedor. Vivo con menos de 2000 dólares al año, no tengo residencia permanente, y mudarse a la naturaleza de Idaho ahora parece un objetivo alcanzable — pero ya no la mejor idea.
Liberarse del sistema es más complejo de lo que nos han hecho creer. Aquí, como en tantos lugares, nuestro pensamiento ha sido distorsionado por el todo-o-nada, por el mito de Hollywood de la victoria repentina y abrumadora: ¡Deja tu trabajo corporativo ahora mismo, vende todas tus posesiones y salta a un tren de carga hacia una casa de balas de paja en las montañas donde cultivarás toda tu comida y correrás con los lobos! En realidad, entre los extremos hay todo un universo de quienes han abandonado parcialmente el sistema, y no hay necesidad de apresurarse.
En mi caso, a medida que comprendía lo que tenía que pasar para ganar dinero, dejé de gastarlo. Aprendí a hacer mis comidas desde cero, y luego desde un cero más barato, haciendo mi propio pan de masa madre y tortillas. Dejé de comprar música y libros (con excepciones en casos excepcionales) y adquirí el hábito de usar la biblioteca. Cuando choqué mi coche, me quedé con el dinero del seguro y empecé a caminar, y luego conseguí una vieja bicicleta de ruta. Hice un viaje por carretera haciendo dedo, pero fue demasiado agotador físicamente y me enfermé. Como muchos radicales novatos, me volví puritano y me exigí demasiado, y finalmente me relajé. Temporalmente tuve otro coche y viví en él durante un par de meses de un largo viaje. En la burbuja económica de Clinton, conseguí un trabajo mucho más fácil y mejor pagado que mis trabajos anteriores, y acumulé ahorros con los que todavía vivo.
Lo principal que hacía durante esos años era des-institucionalizarme, aprender a navegar las horas del día y los pensamientos en mi cabeza sin que ningún maestro o jefe me dijera qué hacer. Tuve que aprender a relajarme sin volverme letárgico, a nunca posponer lavar los platos, a equilibrar las necesidades del presente y del futuro, a divertirme espontáneamente pero evitar la adicción, a ser intuitivo, a notar a los demás, a tomar decisiones grandes y pequeñas. Pasé por depresión leve y fatiga severa y obsesiones vergonzosas y dietas extrañas y pensamiento new age simplista. Es un camino largo y feo, y la mayoría de nosotros tenemos que recorrerlo, o algo similar, para empezar a ser libres.
Un amigo dice: “Este mundo hace que sea fácil seguir la corriente y fácil destruirse completamente, y muy difícil no hacer ninguna de las dos cosas.” Pero esta habilidad difícil — no dejar tu trabajo, ni mudarte al bosque, ni reducir el consumo, ni hacer arte todo el día — es la esencia de abandonar el sistema. Cuando la gente se apresura e intenta tomar atajos, cae en la adicción, las deudas, la depresión o comunidades utópicas destrozadas, y luego vuelve a seguir la corriente.
El camino es diferente para todos. Quizás ya eres intuitivo y decidido y sabes cómo divertirte, pero no sabes cómo manejar el dinero o mantenerte estable. Quizás usas la riqueza, la posición o el encanto para no tener que relacionarte con las personas en igualdad de condiciones, o te mantienes constantemente ocupado para evitar enfrentarte a algo que acecha en la quietud. Cualquiera que sea la debilidad que te mantiene dependiente del sistema, tienes que ocuparte de ella antes de alejarte del sistema, igual que tienes que aprender a nadar antes de escapar de un barco. ¿Cómo? Saliendo y regresando, un poco más lejos cada vez, con persistencia y paciencia, hasta alcanzar la habilidad y la distancia que se sientan correctas.
Por el momento no hay razón para abandonar el sistema “del todo” excepto el puritanismo. Odio la civilización tanto como cualquiera, pero en estos últimos años antes de que colapse, deberíamos apreciar y usar lo que ofrece. Sylvan Hart (¡su nombre real!), el hombre de las montañas del siglo XX que incluso fundía su propio metal, seguía comerciando con la civilización, y una vez cargó una hoja de vidrio 50 millas a través del bosque para tener una buena ventana. (Véase Harold Peterson, El último de los hombres de las montañas.)
Algunas de las personas más felices que conozco han abandonado el sistema solo en una pequeña medida. Siguen viviendo en la ciudad y tienen empleos y pagan alquiler, pero han hecho algo mentalmente más difícil — y mentalmente más liberador — que mudarse a una granja aislada. Se han vuelto permanentemente contentos con empleos de bajo estatus y salario modesto en los que no tienen que pensar en casa ni siquiera la mitad del tiempo en que están trabajando. Sí, estos empleos son cada vez más escasos, pero siguen siendo mil veces más abundantes que el tipo de trabajo al que las personas miserables no pueden dejar de aspirar — donde te ganas la vida haciendo algo tan personalmente significativo que lo harías gratis.
“Haz lo que amas y el dinero vendrá” es una mentira irresponsable, una negación de la profunda oposición entre el dinero y el amor. La regla real es: “Si estás haciendo lo que amas, no te importará si nunca ganas un centavo con ello, porque eso es lo que significa el amor — ¡pero igual necesitas dinero!” Así que lo que recomiendo, como segundo elemento de abandonar el sistema, es separar fríamente tu amor de tus ingresos. Una parte de tu vida es ganar solo el dinero que necesitas, en un trabajo del que puedas regresar a casa sintiéndote con energía y no agotado. Y entonces la parte importante de tu vida es hacer exactamente lo que amas, sin ninguna presión de ganar dinero. Y si tienes suerte, eventualmente ganarás dinero de todas formas.
Pero, ¿cuánto dinero “necesitas”? ¿Y qué pasa si los únicos empleos disponibles son mal pagados y tan agotadores que llegas a casa y te derrumbas en la cama? Estas preguntas llevan a mi propio nivel de abandono del sistema, que es reducir los gastos hasta el punto en que cambias toda tu identidad del universo de alto presupuesto al de bajo presupuesto.
En un clima templado, solo tienes cinco necesidades físicas: comida, agua, ropa, refugio y combustible. (Si eres crudívoro y no te importa el frío, ¡ni siquiera necesitas combustible!) Todo lo demás que cuesta dinero es un lujo o una necesidad fabricada. Las necesidades fabricadas tienen nombres elegantes: entretenimiento, transporte, educación, empleo, vivienda, “atención médica”. En cada caso, son creaciones de, y habilitadores de, un sistema alienante y dominante, un mundo de totalidad perdida.
Si amas tus actividades normales, no necesitas añadir “entretenimiento”. Si no te obligan a viajar muchas millas al día, no necesitas “transporte”. Si se te permite aprender por tu cuenta, no necesitas “educación”. Si puedes satisfacer todas tus necesidades físicas mediante la acción directa de ti mismo y tus amigos, no necesitas ir a hacer el trabajo de otra persona todo el día. Si se te permite simplemente ocupar un espacio físico y construir algo para que el viento y la lluvia no entren, no necesitas pagar a alguien para que te lo “proporcione”. La atención médica cara es especialmente insidiosa: no solo nuestra sociedad tóxica y estresante es la causa principal de la enfermedad, sino que los enormes gastos que se han añadido en los últimos cien años son en su mayoría estafas con fines de lucro que causan y prolongan la enfermedad mucho más de lo que la curan.
Este es el universo de bajo presupuesto: me muevo por la ciudad en una vieja bicicleta de ruta barata, en ropa de calle, a menudo cargando comida que acabo de sacar de un contenedor. A veces estaré en un sendero donde inevitablemente me adelantarán personas en bicicletas de mil dólares con ropa de ciclismo. ¿Por qué están pedaleando si no llevan nada? ¿Y por qué tienen tanta prisa?
Antes envidiaba a esos tontos: yo tengo que montar mi bicicleta para sobrevivir y ellos son tan ricos que lo hacen por diversión. Pero, ¿qué es esta “diversión”? Yo obtengo todo — ejercicio, ir de un lugar a otro, sentido, sensación de autonomía y hacer lo necesario para sobrevivir — todo con la misma actividad: montar mi bicicleta. Ellos deberían envidiarme a mí: mi vida es elegante y la de ellos es desarticulada y contraproducente, ganando dinero que tienen que gastar en comida de restaurante poco saludable porque no tienen tiempo para cocinar, en coches porque tienen demasiadas obligaciones para ir en bicicleta, y luego en bicicletas o membresías de gimnasio para compensar el día sentados en sus trabajos y coches, y aun así en “seguro” médico (un negocio de protección que para la mayoría de las personas cuesta más que la atención sin seguro — de lo contrario no habría ganancia) para cuando su vida fragmentada y envenenada los enferma.
¿Cómo salir de esto? ¡Un paso a la vez! Múdate o cambia de trabajo para no necesitar coche, y luego véndelo. Consigue una bicicleta y aprende a repararla tú mismo — no es ni el 1% de tan difícil y caro que reparar un coche. Reduce tus posesiones y descubrirás que cuantas menos tienes, más aprecias cada una. Compra ropa en tiendas de segunda mano en días de rebajas — gasto menos de 20 dólares al año en ropa. Renuncia a las bebidas azucaradas — el agua filtrada cuesta menos de 50 centavos por galón y es mucho mejor para ti. Si tienes una adicción cara, supérala o al menos cámbiala por una barata.
Probablemente la habilidad más valiosa que puedes aprender es cocinar. Por una fracción del costo de las comidas de restaurante de azúcar blanca, harina blanca y aceite hidrogenado, puedes preparar tus propias comidas con ingredientes de alta calidad y saludables, y si eres buen cocinero, sabrán bien. Como mejor que nadie que conozco gastando 100 dólares al mes: mantequilla, nueces, dátiles, harina de trigo integral, arroz integral, aceite de oliva, todo orgánico, y polen de abeja para vitaminas extra. De los contenedores de tiendas de alimentos naturales saco mejor pan, productos frescos, carne y huevos de los que Safeway ni siquiera vende, pero si esto es imposible en tu ciudad, o simplemente prefieres no hacerlo, igual puedes comer magníficamente con 200 dólares.
La base de todo esto es cultivar una intensa conciencia del dinero. No crece en los árboles, pero tienes millones de años de memoria biológica de un mundo donde lo que deseas sí crece en los árboles, por lo que necesitas recordarte constantemente que cualquier cosa que estés pensando en comprar te costará una hora, diez horas, 100 horas de trabajo aburrido y humillante. Tus gastos son tus cadenas. Reducirlos no es castigarte a ti mismo ni evitar la culpa — es liberarte.
Si continúas reduciendo gastos, eventualmente llegarás al proverbial elefante en la sala, el único gasto gigantesco que consume el 50-80% del dinero de una persona frugal, suficiente para comprar un pequeño lujo extravagante todos los días. Por supuesto, es el alquiler, o para los esclavos más avanzados, la hipoteca. La única razón por la que no puedes simplemente ir a encontrar un espacio vacío y vivir ahí, la única razón por la que otra entidad puede decirse que lo “posee” y exigir un gran pago mensual a quien viva ahí, es para mantener una sociedad de dominación, para redistribuir continua y masivamente la influencia (simbolizada por el dinero) de los sin poder hacia los poderosos, de modo que los sin poder queden reducidos a suplicar el supuesto privilegio del trabajo asalariado, haciendo lo que los poderosos les dicen a cambio de fichas que luego devuelven hacia los poderosos cada mes y piensan que es natural. El alquiler es robo y esclavitud, y la hipoteca es igual de mala, basada no solo en el mito de “poseer” un espacio sino también en la costumbre inventada de los “intereses”, simplemente una orden de dar dinero (influencia) a quien lo tiene y quitárselo a quien carece de él.
Afortunadamente todavía hay muchas formas de esquivar el alquiler/hipoteca además de negarse a pagar o irse y ser matado por la policía. Por sorprendentemente poco dinero puedes comprar terrenos remotos o deteriorados y construir una casa en ellos. (Véase Mortgage Free! de Rob Roy, y también Finding and Buying Your Place in the Country de Les Scher.) Si no te importa empezar de nuevo con extraños, puedes unirte a una comunidad de personas que ya han abandonado el sistema. (Véase el Communities Directory.) Puedes vivir en una furgoneta, acampar en el bosque o buscar un trabajo de conserje o administrador de apartamentos. Si eres encantador, puedes encontrar una pareja o cónyuge que te “mantenga” permitiéndote dormir y cocinar en algún lugar sin pedirte dinero. Y si eres audaz o desesperado, la mayoría de las ciudades tienen casas o edificios abandonados donde puedes asentarte ilegalmente. Principalmente solo necesitas vecinos indiferentes a tu ir y venir, una cocina de camping de dos quemadores a propano, algunos bidones de agua y velas, y un sistema para deshacerte de tus desechos corporales. Si los “propietarios” vienen, probablemente solo te pedirán que te vayas, y en algunos lugares todavía existen leyes arcaicas de épocas compasivas que hacen legalmente difícil que te desalojen.
Ocupé ilegalmente un cobertizo durante dos semanas en diciembre de 2002 y si es necesario lo haré de nuevo. También tengo suficiente dinero ahorrado para comprar tierra barata — el proyecto es simplemente demasiado grande para hacerlo solo. También estoy aprendiendo lentamente la supervivencia en la naturaleza — lo cual es incierto ya que la propia naturaleza no está sobreviviendo. Pero paso la mayor parte de mi tiempo alternando entre cuidar casas y quedarme con amigos y familiares.
Abandonar el sistema es convertirte en quien eres. No te sientas culpable por usar fortalezas y ventajas que otros no tienen. Esa culpa es un residuo del mundo de la competencia egoísta, donde tu “éxito” significa el fracaso o la privación de otra persona. En el universo de quienes han abandonado el sistema, tu libertad alimenta la libertad de otros — es como si todos hubiéramos estado atados, y las personas más ágiles y con ataduras más flojas se liberan primero, y luego ayudan a las demás.
Pero, ¿y si no lo hacen? ¿Qué pasa con las personas que están fuera del sistema pero siguen siendo hiper-egoístas? Estas personas no son lo que llamo “desertores” sino lo que llamo “idiotas”. La visión de este mundo como una guerra de todos contra todos, donde tu propósito en la vida es acumular “riqueza”, ventajas de suma cero y recursos escasos para un “yo” exclusivo, es la visión de la élite. La única razón para pensar así es si eres una de las pocas personas en posición de ganar. Para todos los demás, el sistema de valores que tiene sentido es que estás aquí para ayudar, para servir al mayor bien que puedas percibir. Sin embargo, en América, ricos y pobres por igual son criados con la conciencia de los barones ladrones, para enfrentarnos unos a otros, para mantenernos explotando a los que están por debajo de nosotros en lugar de resistir a nuestros propios explotadores, para mantener todas las flechas apuntando en la dirección correcta en la máquina que agota la vida.
La frugalidad de la que hablo es lo opuesto de la ingenerosidad, porque nos libera de un sistema basado en la escasez en el que no podemos permitirnos ser generosos. Durante toda nuestra vida hemos sido entrenados como prostitutas, exigiendo dinero a cambio de servicios que deberíamos dar gratuitamente a quienes amamos, porque otros nos exigen lo mismo. En este contexto, el desertor es un héroe y un virus: si ya no necesitas dinero, puedes dar a otros lo que necesitan sin pedir dinero, y entonces ellos ya no necesitan dinero, y así sucesivamente. En la práctica todavía es complicado porque somos muy pocos, pero cuantos más seamos, y cuantas más habilidades, bienes y oportunidades ofrezcamos, mejor funcionará nuestra economía del regalo. Y si lo hacemos bien, no podrán simplemente masacrarnos o meternos en campos, como siempre han hecho antes, porque tendremos demasiados amigos y parientes en el sistema dominante.
Para la estrategia no miro a movimientos políticos como revueltas, huelgas o partidos radicales, sino a movimientos culturales como la liberación gay, el feminismo o la espiritualidad pagana. Primero define una identidad claramente entendida, luego reivindica orgullosamente esa identidad, luego construye aceptación pública a través del entretenimiento y haciendo que cada uno de nosotros se gane el apoyo de amigos y familiares fuera del movimiento. Envidio a los gays — he pasado años dominando el lenguaje escrito solo para explicarme a medias, y todo lo que ellos tienen que decir es “Soy gay.”
Si tuviéramos una palabra, ¿cuál sería? En un reciente envío masivo de Navidad familiar, yo estaba “viviendo el estilo de vida bohemio”, pero no voy a lecturas de poesía ni paso el tiempo en cafeterías. “Anarquista” suena a ideología, a personas que discuten interminablemente sobre teoría abstracta, aunque quizás podríamos adoptar un término insultante usado por los anarquistas teóricos y llamarnos a nosotros mismos “anarquistas de estilo de vida”. “Simplicidad voluntaria” es demasiado moderada y políticamente correcta, lo que sugiere a yuppies envejecidos tratando de salvar el mundo reduciendo los hogares a un coche — además, la vida que defiendo no es para nada simple, solo sin estrés. Soy demasiado políticamente ambicioso y con visión de futuro para ser un vagabundo o un trotamundos. En la tradición oriental podría ser respetado como algún tipo de monje u hombre santo, pero no quiero “iluminarme” — quiero hacer que todo el mundo sea salvaje y libre.
La palabra que he estado usando, “desertor”, es un buen comienzo pero tiene el mismo defecto profundo que “primitivo”: coloca nuestra civilización dominante, parasitaria y temporal en el centro fijo. Lo tenemos al revés. En el plano físico, la naturaleza es el centro que sostiene, y la sociedad “convencional” es la que se desintegra, la desviación irresponsable y despilfarradora de vida. Lo que intento hacer — y lo que todos tendremos que hacer en las próximas décadas si sobrevivimos — es volver a integrarnos.
Termino de leerlo completo y hay algo que se me acomoda distinto que al principio. Prieur pasa el ensayo entero buscando la palabra correcta para lo que hace — desertor, anarquista de estilo de vida, bohemio, monje sin iluminación — y la rechaza cada vez porque ninguna encaja del todo. Eso no es un defecto de vocabulario. Es la prueba, adentro del propio texto, de la primera cosa que dijo: que no hay dos casilleros, hay un espectro, y un espectro no se nombra con una palabra. Se nombra con una posición, y la posición de cada quien es distinta de la de cualquier otro que haya hecho el mismo intento. Buscar el término perfecto para “el que dejó el sistema” es cometer, en el lenguaje, el mismo error binario que el ensayo entero está tratando de desarmar en la conducta.
Lo que más se sostiene, de todo lo que escribió, no es ninguna de las tácticas — la bicicleta, los contenedores, el terreno comprado a precio de nada. Es la corrección que tuvo que hacerle a su propio texto cuatro años después, y después otra vez. Un mensaje sobre cómo vivir distinto no compite solo contra la sociedad que describe. Compite contra la versión más fácil de sí mismo, la que promete rescate en vez de trabajo, y esa versión fácil gana por default en cualquier cabeza que lo reciba con prisa. Eso no es un problema de este ensayo en particular. Es la fricción normal de cualquier idea que pide años en vez de un gesto, en un mundo entrenado para preferir el gesto.
No tengo una posición limpia sobre cuánta civilización rechazar y cuánta usar, y sospecho que esa pregunta no tiene una respuesta que sirva para alguien más que quien la responde. Lo que sí me queda, después de traducir esto línea por línea, es la misma sospecha con la que empecé, ahora con más peso: la salida nunca fue una puerta. Es un trabajo que se hace despacio, casi siempre sin público, y que se nota más por lo que deja de doler que por lo que hay del otro lado para mostrar.
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Date: 2026-07-09T23:00:00-03:00
add: translated + annotated ran prieur's how to drop out. citation intact, opinion mine